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Portada de la novela Leo, mi chico zanahoria

Leo, mi chico zanahoria

Debido al constante acoso por su pelo rojizo, Leo es un joven sumamente tímido y sin vivencias sentimentales. Su realidad se transforma al cruzarse con Maddie, una chica decidida que busca ganar su corazón y mejorar su confianza. Sin embargo, ella guarda un secreto impactante que afectará a todos, incluida Claire, quien desea a Leo en silencio. Entre emociones profundas y revelaciones, la vida del tierno pelirrojo está por cambiar drásticamente.
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Capítulo 2

Los ojos de Leo casi se salieron de su órbita al descubrir que la chica que acababa de llegar era idéntica a la que había visto en su sueño. De inmediato parpadeó para enfocar bien, pero no había duda de que era la misma persona.

—¡Buenos días! ¿Ya está lista mi puerta? —preguntó la joven un poco agitada, dirigiéndose a Jacob.

—Buen día, usted es Maddie Scott, ¿no? —contestó el padre de Leo con amabilidad.

—Sí, soy yo, mucho gusto —respondió la joven risueña, mientras ofrecía su mano derecha a Jacob.

—El gusto es mío, Jacob Brown, del taller de "Brown e hijo" —respondió el padre de Leo, mientras respondía al saludo de Maddie con una sonrisa—. Ya trajimos su puerta, ¿dónde quiere que la coloquemos?

—¡Excelente! Podrían instalarla en lugar de esa puerta —aplaudió emocionada Maddie, al tiempo que señalaba la vieja puerta blanca que estaba en la entrada del inmueble—. La verdad ya está muy desgastada y no me gusta mucho.

—Con mucho gusto, en un momento se la instalamos —dijo Jacob y luego se dirigió hacia el vehículo mientras le hacía señas a Leo para que bajara de la camioneta.

De inmediato, el chico pelirrojo descendió del vehículo para ayudar a su padre con la descarga de la puerta. Mientras lo hacía, pensaba: «Lástima por la puerta, no combina con el diseño de la casa». 

Pronto sus pensamientos se vieron interrumpidos al sentir que esa joven tenía puesta su mirada en él. Sin embargo, el joven pensó que tal vez esto era producto de su imaginación y lo ignoró inmediatamente.

En tanto, Jacob no se percató de esta situación, así que continuó con su labor sacando la caja de herramientas del vehículo y disponiéndose a preparar todo para instalar la puerta.

Posteriormente, ambos hombres se dispusieron a retirar la vieja, en tanto que Maddie entró a su casa. Después de unos minutos, regresó para ofrecerles jugo de naranja.

—Mil disculpas si los hice esperar antes. En recompensa, les ofrezco un vaso de jugo —dijo con una dulce voz.

—No se hubiera molestado, no esperamos mucho —contestó Jacob con caballerosidad, mientras tomaba el vaso de jugo—, pero muchas gracias.

Después, Maddie se acercó a Leo con una enorme sonrisa para ofrecerle el jugo. El tímido muchacho no dijo nada y tomó el vaso con indiferencia. Mientras bebía el zumo, notó que ella se había quitado la sudadera y tenía puesta una blusa de tirantes color blanco de licra que hacía resaltar su busto.

Al ver esto, el chico pelirrojo desvió la mirada para enfocarse en el jugo. Cuando terminó, devolvió el vaso con un gesto de agradecimiento. Jacob hizo lo mismo y ambos continuaron trabajando. Luego de un rato, el padre de Leo exclamó con frustración:

—¡Rayos! Traje las brocas equivocadas, creo que voy a regresar al taller.

—No te preocupes, puedo ir por ellas rápido —propuso Leo con diligencia.

—No, quédate, yo iré. Regreso en unos minutos —ordenó Jacob, que de inmediato se retiró sin dar oportunidad a su hijo de protestar.

Cuando Maddie notó que el muchacho estaba solo, se acercó con la intención de hacerle plática.

—¿Se fue el señor Jacob? —preguntó con curiosidad.

—Ajá —contestó Leo con frialdad, sin voltear a ver a Maddie.

En realidad, el chico pelirrojo se sentía inseguro de estar solo con una mujer como Maddie, ya que le hacía recordar a aquellas chicas de sus años escolares que lo despreciaban solo por su color de piel.

Aunque Leo se mantenía distante, esta frialdad provocó que Maddie sintiera más interés por conocerlo. Era la primera vez que se topaba con un chico que la ignoraba de esa manera, pues siempre tenía la atención de los hombres. 

En un principio pensó que su actitud era porque el chico pelirrojo era gay, luego se dio cuenta de que en realidad el joven carpintero solo era tímido, así que decidió continuar con su plan de hacerle plática.

—Veo que no hablas mucho —dijo de manera atrevida, mientras se acomodaba el cabello detrás de su oreja, revelando su largo y delgado cuello.

Ese movimiento hizo que Leo tragara saliva y su ritmo cardíaco aumentara, al grado de que sus orejas se pusieran rojas. Para mantener la calma, trató de enfocarse en su trabajo.

—Ah... lo siento, no soy muy bueno charlando —contestó, mientras estaba inclinado intentando sacar los tornillos de forma manual.

Maddie, quien era buena observadora, notó que Leo la evitaba porque estaba demasiado avergonzado. Entonces una sonrisa maliciosa se dibujó en su rostro y pensó: «Este chico es oro puro». Sin perder el ánimo, se agachó para estar al nivel de su objetivo para volver a atacar.

—¡Oh! Bueno, yo tampoco soy buena charlando. Si conozco a alguien que me inspire confianza, no paro de hablar —dijo con la intención de que Leo baje la guardia.

 «¿Le inspiro confianza?», pensó Leo al escuchar esto, ya que siempre pensaba que su apariencia era desagradable para que alguna chica sintiera confianza de hablar con él. 

 —Si tú lo dices, supongo que parezco confiable —respondió Leo manteniendo su expresión estoica.

 —¡Así es! —reiteró Maddie—, me pareces buena persona y creo que tienes cosas interesantes qué contar —recalcó la joven atrevida mientras trataba de pensar qué decir para mantener la plática—. Por cierto, ¿Tú hiciste la puerta? 

—Ajá — contestó Leo, quien luchaba con un tornillo que estaba desgastado, complicación que lo ayudó a mantenerse concentrado.

—Ya veo, realmente te quedó hermosa —dijo Maddie, mientras se acercaba para observar a Leo trabajar, mostrando a propósito un poco su escote—. ¡Eres muy hábil! Supongo que tu padre te enseñó el oficio.

Maddie sabía que alabar las habilidades de Leo lo ayudaría a romper con su inseguridad y así conseguir acercarse a él. Su interés en ese chico era tal, que no quería descansar hasta que él cayera en sus redes.

Por su parte, el inocente Leo apenas podía mantener la calma con el elogio y sus orejas lo traicionaron de nuevo al teñirse de rojo intenso. «¿Acaso esta chica está coqueteando conmigo?», pensó un tanto contrariado.

Al ver que el joven pelirrojo estaba en aprietos y no hablaba, Maddie continuó con su ataque frontal.

—¡Vaya! Para ser carpintero, veo que tienes unas manos muy lindas —expresó, al mismo tiempo que agarró la mano derecha de Leo. 

Justo en el momento en que sus manos se tocaron, una especie de descarga eléctrica los sorprendió.

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