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Portada de la novela Llamas gemelas (Libro 1)

Llamas gemelas (Libro 1)

El príncipe Luke abandona su exilio con un objetivo claro: confrontar a su padre, Malcom, para anular la maldición que lo aleja de Blaise, su alma gemela. En un mundo devastado por la Gran Guerra, la traición acecha al clan Veneto. Bajo la protección de Blaise, el diestro nigromante emplea su magia oscura para obtener libertad, mientras investiga el asesinato de su madre y lucha por sobrevivir a las incesantes amenazas que acechan su destino.
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Capítulo 2

El día en él que alumbró fue una alegría.

Sí, era el primero, el gran heredero. Un varón, un patriarca. El orgullo, la gallardía, la certeza de creerse dueños de su mundo

• • •

Año 2015 d.C., 16 d.G. Venecia, Territorio de Vitéliu, Düster.

Luke avanzaba con firmeza; sus pasos hacían eco en medio de un vacío pasillo en tanto, detrás de él, un varón más bajo lo seguía cohibido, y miraba su espalda con temor y expectativa.

Él, hombre espigado y rubio, no parecía estar concentrado en nada más que sus pensamientos, y en aquello que lo molestaba; sin embargo, cuando tuvo que doblar a la derecha, lo hizo sin titubear. Apretó los puños y los relajó, en pos de calmar sus pensamientos, y se detuvo frente a la última frontera de su camino: una maciza puerta de madera oscura.

—Padre, he llegado —se anunció con tono claro y neutro.

«Adelante», se escuchó con firmeza del otro lado.

Sin voltear, pero sabiendo que su acompañante se detuvo dos pasos detrás de él, Luke ordenó:

—Alberto, ve a mi habitación y espera mi llegada en calma.

—Así lo haré, señor —aceptó el muchacho detrás de él, sin protestar; dio media vuelta y emprendió caminata, para desaparecer tras doblar hacia la calleja central.

Una vez el otro estuvo lo suficientemente lejos, Luke abrió la puerta. Al otro lado, un varón rubio, como todos los Flabiano más puros eran, se dejó ver, sentado detrás de un escritorio macizo de madera oscura. Tenía la apariencia de alguien de cuarenta años y una barba escaza, tatuajes apenas visibles a la izquierda de su cuello y sin arrugas, pero con una expresión dura y mandíbulas prensadas.

—Padre —saludó Luke, haciendo una reverencia pronunciada apenas poner pie en la habitación, el estudio/oficina de su progenitor.

Él usaba un traje de dos piezas, de color negro y sin corbata. Cerró la puerta tras de sí y dio dos pasos al frente, para quedar en medio de la estancia.

—Al fin te has dignado a regresar —soltó con pesadez y aspereza Malcom Edevane.

Se levantó, rodeó el escritorio y se aproximó hacia su hijo, solo para alzar la mano y abofetearlo con una fuerza que hizo resonar el golpe por todo el lugar.

Pero Luke no se movió ni un milímetro. En cambio, lo miró con una serenidad tan profunda, que fastidió al mayor.

—¿Para qué me has hecho llamar con tanta urgencia, Padre? Creo recordar haber enviado una correspondencia anunciando mi traslado a la Ciudad Neutral. No veo motivos para interrumpir mi viaje de esta forma —declaró, su voz grave y tono sereno hicieron al otro fruncir el mirar con molestia.

A diferencia de su padre, Luke llevaba el cabello más largo, cubriendo parte de la nuca y por debajo de las orejas, y una barba mucho más escasa; además de ganarle en estatura, y poseer una mejor complexión.

—Recibí dicha carta; sin embargo, debo recordarte que has faltado a cada una de las reuniones de nuestra familia en los últimos ciento setenta y dos años, Luke. ¿No pensabas dignarte a aparecer frente a nosotros, y explicar qué es lo que esperas hacer allá en el Centro del Mundo?

El menor arrugó el cejo, y su expresión se tensó.

—Cada doce meses te llegan reportes de lo que espero hacer allá, Padre. ¿Acaso Marco no sabe cumplir su deber como tu chivo expiatorio? —cuestionó irónico, pero con una voz solemne y, en apariencia, respetuosa.

Malcom apretó las mandíbulas con fuerza al comprender el fondo del tono, y pensó en darle un par de buenos golpes ahí mismo, porque se los merecía, y porque podía dárselos; no obstante, antes de materializar con complacencia su idea, se escuchó un nuevo toque de nudillos contra la puerta.

Ambos sabían de quién se trataba.

—Adelante —autorizó el mayor.

La puerta se abrió, y una dama hizo aparición. Ella era bajita, no más de metro sesenta y cinco centímetros, gozaba de facciones aniñadas: nariz fina, ojos pequeños, labios prominentes y muy rosados, y un lacio y brillante cabello rubio que caía con libertad hasta su cintura; usaba un vestido corto de verano y sandalias.

Apenas poner un pie dentro, la dama hizo una reverencia profunda ante el dueño de casa.

—Padre, he venido, tal cual me has llamado —saludó con diligencia y enderezó su postura. Su voz era suave y fina, propia de su edad aparente, con matices de un acento inglés antiguo y olvidado que se negó a marcharse de ella.

Se veía como una señorita de apenas veinte, veinte y pocos como mucho, pero tenía varios cientos de años más.

—¿Denisse? —cuestionó Luke al voltear a verla, extrañado por su presencia en esta oficina, en la ciudad en general.

—¡Lulu! —exclamó ella aquel apodo que le tenía puesto desde que aprendió a balbucear. Sus ojos, del color de la miel, brillaron hacia el varón, y una sonrisa pintó sus labios.

Luke, ese que permaneció estoico y serio hasta ahora, sonrió hacia la señorita, que corrió la vista a su padre, en busca de aceptación y, al obtener un asentimiento por parte de este, corrió hasta el más alto y lo abrazó.

—¡Lulu! —chilló con felicidad.

Luke no la rechazó, en cambio, correspondió a su abrazo y comenzó a acariciar sus finos cabellos. Ella era Denisse, la menor de sus hermanas, la más querida por todos.

—Es bueno verte otra vez —murmuró él, ella alzó el mirar con recelo, y sopló.

—¿Acaso no pensabas regresar a casa alguna vez? —preguntó ella—. ¿Tienes una idea de lo mucho que sufrimos todos en los años de la guerra, porque no sabíamos nada de ti? —recriminó, armando una expresión dura, que solo logró que el otro exhalara con pesadez.

—Lo siento, pero tuve mis razones —se disculpó él. Denisse se separó, y negó.

—Ya no importa… Verte después de tanto tiempo, me hace de verdad feliz. —Lo miró desde la cabeza hasta los pies, y el brillo de la felicidad regresó a ella, así como la sonrisa plena a sus labios.

Sus ojos lo contemplaron con ternura, calidez y deseo.

Uno al que Luke podía corresponder, pero no con la misma intensidad.

Malcom aclaró su garganta, al sentirse sobrar en su propia oficina, y la tensión volvió al cuarto. El mayor regresó hacia su escritorio, y se detuvo al frente, para recargarse de él y mirarlos. Denisse se acomodó a un lado de Luke, que vio a su padre con curiosidad.

—Los hice llamar a ambos aquí, porque ha llegado el momento de que cumplan con su deber como mis hijos, y como parte de la rama principal de nuestro clan —declaró. Luke aguzó la vista en él, no necesitaba más que eso para saber a qué se refería.

»Denisse, irás a la Ciudad Neutral con Luke. A partir de ahora, ustedes dos quedan comprometidos para el matrimonio de forma oficial.

A Denisse se le abrieron los ojos como platos, también la boca, y no pudo decir nada, solo volteó hasta su hermano, que miraba a su padre con una ira única, propia de años y años de acumulación.

—¿Te has vuelto loco? —espetó Luke. Su voz se volvió más rasposa.

—Claro que no. Casi tienes novecientos años, Luke, es hora de que cumplas con tu deber como heredero de esta familia.

—Padre, no…

Malcom interrumpió:

—Esta es mi última palabra, Luke —sentenció y dio un paso al frente, para encarar a su hijo.

La vibra del estudio, de paredes crema y muebles de madera, se volvió aplastante. Denisse dio dos pasos al costado, al sentir la intensidad que provenía de ambos.

Malcom tenía los ojos fijos en su vástago, y una sensación espesa y cálida se extendió. Luke lo miró incluso con más dureza, y encerró el cejo.

—¿Acaso intentas dominarme? —espetó Luke—. ¿Con quién crees que estás tratando, padre? —interrogó, con fingida indignación y profunda dureza.

La nota ácida de su voz caló profundo en Malcom, e hizo subir su ira varios grados de un tirón. Se acercó más, llevó una mano al cuello ajeno y lo apretó, enterrando las uñas en la pálida piel de un Luke que no mostró signo alguno de dolor y que, al no retroceder, lo retó.

La presión en las sienes de Malcom se hizo visible para una Denisse que los veía con preocupación, pero sin poder meterse. Eran su padre y su hermano mayor, ella no tenía posibilidad contra ninguno.

El mayor apretó con más fuerza, y la sangre comenzó a brotar del cuello de Luke, cuyo mirar no se doblegaba ante la dominación de su padre.

Él plantó los pies con firmeza en el suelo, y la calidez propia de la dominación del patriarca comenzó a transformarse en frío. De repente, la temperatura del cuarto descendió varias decenas de grados, al punto en el que las partículas que flotaban en el aire se congelaron, y la escarcha hizo su aparición.

Los ojos de Malcom se abrieron de más. Dentro de él, la fuerza de su propio poder se vio disminuida y, al cabo de unos pocos segundos, soltó al otro, dio dos pasos atrás y, con ojos pasmados, lo contempló.

—¡Qué es lo que tu…!

—No voy a hacer lo que te dé la gana, Padre. Tenlo presente —decretó Luke alto y con firmeza. Se dio media vuelta y, pasando al lado de su hermana, llegó hacia la puerta.

—¡No puedes hacer lo que quieras, Luke! ¡Eres un Veneto! ¡Eres un Patrizio! —aulló Malcom, prendido en cólera.

Luke, sin embargo, lo ignoró: abrió la puerta y abandonó el lugar.

Denisse miró su espalda, derecha y firme, su postura nada arrepentida, y temió.

De nuevo, su hermano rechazaba los designios de su padre, pero ella sabía que esta vez sería diferente; esta vez, el hombre que ahora regresaba a su escritorio y se dejaba caer en su silla, lanzando improperios en el desusado latín antiguo, tenía motivos reales para hacer lo que hacía, exigir lo que exigía.

Eso pensaba ella a pesar de no saber nada con certeza, lo intuía con base a los sucesos recientes.

Se paró derecha, con la vista en su padre, y aseguró firme y atenta:

—Padre, voy a procurar que se haga tu voluntad, por el bien de nuestra familia.

• • •

—Dérive: Idea de que, aunque vayamos a la deriva, acabaremos de nuevo en el camino impuesto por las circunstancias que nos rodean.

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