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Portada de la novela Lazos de Sangre

Lazos de Sangre

En un mundo devastado por siglos de conflicto, humanos y vampiros mantienen una frágil paz. Haddasah, enviada por el Consejo humano, llega a la ciudad inmortal para capturar a un misterioso secuestrador de jóvenes. Allí forma una alianza con el poderoso Darius De'Ath, surgiendo un romance prohibido entre ambos. Mientras descubre oscuros secretos de sus superiores y su verdadera identidad, ella ocultará su pasado de cazadora para sobrevivir.
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Capítulo 3

Continúo caminando por un largo par de minutos hasta llegar al edificio donde resido. Me adentro por las puertas principales y me dirijo hacia las escaleras. Luego de subir cuatro pisos llego a mi domicilio, es un amplio departamento con una bonita vista, en sus tiempos este pareció ser un gran edificio, quizás un Hotel bastante costoso, ahora era el lugar donde residían miembros del Consejo. 

Abro la puerta y noto que se encuentra un sobre bajo ella. Al tomarlo en manos confirmo algo que me sorprendió, una citación urgente del Consejo. Rasgo el sobre y examino cuidadosamente el contenido, en pocas palabras había sido llamada nuevamente, luego de más de un año de inactividad mis servicios habían sido solicitados, eso solo significaba una cosa: Sucedía algo que ponía en peligro los acuerdos de paz. 

Me dejé caer sentada en el sofá, los resortes emitieron un chirrido. Me pasé las manos por el cabello dejando mi cabeza descansar hacia atrás. 

No quería regresar a ese trabajo, me había acostumbrado a mis rutinas, a mi vida tranquila y aburrida. No quería formar parte nuevamente de aquella vida, cargar con el peso de tantos secretos, misterios, muertes y suciedad. Porque aunque para muchos resultase algo sencillo, la organización ocultaba muchos secretos, muchas atrocidades que se llevaron a cabo para preservar el orden. Todo eso se encontraba oculto bajo el tapete y es mi temor que algún día salga a la luz e implique otra infinita guerra, porque a diferencia de hace más de ciento cincuenta años, el hombre ya no cuenta con la tecnología que nos ayudó a sobreponernos, ahora estamos indefensos y prácticamente a merced de la misericordia de los vampiros. Como enemigos ellos son más fuertes, aunque los superemos en número. 

¿Por qué el destino me jugaba esta mala pasada? 

Cuando justamente comenzaba a olvidar mi pasado como H. Sallow, este regresaba para volverse por segunda vez mi presente, uno tan negro que me impedía ver a través de sí una esperanza futura. Esa era mi vida, de la que huí para convertirme en una profesora. Yo no era solo una de las miembros de la organización que dirigía a nuestra especie, tampoco era meramente una investigadora, esas eran apariencias. Porque solo ellos y yo sabemos todas las atrocidades que cometí siguiendo sus mandatos, sus órdenes. Soy, bajo la promesa de proteger a los míos, el terror de toda criatura nocturna, la única cazadora de vampiros de todo el Nuevo Mundo. 

Camino de un lado a otro con impaciencia, la carta que sostengo en mis manos está estrujada dentro de mi puño que se cierra con una fuerza que ni yo misma reconozco. Mi mandíbula rígida y cada músculo de mi cuerpo tenso. Podía declinar a la oferta de la organización, no era algo imposible. Aunque no me extrañaría recibir una no muy grata advertencia. Para mí no había un oportunidad de declinar. No tenía chance de huir de ello, mi alma y mi voluntad eran suyas desde el primer momento en que acepté aquella misión que nadie más habría aceptado. Había hecho un juramento con mi sangre y la marca en forma de cruz en mi nuca me recordaba día a día que no tenía una vida a la cual llamar propia. Era un arma, el arma despiadada que años atrás cobró vidas tanto humanas como vampiras, todo por mantener firmes los pilares ensangrentados sobre los que se levanta la organización. 

Inconscientemente llegué a la habitación, moví a un lado el escritorio de madera y la alfombra, bajo ella abrí la pequeña compuerta de madera que se camuflajeaba con el suelo, saqué del interior la caja de metal y la coloqué a mi lado. Mis manos temblaron al abrirla pero lo hice, miré el contenido en su interior y como flashes todas aquellas escenas que día a día lucho por olvidar, regresaron a mí, oprimiendo mi pecho y mi garganta. Acaricio la superficie de aquella máscara negra con su diseño de flores rojas, las dos armas plateadas, quizás unas de las pocas armas de fuego que quedan aún en el mundo, y luego, aquella daga, de un impoluto color plateado cuyo elegante y delgado cabo en la parte inferior se abría como si se tratase de pétalos en los que brillaba una hermosa piedra roja. Su diseño era único en el mundo, quizás era una de las pocas cosas que me caracterizaba, había sido puesta en mis manos, se volvió mi más letal arma y la cruz con la que cargaría el resto de mi vida, aunque ahora se encontraba totalmente limpia, yo seguía viéndola bañada en sangre. La inscripción en su hoja: «Morior Invictus», se había vuelto mi lema en los viejos tiempos. La muerte antes que la derrota, aquellas insensibles palabras que alguna vez tuvieron importancia para mí. 

Cerré con fuerza la caja y la devolví a su lugar, escondida junto a mi pasado. Me negaba profundamente a volver a esa vida, prefería antes morir y si ese era mi destino lo aceptaría sin dudar ni un instante. Yo ya no me consideraba humana, me di cuenta que era un monstruo cuando matar ya era parte de mi rutina, cuando la sangre ya no me causó repulsión, cuando comencé a decir sí antes de pensar si era lo que realmente quería. Eso no era de humanos, porque comencé a vivir mi vida sin miedo, sin temerle a absolutamente nada, creyéndome indestructible y llena de soberbia. 

Hadassah, aquella huérfana que alguna vez juró haría del mundo un lugar de paz, falló en su misión. Tomó por apellido Sallow y no trajo paz, sino caos. Me siento decepcionada grandemente de mí misma. Pero ya no tengo tiempo de llorar por los errores del pasado, ahora solo me queda marcar un nuevo futuro, uno donde no empuñaré nuevamente estas armas y mi rostro no llevará una máscara. 

Me pongo de pie, miro por el amplio ventanal de cristal al lado opuesto de la habitación. La tarde se tiñó de naranja, los rayos del ocaso salpicaron el cielo y poco a poco comenzaba a asomarse el anochecer. Una noche sin luna y un cielo empedrado anunciando la llegada de futuras tormentas. Los días pacíficos habían acabado y al parecer no solo para mí.

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