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Portada de la novela LEGADO

LEGADO

El anuncio del compromiso del príncipe Robb apenas sostiene la frágil calma entre fronteras. Mientras los reinos celebran, el gélido soberano de Thiwarll inicia una invasión implacable para dominar Stontalin. Entre el fragor de la batalla, Annie intenta salvar a los suyos de una ruina total. Esta guerra no solo siembra desolación, sino que exige sacrificios extremos a sus héroes, demostrando que el amor es un arma capaz de herir incluso el alma más gélida.
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Capítulo 3

Annie.

La cosecha se ve fenomenal, el puesto en el mercado increíble y mamá nerviosa y sudando, es nuestra última oportunidad, los pobladores van y vienen, los comerciantes resaltan sus productos y los nobles se pasean por el lugar solo para ver a los reyes y el príncipe Rob.

—Annie, ya vienen, acomoda todo.

Las frambuesas, moras, arándanos y fresas están en canastas tejidas por mamá y hasta el frente, los tomates y zanahorias atrás.

—Cariño, apresúrate.

Tomo la canasta de moras y las cargo en mi brazo, mientras que mamá solo mira al frente totalmente emocionada.

—¡Con ustedes el rey y la reina Stontalin, junto a nuestro próximo gran monarca el príncipe Rob!—anuncia el caballero y la calle es despejada dando paso a nuestras majestades.

El desastre se hace presente, todos gritan, la multitud se aglomera en el centro, los comerciantes gritan para ser vistos,  los compradores no les importa a quienes tiran, todo por querer ver a los máximos monarcas.

—¡Majestad!

—¡Príncipe Rob!

Todos empujan entre todos, nadie mira a quienes tienen a sus lados, todos quieren ser vistos y que los reyes escojan su cosecha para servir en el banquete y es comprensible, tener la aprobación de nuestros gobernantes es tener todo, ya que se estarían surtiendo de nuestras cosechas por un año, dando abasto financiero a nuestras familias, quitando toda preocupación solo el tener buena cosecha durante el año.

—¡Cariño! Acércate, deja que la reina te mire y se acerque a probar de tu canasto—dice mi madre. Mientras a golpecitos me empuja al frente para ser vista hasta que tropiezo con una anciana.

—¡Dios, lo siento mucho señora! ¿se encuentra bien?

—Tranquila, estoy bien ¿Qué haces aquí pequeña florecilla? ¿acaso viendo a los reyes y príncipe?

—Más bien, tratando se ser vista por los reyes—alzo mi canasta—mi madre me empujo hasta aquí, es nuestra oportunidad que nos brinden una ayuda.

—¿Consideras que son buenos gobernantes?

—Pues a lo que yo considero lo son, no he tratado con ellos, solo visto que sus majestades, el rey y reina Stontalin han traído la paz y han dado poder a nuestra nación y aún más con el matrimonio del príncipe Rob.

—La paz prevalece muy poco, la destrucción y amor prevalece más—suspira—los reyes han hecho un gran trabajo ocultando muchas cosas a su nación, la guerra está más cerca de lo que parece.

—¿Disculpe?

—Cariño, mucho éxito con ser vista y aprobada por los reyes—me mira fijamente—si algún día ocupas ayuda, búscame a las afueras del pueblo, solo pregunta por Ter.

­—¿Ter?

—Si—me mira y hace una mueca triste—tienes un buen, noble y humilde corazón lastima que las personas que te rodean no lo noten, también te destruirá tener un corazón así, te lo corromperán, pero encontrarás la felicidad en medio del sufrimiento.

—¿Corromper? —digo extrañada, no entiendo, solo estoy con mi familia y conocidos, nada fuera de lo ordinario.

—Si, me tengo que ir—gira y se va, despareciendo por la multitud.

Fue muy extraño, la gente de hoy en día está demasiado loca ya no sabe que decir para causar terror o incomodidad en las personas.

—¡Dios mío ahí viene el príncipe Rob!

Volteo inmediatamente y veo que están a diez metros de mí, la reina sonríe forzosamente, el rey asiente frustrado totalmente serio y ¿el príncipe? Totalmente serio y en ocasiones mirando el piso,  caminan pasando de largo a un grupo de ancianas que tenían una pequeña mesa con calabazas y cebollas, quedan a dos metros de mí y solo acomodo mi canasta en mi brazo, giro mi cabeza para ver a mamá que solo me hace señas de “di algo, acércate, sonríe” pero ni loca me acerco.

—¿Qué es lo que tienes?—dice una voz gruesa y giro, viendo frente a frente al príncipe Rob, resulta intimidante y penetrante su mirar.

— frambuesas, moras, arándanos y fresas—digo algo tartamuda mientras acerco la canasta y toma una frambuesa.

—¿Están buenas?

—Compruébelo por usted mismo majestad—tomo aire y hablo— por ser mi cosecha diré que, si solo para que me seleccione, en cambio seré honesta y diré, no lo sé, mi madre no me dejo comer alguna de las frutas de aquí ya que eran cosecha especial para sus majestades.

Me mira y anarca una ceja mientras come la frambuesa, miro atenta a cualquiera de sus gestos, pero estos se mantienen serios.

—Vaya.

—¿Y?

—Madre—dice, la reina se acerca y suspira.

—Majestad—digo, mientras hago una pequeña reverencia y ofrezco fruta de mi canasta.

—¿Hola?—me mira.

—Annie Lewistter.

—Señorita Lewistter, ¿Qué nos ofrece de su cosecha?

—Yo…

—Madre, pruébalos—dice el príncipe mientras entrega una frambuesa.

Miro nerviosa a la reina, ella puede ser una gran gobernante, pero también se caracteriza por ser difícil de persuadir y convencer en muchos ámbitos uno de ellos comida y cosecha ya que nuestra nación es considerada rica en cosecha.

—Guardia—llama y todo el mundo se queda en silencio al escuchar a la reina, el rey se acerca y nos mira—tome la canasta de la joven y llévelo al carruaje.

—¿Qué?

Los murmullos no tardan en hacerse presentes y las miradas entrometidas de querer saber que sucede.

No hice nada, solo ofrecí, ¿estarán podridos?

—Señorita Lewistter, tengo el placer de decirle que su cosecha ha sido seleccionada para la boda real, del príncipe Stontalin y princesa Biancolé.

—Dios mío, gracias majestad—la voz de mi madre me saca del trance

¿Hemos sido seleccionadas? ¡en tu cara Analí! Estaremos proveyendo a la boda real, los Lewistter tendremos renombre en la nobleza y todos vendrán a comprar de nuestras cosechas.

—Mañana por la mañana, nuestros trabajadores estarán en sus tierras con todo listo para comenzar con la recolección de la cosecha—dice la reina.

—Claro que sí,  majestad—mi madre me mira.

—oh, sí, claro—digo rápido— muchas gracias sus majestades es todo un honor brindar nuestras tierras y cosechas para la boda real.

El príncipe se mantiene callado mirando fijamente a mi madre y luego a mí, así sucesivamente, hasta que nuestras miradas se topan, me da una sonrisa burlona.

«Que estúpido»

—Gracias señora y señorita Lewistter, es un placer, pero los deberes llaman, hasta luego—dice el rey, ¿en qué momento llegó? Pero para decir verdad es la primera vez que lo escucho hablar desde que entró al mercado .

—Un honor su majestad— decimos mi madre y yo.

Los reyes y príncipe asienten con la cabeza y se van.

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