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Portada de la novela Linaje al desnudo -  El conclaje de los Rivera

Linaje al desnudo - El conclaje de los Rivera

La respetable familia Rivera llega por accidente a El Edén, un exclusivo complejo nudista donde se desarrolla el Cónclave de los Linajes. Marco, Elena y sus tres hijos quedan atrapados en un entorno de rituales oscuros y voyeurismo bajo la tutela de Beatriz. En este refugio, las normas morales desaparecen, dando paso a orgías y tabúes de sangre. Los protagonistas deberán decidir si huyen de la perversión o se rinden ante sus instintos más prohibidos.
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Capítulo 1

El aire acondicionado del SUV de los Rivera zumbaba con esfuerzo, apenas logrando mitigar el calor sofocante del verano mediterráneo. Javier, al volante, sentía el sudor acumularse bajo su camisa, y no todo era por la temperatura. Las vacaciones prometían ser un descanso familiar, pero la tensión en el coche era casi palpable. Elena, su esposa, repasaba por tercera vez los correos de confirmación en su teléfono. Había reservado ese "exclusivo resort boutique" con una oferta de última hora que parecía demasiado buena para ser verdad.

En el asiento trasero, Valeria y Mónica, las gemelas de veinte años, discutían en susurros sobre qué bikini estrenarían en la piscina. Adrián, el menor, recién cumplidos los dieciocho, se sentía incómodo entre sus hermanas, intentando ignorar el roce constante de sus muslos y brazos en el reducido espacio.

—Papá, ¿seguro que este es el camino? —preguntó Adrián, con la voz algo tensa. El paisaje había pasado de campos de olivos a una zona más remota, con una vegetación densa que ocultaba la costa.

—El GPS dice que sí —respondió Javier, frunciendo el ceño—. "El Edén Resort y Spa". Es lo que Elena reservó. Un lugar de lujo, aislado, perfecto para desconectar.

Una mezcla de curiosidad y cansancio les acompañó hasta que, finalmente, el coche giró en un camino privado flanqueado por cipreses majestuosos. Al final del sendero, se alzaba un edificio de arquitectura moderna, de líneas limpias y grandes ventanales que reflejaban el sol. Parecía impecable, pero había algo extrañamente silencioso en el ambiente.

Al detenerse en la rotonda de la entrada, no había valet parking, ni botones. Solo un silencio inusual. Y entonces lo vieron.

A través de las amplias puertas de cristal del lobby, una figura se movía. Una mujer, de unos cuarenta años, de complexión atlética y piel dorada. Llevaba una toalla elegantemente enrollada en el brazo, pero nada más. Estaba completamente desnuda, caminando con una naturalidad pasmosa mientras hablaba por teléfono, ajena a cualquier pudor.

—¿Pero qué...? —murmuró Elena, su mano volando a su boca. Sus ojos se abrieron desmesuradamente, escaneando el interior del lobby. Ahora, otra pareja aparecía, tomados de la mano, ambos también sin ropa, riendo mientras se dirigían a un ascensor.

En el asiento trasero, las gemelas se quedaron mudas, sus discusiones sobre bikinis silenciadas por la incredulidad. Adrián, por su parte, sintió un calor repentino invadir su cuerpo, una mezcla de vergüenza y una curiosidad innegable que le hizo tragar saliva. Nunca había visto a una mujer adulta desnuda, y mucho menos a varias, paseándose con tanta calma.

Javier apagó el motor, y el silencio se hizo aún más profundo, roto solo por el suave zumbido del aire acondicionado.

—Esto... esto no puede ser —dijo Javier, su voz ronca. —Elena, ¿estás segura de que reservaste esto?

Elena revisó el correo en su teléfono, sus dedos temblaban ligeramente. —Decía "exclusivo, libertario, en armonía con la naturaleza"... pero no mencionaba... esto. ¡No decía "naturista"!

En ese momento, un hombre alto y corpulento, de unos cincuenta años, se acercó al coche. Tenía el cabello canoso y una sonrisa cálida, y como todos los demás, estaba completamente desnudo. Se inclinó y golpeó suavemente la ventana del conductor.

—Bienvenidos a El Edén —dijo el hombre, su voz grave y amable. —Soy Marcus, el gerente. ¿Han tenido un buen viaje? Los estábamos esperando.

Javier bajó la ventanilla unos centímetros, sintiéndose repentinamente pequeño e inseguro. El olor a salitre, a loción solar y a piel cálida invadió el habitáculo.

—Sí, gracias —dijo Javier, intentando sonar normal. —Verá, creo que debe haber un error. Mi esposa y yo reservamos un resort familiar, pero... esto parece ser...

Marcus sonrió, una sonrisa comprensiva. —Ah, entiendo su sorpresa. Sí, El Edén es un resort nudista. Un espacio de libertad y reconexión con el cuerpo y la naturaleza. Nuestro lema es: "Aquí, la piel es el único código de vestimenta".

El aire en el coche se volvió denso. Las gemelas intercambiaron miradas, una mezcla de horror y fascinación. Adrián sentía el pulso martilleando en sus sienes.

—Pero... tenemos hijos —murmuró Elena, señalando discretamente hacia el asiento trasero.

Marcus miró a los tres jóvenes con una mirada cálida, sin una pizca de juicio. —Maravilloso. La juventud es siempre bienvenida en El Edén. Muchos de nuestros huéspedes vienen en familia. De hecho, este fin de semana es muy especial: es nuestra "Reunión de Linajes". Una celebración de la conexión profunda y la libertad.

La palabra "Linajes" resonó en la mente de Javier de una manera extraña, casi ancestral. La idea de que otras familias estuvieran allí, compartiendo esta... libertad, era desconcertante.

—No lo sé, Marcus —dijo Javier, volviéndose hacia Elena. —Quizás deberíamos buscar otro lugar. No creo que esto sea lo que teníamos en mente para las vacaciones.

Elena miró a sus hijos. Valeria tenía los ojos fijos en una pareja de mediana edad que se abrazaba sin reservas junto a la piscina. Mónica, mordiéndose el labio, parecía fascinada. Y Adrián... Adrián estaba mirando a Marcus, no con disgusto, sino con una curiosidad que Javier nunca le había visto.

—Pero, papá, hemos viajado ocho horas —dijo Mónica, su voz un hilo de duda. —Además, el lugar es precioso. Mira esa piscina...

Valeria, aunque más reservada, añadió: —¿Y si le damos una oportunidad? Solo por una noche, para ver. Es una experiencia, ¿no?

Javier y Elena se miraron. La idea de buscar otro hotel, de volver a meterse en el coche bajo ese sol abrasador, era agotadora. Además, la curiosidad empezaba a picar. La audacia de la propuesta, la ruptura total con la rutina, era extrañamente seductora.

—Bueno —dijo Elena, finalmente, con una risa nerviosa. —Quizás una noche. Solo para probar. Si no nos gusta, nos vamos mañana a primera hora.

Marcus sonrió, un brillo en sus ojos que parecía conocer muy bien la debilidad humana. —Excelente decisión. Pasen, pasen. Les garantizo que esta noche será inolvidable. Las suites están preparadas. Y no se preocupen, las "cargas" pueden dejarlas en el coche por ahora. El resto, lo descubrirán a su debido tiempo.

Mientras Javier apagaba el motor y se preparaba para salir, un escalofrío recorrió a toda la familia, no de frío, sino de la expectación de lo desconocido. La puerta del coche se abrió, y el aire cálido de El Edén los envolvió, cargado con el aroma de la piel al sol y la promesa de una libertad que pronto devoraría todas sus inhibiciones.

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