Portada de la novela Lazos Irrompibles

Lazos Irrompibles

9.4 / 10.0
En Lazos Irrompibles, una declaración de odio inicia un juego psicológico de poder. Ella busca distancia, pero él desafía su voluntad con fría determinación. Descubre esta novela romántica y lee libros gratis online sobre una relación marcada por la manipulación y un destino incierto.
Resumen de Lazos Irrompibles
Después de expresar su desprecio, ella busca alejarse definitivamente, convencida de que jamás podrá amarlo. No obstante, él no acepta la derrota y responde con una calma gélida y una sonrisa maliciosa. Con total seguridad, él afirma que el destino aún no está escrito, dando paso a un intenso duelo psicológico. En este enfrentamiento de voluntades, la persistencia de él y la resistencia de ella marcarán un camino lleno de tensión y desafíos emocionales.
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Lazos Irrompibles Capítulo 1

Siempre creí que tendría a mi madre toda mi vida. Nunca ni en mis peores pesadillas contemplé la posibilidad de no tenerla. Era como si la roca que siempre me mantenía estable en los peores estados de mi vida, simplemente se hubiera pulverizado de golpe. En un segundo la tenía y al siguiente ya no estaba.

Quería culpar el tiempo por haberse llevado a una persona tan importante para mí, pero en esta ocasión, no había Sido el tiempo el culpable de no tenerla a mi lado.

Había sido un conductor alcoholizado; las constantes revisiones de mantenimiento o sus reglas estrictas de conducción, no le sirvieron de nada a mi madre para salvarse. En estadísticas, cada año, un poco más de dos millones de accidentes automovilístico son causados por estar manejando en estado de ebriedad, el cual alrededor de unos cuatro millones son las victimas afectadas. Algunas por heridas graves o como en el caso de mi madre, letales.

Saber que mi madre ahora era parte de ésa cifra me rompía el alma de una manera muy profunda.

Ver su ataúd cerrado porque las heridas habían sido tan graves para siquiera ser reconocida, me dejaba muy mal.

Sobre todo porqué mi madre siempre hablaba sobre el día que me iba a ser falta, en si llegaba el momento de irse, en qué debíamos de prepararle una decoración de muchas alcatraces en su velorio. Decía que su belleza era pura. No por nada eran sus flores favoritas.

Y en ésa mañana las tenía acompañándola por toda la eternidad.

Solo esperaba que se encontrará feliz haya arriba en el cielo, pues todo el lugar de su último adiós estaba rodeado de alcatraces. Ni siquiera la ligera llovizna arruinó la fantasía del lugar. Era como si ella misma lo hubiera decorado. Como si aún estuviera presente.

Temblé de frío.

—Vamos, Marie—dictó mi padrastro con voz dura cuando me incitó alejarme del ataúd de mi madre.

Pero yo no deseaba moverme ningún centímetro. Deseaba quedarme. Con ella.

—Aun no—pedí con un nudo en la garganta. Mis ojos se sentían irritados, dolía seguir llorando, pero no más de lo que me dolía no tener a mi madre.

Me sentía rota. Tan sola.

—Marie, por favor—habló Manuel a mi lado, y mi mejor amigo—, te vas a enfermas.

Negué con la cabeza.

—Solo un momento más—supliqué. «¿Acaso no podían entender que deseaba quedarme aquí?»

Al parecer no, porque sentí el agarré de una mano grande y fuerte sobre mi brazo.

—Es suficiente—ordenó mi padrastro en mi oído—, no puedes seguir aquí afuera, te enfermeras y no puedo permitir eso.

—Pero…—intenté decir, pero mi padrastro me detuvo en seco.

—No—espetó con dureza—, he dicho que nos vamos y eso se hará.

Por primera vez, alejé mi vista del lugar en donde ahora estaba descansando mi madre y miré a su viudo.

—Tú podrás haber perdido a tu esposa—espeté con odio—, pero yo perdí a mi madre. ¡Así que no me ordenes que nos vayamos! ¡Quiero estar aquí!

Roland Santana me miró con dureza. Quizás pensando una forma de controlar mis acciones o en palabras que pudieran hacerme más daño.

Nos quedamos mirando fijamente.

—No lo dice por no comprenderte—intervino Manuel a mi lado—, lo dice porque está preocupado por ti.

Mi padrastro y yo no desviamos la vista del otro.

No sabía si era cierto lo que decía Manuel sobre la supuesta preocupación del hombre que tenía enfrente. Pero para mí, Roland era, fue, solamente el esposo de mi madre. Nunca congeniamos bien. Siempre era crítico con mi comportamiento y yo siempre lo detesté por usar su dinero para controlarnos.

Incluso siempre había cuestionado las razones de por qué se había casado con él, excepto que estuviera enamorada. No podía negar que mi madre sonrió de nuevo gracias a él o que estos dos años fueron los más felices de su vida, pero Roland Santana nunca había sido un hombre cariñoso con ella. Siempre había tenido una máscara de indiferencia. Su frialdad era conocida. Por eso lo detestaba. Sin importar cuanto mi madre quiso verlo sonreír, él nunca lo hizo. ¡Y se fue sin ver si realmente la había amado!

—Deja de actuar como una niña—demandó mi padrastro, tomando mi brazo con firmeza—, y haz lo que se te dice.

Me acerqué a ese rostro sin emociones.

—Te odio—murmuré cerca de su rostro—, ahora sin mi madre, por fin, podré dejar de verte.

Roland Santana ni siquiera pestañó, así de acostumbrado estaba al escuchar mis palabras de desprecio

—Amas tanto a tu madre que haces este tipo de escenas aquí—espeto con frialdad—, ¿es así como te educó? ¿Es ese el ejemplo que das de su enseñanza?

Mi expresión se congeló. Toda mi lucha se fue con esas pocas palabras. Bajé mi cabeza avergonzada.

—Marie…—empezó a decir Manuel.

—No—interrumpió—, es hora de terminar esto. El lunes que tenga que ir a la escuela podrás hablar con ella. Antes no.

No pude contradecir nada, solo me dejé llevar por mi padrastro.

El camino hacía el coche, lo sentí como en un paseo en una neblina densa. Si no hubiera sido por el agarre de Santana, ni siquiera hubiera llegado a mi destino. Las únicas señales de reconocimiento sobre mi mundo exterior fueron cuando no sentí gotas mojar mi cuerpo y la sensación de movimiento.

—De ahora en adelante, nada de salidas a fiestas—ordenó Santana a mi lado—, ni a emborracharse como es tu costumbre. Guarda el luto como es debido.

Miré de reojo al hombre que se atrevía a decirme esa absurda reprimenda.

—¿Realmente piensas que tengo el corazón frío como tú?

Roland Santana miró a la ventana con la clara intención a ignorarme.

—Solo haz lo que se te dice—giró su rostro y me vio duramente—, y no tendremos ningún problema en el futuro.

—No eres mi padre.

—No lo soy, pero soy tu único familiar. Así que hazte la idea de que ahora, yo soy tu familia. No más gritos por desacuerdos. No más berrinches sin sentidos. Te comportarás como la señorita que eres. Porque al contrario de tu madre, Marie, yo no perdonaré tu falta de respeto.

Sonreí secamente.

—¿Y qué piensas hacer? ¿Castigarme?

Me observó a los ojos.

—No me retes, Marie—se me quitó la sonrisa al escuchar su tono oscuro—, no tienes idea de lo que soy capaz de hacer. Ni idea.

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