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Portada de la novela Leche, Sangre y Furia en Gamarra

Leche, Sangre y Furia en Gamarra

Una costurera retoma su labor en Gamarra tras ser madre, pero su vida se torna una pesadilla cuando una compañera, Yolanda, le exige amamantar a su hijo mayor. Tras rechazar esta aberración, es atacada brutalmente por ambos. La policía desestima la agresión como un simple pleito entre vecinos, dejando el crimen impune. Decidida a no callar, la mujer se une a su ruda abuela y a su sobrino boxeador para ejecutar una sangrienta venganza por mano propia.
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Capítulo 2

El olor a tela nueva y el zumbido constante de las máquinas de coser me dieron la bienvenida. Era mi primer día de vuelta al taller en Gamarra después de la licencia de maternidad. Dejé el bolso con las fotos de mi bebé en mi puesto, sintiendo una mezcla de alivio por volver a ganar dinero y una punzada de culpa por dejar a mi pequeño en casa.

Apenas me senté, una sombra se cernió sobre mí. Era Yolanda Trebor, una de las costureras más antiguas, una viuda de unos cincuenta años que siempre tenía una expresión extraña en el rostro.

«Scarlett, qué bueno que volviste», dijo, su voz era una mezcla rara de urgencia y amabilidad forzada.

«Hola, Yolanda. Sí, ya era hora», respondí, intentando ser cordial.

Se inclinó más, su voz bajó a un susurro conspirador. «Necesito un favor. Un favor grande. Se trata de leche. Tu leche».

La miré, confundida. Pensé que quizás tenía una nieta recién nacida, o conocía a alguien en apuros.

«Claro», dije. «Puedo traerte un poco mañana. Uso un extractor, es fácil».

La cara de Yolanda se contrajo en una mueca de disgusto. «No, no, no. El extractor mata la fuerza vital. La energía se pierde. No sirve así».

Fruncí el ceño. «¿La fuerza vital? Yolanda, es solo leche».

«¡No es solo leche!», siseó, su amabilidad desapareciendo por completo. «Es vida. Es cura. Mi niño la necesita. Tienes que venir a mi casa. Tienes que dársela directamente».

Me quedé helada. La imagen que se formó en mi cabeza era grotesca, imposible.

«¿Qué? ¿Ir a tu casa a... amamantar a tu bebé? Yolanda, eso es... no. No puedo hacer eso».

«No es un bebé», aclaró ella, con una seriedad que me heló la sangre. «Es mi Máximo. Mi niño».

Máximo. Su hijo. El que tenía diecinueve años. El que a veces traía al taller y se sentaba en un rincón, un hombretón corpulento con la mirada perdida de un niño pequeño. La idea era tan monstruosa que me levanté de golpe.

«Estás loca», le dije, mi voz temblando de incredulidad y asco. «Aléjate de mí».

La cara de Yolanda se transformó. La desesperación se convirtió en furia pura.

«¡Insolente! ¡Egoísta!», gritó, atrayendo las miradas de las otras costureras. «¡Mi hijo está enfermo y tú tienes la cura! ¡Tienes que ayudarme!».

«Mi leche no es una cura para nada», le respondí, tratando de mantener la calma. «Y definitivamente no voy a amamantar a un hombre de diecinueve años. Olvídalo».

Su reacción fue instantánea. Se abalanzó sobre mí, sus dedos como garras buscando mi pecho.

«¡Me la darás!», chilló, tratando de desabotonar mi blusa.

Sentí un dolor agudo cuando sus uñas se clavaron en mi piel. El shock inicial se convirtió en rabia. Esto no era una petición extraña, era un asalto.

La empujé con fuerza, pero ella se aferró a mi ropa. El forcejeo era torpe, ridículo y violento.

«¡Suéltame, vieja loca!», le grité, sintiendo cómo la tela de mi blusa se rasgaba.

El dolor en mi hombro, donde sus uñas se habían hundido, me encendió. Con un movimiento brusco, la agarré de las muñecas. Era sorprendentemente fuerte, pero la adrenalina me dio una fuerza que no sabía que tenía.

La torcí, invirtiendo nuestras posiciones. Ahora era yo quien la tenía acorralada contra una mesa de corte.

«¿Te gusta forzar a la gente, Yolanda?», le espeté, apretando sus muñecas hasta que gimió de dolor. «¿Crees que puedes venir y tomar lo que quieres?».

Usé sus propias palabras contra ella, sintiendo una amarga satisfacción. «¿Quieres mi leche? ¿La quieres a la fuerza?».

Ella me miró con los ojos desorbitados, una mezcla de odio y miedo. No esperaba que yo contraatacara.

«Suéltame», siseó, forcejeando inútilmente.

«Pide disculpas», le exigí, apretando un poco más.

«¡Nunca!».

«Entonces nos quedaremos así hasta que venga la supervisora».

Finalmente, la vi ceder. El dolor en sus muñecas y la humillación pública eran demasiado.

«Lo siento», masculló entre dientes, sin mirarme a los ojos.

La solté con un empujón. Se sobó las muñecas, lanzándome una mirada llena de veneno antes de escabullirse hacia su puesto de trabajo. Las otras costureras fingían no haber visto nada, sus cabezas hundidas en sus máquinas.

Me quedé de pie, temblando, con la blusa rota y el corazón latiéndome a mil por hora. No había ganado nada, solo había pospuesto lo inevitable. Sabía que esto no había terminado.

Justo en ese momento, Sasha, la supervisora, entró en la sala principal. Su mirada pasó de mí a Yolanda y de vuelta a mí. Vio mi blusa rasgada y los arañazos rojos en mi hombro.

«¿Qué demonios pasó aquí, Scarlett?», preguntó, su voz seria y sin rodeos.

Se acercó y me llevó a su pequeña oficina. Le conté todo, desde la petición grotesca hasta el ataque. Ella escuchó pacientemente, asintiendo de vez en cuando. No parecía sorprendida.

«Esa mujer no está bien de la cabeza», dijo Sasha cuando terminé. «No eres la primera, ¿sabes?».

La miré, confundida.

«Hace un par de años, hubo otra chica que acababa de tener un bebé. Yolanda le hizo lo mismo. La acosó, la persiguió. La chica terminó renunciando, no pudo soportarlo».

Sasha suspiró y se reclinó en su silla. «La historia de Yolanda es triste. Su esposo murió en un accidente de construcción hace años. Poco después, a Máximo le diagnosticaron esa discapacidad severa. Ella se aferró a él, convencida de que podía "curarlo". Ha probado de todo: curanderos, chamanes, dietas extrañas... y ahora, esto. Cree que la leche materna de una madre joven puede reiniciar el cerebro de su hijo. Es una locura, pero para ella, es su única esperanza».

La historia me dio un poco de contexto, pero no sentía ninguna lástima. Su tragedia no le daba derecho a atacarme.

«La acosó hasta que se fue», repetí, una sensación de frío recorriéndome. «¿Y nadie hizo nada?».

Sasha se encogió de hombros, una expresión de impotencia en su rostro. «Hablé con ella. El dueño habló con ella. Amenazamos con despedirla. Se calma por un tiempo, pero luego vuelve a empezar. Siempre encuentra una nueva obsesión. Y ahora, eres tú».

La advertencia era clara. Yolanda no se detendría. El ataque de hoy solo había sido el comienzo.

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