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Portada de la novela Lazos de Sangre y Corse

Lazos de Sangre y Corse

En el Londres victoriano, el aristócrata Alistair Thorne oculta una licantropía que amenaza con devorar su humanidad. Desesperado, recurre a Eleanor Vance, una científica experta en alquimia prohibida. Tras los muros de una mansión, surge un romance apasionado mientras ella emplea pócimas y plata para controlar a la bestia. Con Scotland Yard pisándoles los talones, el riesgo de ser expuestos es inminente. ¿Salvará su amor a Alistair antes de ser descubiertos?
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Capítulo 1

Londres, noviembre de 1888. La niebla se deslizaba por las calles de Mayfair como un espectro hambriento, envolviendo las farolas de gas en un halo amarillo y enfermo. Para Eleanor Vance, el frío calando sus huesos no era nada comparado con el desasosiego que le provocaba la imponente fachada de la mansión Thorne.

Llevaba consigo un maletín de cuero desgastado, cargado con frascos de belladona, raíces de acónito y un pesado mortero de bronce. Cualquier oficial de la ley habría visto eso como evidencia suficiente para acusarla de brujería. Pero Eleanor no era una bruja; simplemente era una mujer práctica en una época que no permitía que las mujeres fueran científicas.

-¿Su nombre? -inquirió un mayordomo de rostro pétreo al abrir la pesada puerta de roble.

-Eleanor Vance. He venido por el anuncio de la vacante de enfermera especializada -respondió, manteniendo la mirada fija en el hombre. No mencionó que el anuncio le había sido entregado a mano en su botica clandestina por un mensajero que temblaba como una hoja.

La condujeron a través de pasillos alfombrados en un rojo tan profundo que recordaba la sangre seca. La casa estaba envuelta en un silencio antinatural. No había música, ni risas, ni el tintineo de la porcelana que solía acompañar a las casas de la aristocracia. Solo el tic-tac rítmico de un reloj de pie, que parecía contar los segundos hacia una tragedia.

Al final de un corredor en el ala este, el mayordomo se detuvo ante una puerta doble reforzada con bandas de hierro, un detalle que contrastaba con la delicada estética victoriana de la mansión.

-El Conde no recibe visitas durante el día, pero la luna está cerca de su cenit y el tiempo apremia -susurró el sirviente con un destello de compasión en los ojos-. Si escucha ruidos... golpes... no grite. Los gritos lo alteran.

Sin esperar respuesta, abrió la puerta.

La habitación estaba sumida en penumbra. Las cortinas de terciopelo negro estaban echadas, bloqueando cualquier rayo de luz vespertina. En el centro, sentado en un sillón de respaldo alto, se encontraba Lord Alistair Thorne.

A primera vista, era la imagen de la nobleza: una camisa de seda blanca impecable, pantalones oscuros y una postura rígida. Pero cuando Eleanor se acercó, el olor la golpeó: no era el aroma de lavanda y tabaco que esperaría de un caballero, sino el olor acre del sudor, el hierro y algo más salvaje, algo que recordaba al bosque profundo tras una matanza.

Alistair no levantó la mirada. Sus manos apretaban los brazos del sillón con tal fuerza que la madera crujía. Sus nudillos estaban pálidos, y Eleanor notó que sus uñas eran inusualmente largas y afiladas.

-Se lo advertí a mi secretario -dijo Alistair, su voz profunda y baritonal, pero resonando con un gruñido subyacente que hizo que el vello de la nuca de Eleanor se erizara-. No quiero a una chica asustadiza que se desmaye al primer signo de... mi condición. Váyase, señorita Vance. Antes de que se ponga el sol del todo.

Eleanor no retrocedió. En vez de eso, dejó su maletín sobre una mesa auxiliar y comenzó a sacar sus instrumentos. El sonido del cristal chocando contra el metal resonó en el silencio.

-He tratado a mineros con pulmones negros, a soldados con gangrena y a niños con fiebres que quemarían el hierro, milord -dijo con firmeza mientras preparaba un mechero de alcohol-. He visto la muerte de cerca tantas veces que ya no me asusta su sombra. Y si los rumores son ciertos, usted no es la muerte. Es algo mucho más ruidoso.

Alistair levantó la mirada entonces. Sus ojos, que deberían ser de un azul aristocrático, estaban inyectados en sangre, con las pupilas tan dilatadas que apenas dejaban ver el iris. Su mandíbula estaba tensa, luchando contra un espasmo que deformaba sus rasgos.

-¿Ruidoso? -repitió él, con una risa amarga que terminó en un jadeo de dolor-. Soy un monstruo, señorita Vance. En menos de tres horas, mi columna vertebral se partirá en dos, mi piel se rasgará y lo que quede de mí querrá devorar su corazón antes de que usted pueda pedir clemencia. ¿Tiene algún ungüento para eso en su maletín?

Eleanor se acercó. La tensión en el aire era tan espesa que se sentía como electricidad estática. Extendió la mano, y por un momento, Alistair se encogió, un instinto animal de defensa que la sorprendió.

-No tengo ungüentos para la licantropía, Lord Alistair. Pero tengo esto.

Sacó un pequeño frasco de cristal azul cobalto. Dentro, un líquido plateado y espeso flotaba.

-Es Loto de Plata mezclado con láudano y un compuesto de mi propia invención. No detendrá el cambio, pero adormecerá sus nervios. Su mente permanecerá en la superficie mientras el lobo intenta arrastrarlo al fondo. Podrá recordar quién es. Podrá mantener el control de sus manos.

Alistair la miró, y por un breve instante, la bestia retrocedió ante la pura curiosidad humana.

-¿Por qué aceptó este trabajo? -preguntó él, su voz apenas un susurro-. Ninguna cantidad de oro vale lo que verá en este sótano.

Eleanor terminó de llenar una jeringa de plata, su superficie brillando bajo la tenue luz de las velas. Se arrodilló ante él, una posición de sumisión que, sin embargo, se sentía como un acto de dominio médico.

-Porque el mundo está lleno de hombres que son monstruos por elección, milord -respondió ella, buscando una vena en el antebrazo tenso del conde-. Usted es un hombre que lucha contra el monstruo que le impusieron. Esa es una batalla que vale la pena ganar.

Alistair soltó un gemido cuando la aguja penetró su piel. El contacto de la plata de la jeringa con su sangre provocó un siseo, como agua sobre carbón caliente. Una línea de sudor frío recorrió su frente mientras el líquido comenzaba a recorrer su sistema.

De repente, la mano de Alistair se disparó y atrapó la muñeca de Eleanor. Su agarre era como una trampa para osos. Sus dedos eran cálidos, ardían de fiebre.

-Si las cadenas fallan esta noche... -dijo él, mirándola a los ojos con una intensidad desesperada-... si el veneno de plata no funciona, prométame una cosa, Eleanor Vance.

-Dígame.

-Use el bisturí que guarda en su delantal. No intente salvarme. Corte mi garganta antes de que yo manche sus manos de sangre.

Eleanor sintió el pulso de él retumbando contra su propia palma. Era un ritmo salvaje, rápido como el de un animal acorralado. Pero ella no apartó la mirada.

-No será necesario -dijo, aunque su corazón latía con la misma fuerza-. He traído suficiente plata para calmar a un regimiento. Y me quedaré aquí toda la noche para asegurarme de que el hombre que despierte mañana sea el mismo que me está mirando ahora.

Fuera, el primer rayo de luna llena rompió entre las nubes de Londres. En el sótano de la mansión Thorne, Lord Alistair soltó un grito que comenzó como humano y terminó en un aullido gutural que hizo vibrar los cristales de las ventanas.

La guardia de Eleanor había comenzado.

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