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Portada de la novela Linaje al desnudo -  El conclaje de los Rivera

Linaje al desnudo - El conclaje de los Rivera

La respetable familia Rivera llega por accidente a El Edén, un exclusivo complejo nudista donde se desarrolla el Cónclave de los Linajes. Marco, Elena y sus tres hijos quedan atrapados en un entorno de rituales oscuros y voyeurismo bajo la tutela de Beatriz. En este refugio, las normas morales desaparecen, dando paso a orgías y tabúes de sangre. Los protagonistas deberán decidir si huyen de la perversión o se rinden ante sus instintos más prohibidos.
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Capítulo 3

-Mírennos -dijo Mónica, su voz cargada de una nueva confianza mientras caminaba hacia el jacuzzi, dejando que sus caderas se balancearan con una cadencia que hacía que sus nalgas se apretaran rítmicamente-. No somos extraños. Somos el mismo linaje.

Mónica se sentó en el borde de mármol, abriendo las piernas ligeramente para sumergirse, exponiendo su intimidad ante la mirada de su padre y su hermano. Elena se unió a ella, dejando que el agua caliente cubriera sus pechos flotantes.

El vapor comenzó a empañar los espejos, pero la claridad entre ellos era total. En ese jacuzzi, los roces eran inevitables. El muslo firme de Valeria chocó contra el costado velludo de Javier; la mano de Adrián, al buscar apoyo, rozó accidentalmente la suavidad de la cadera de Mónica. Cada contacto accidental enviaba una onda expansiva a través de sus nervios. No era solo calor del agua lo que sentían; era la consciencia absoluta de que la barrera del pudor se había disuelto para siempre.

-Esto es solo el comienzo -susurró Javier, observando a su esposa y a sus hijas con una mirada que ya no era solo de protección, sino de una apreciación carnal que lo embriagaba.

Afuera, las luces rojas del jardín se encendieron. El tiempo de la suite se agotaba. El Cónclave los llamaba, y los Rivera, ahora conscientes de cada poro de su piel, estaban listos para ser la presa o los depredadores en la noche que se avecinaba.

El sonido de un gong de bronce retumbó por los pasillos de mármol, anunciando que la noche había caído oficialmente sobre "El Edén". Dentro de la suite, los Rivera se miraron por última vez antes de cruzar el umbral. Ya no había vuelta atrás; estaban completamente desnudos, sus cuerpos aún brillantes por el agua del jacuzzi y el aceite esencial que Marcus les había dejado.

Al abrir las puertas dobles y salir al jardín principal, el choque sensorial fue absoluto. El aire nocturno era cálido y olía a jazmín, mar y piel caliente. El jardín estaba iluminado por cientos de antorchas cuya luz vacilante bañaba de color naranja los cuerpos de casi cien personas. No había mesas ni sillas convencionales; el espacio estaba dispuesto con enormes camas balinesas, cojines de seda y alfombras orientales extendidas sobre la hierba perfecta.

—Caminen con la cabeza alta —susurró Javier, aunque su propia erección, aún presente por la tensión acumulada, le recordaba lo expuesto que se sentía.

A medida que avanzaban, las miradas se posaron en ellos. Una familia de cinco, todos adultos, con una genética tan evidente y atractiva, era un espectáculo codiciado. Elena caminaba con un balanceo de caderas natural, sus pechos pesados marcando el ritmo de su paso; a su lado, las gemelas Valeria y Mónica parecían dos ninfas modernas, sus nalgas tersas brillando bajo la luz de las antorchas.

—Miren allá —dijo Mónica en voz baja, señalando hacia el centro del jardín.

En un área elevada, rodeada de pétalos de rosa, se encontraba el "Banquete Humano". Sobre largas mesas de piedra, la comida (frutas exóticas, mariscos y dulces) estaba dispuesta no sobre platos, sino sobre los cuerpos de jóvenes modelos, hombres y mujeres, que permanecían inmóviles mientras los invitados se servían directamente de su piel.

Fue entonces cuando Beatriz apareció.

Como si el mar se abriera, la multitud se apartó para dejar paso a la matriarca del cónclave. A sus cincuenta y cinco años, Beatriz era una visión de poder erótico puro. Estaba completamente desnuda, a excepción de un collar de esmeraldas que caía entre sus pechos, los cuales, a pesar de la edad, conservaban una firmeza majestuosa y pezones oscuros como dátiles. Sus caderas eran amplias, y caminaba con una autoridad que hacía que cada hombre en el jardín contuviera el aliento.

Sus ojos, verdes y felinos, ignoraron a Javier y Elena para clavarse directamente en Adrián.

—El linaje Rivera finalmente ha llegado —dijo Beatriz, su voz era un ronroneo profundo que pareció vibrar en los huesos del joven—. Y traen consigo una joya que aún no ha sido pulida.

Beatriz se acercó a Adrián. La diferencia de altura era mínima, pero su presencia lo envolvía. Ella extendió una mano y, con una lentitud tortuosa, recorrió con la punta de sus dedos el pecho liso de Adrián, bajando por su abdomen marcado hasta detenerse justo un milímetro por encima de su miembro erecto.

—Tienes la piel de alguien que tiene mucho que aprender, y yo tengo todo el tiempo del mundo para enseñarte —susurró ella, mirándolo a los ojos mientras su otra mano se deslizaba hacia atrás para apretar una de las nalgas firmes del chico.

Adrián sintió que sus rodillas flaqueaban. El contraste entre la piel madura y experta de Beatriz y su propia inexperiencia era un afrodisíaco letal. A su alrededor, la familia observaba en un silencio hipnótico. Elena sentía una punzada de celos mezclada con excitación al ver a su hijo ser reclamado; Javier, por su parte, fue abordado por dos mujeres jóvenes que comenzaron a acariciar su espalda velluda sin pedir permiso.

—Esta noche no se trata de comer comida, Adrián —continuó Beatriz, acercando su cuerpo al suyo hasta que sus pechos maduros rozaron el torso del joven—. Se trata de consumirnos los unos a los otros.

Beatriz tomó una uva de la mesa cercana, la mordió a la mitad y, sosteniendo la otra mitad con sus labios, se inclinó hacia Adrián, invitándolo a tomarla directamente de su boca. El joven, empujado por un instinto que ya no podía reprimir, aceptó el desafío. El beso fue húmedo, con sabor a fruta y a una urgencia que rompió la última barrera de su autocontrol.

Mientras tanto, en las camas cercanas, el voyeurismo comenzaba. Varias parejas maduras se habían acercado para observar la iniciación del joven Rivera, masturbándose abiertamente mientras comentaban la belleza de la familia. Valeria y Mónica se vieron rodeadas por un grupo de hombres mayores que, con respeto pero hambre clara, comenzaron a alabar la perfección de sus pechos gemelos.

El Cónclave de Linajes había comenzado de verdad. La cena era solo el preámbulo de una noche donde los Rivera descubrirían que en "El Edén", el hambre nunca se sacia con comida.

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