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Portada de la novela Lazos de amor

Lazos de amor

Christine, fiel creyente en el azar, vive un romance fugaz pero intenso con un desconocido cautivador durante unas vacaciones. Tras una noche inolvidable, el contacto se rompe y la lejanía geográfica parece sentenciar su historia. Sin embargo, el tiempo pasa y, tras terminar sus estudios, ella decide volver al lugar de aquel encuentro fortuito. ¿Podrá el destino propiciar un segundo encuentro y resolver la duda que la ha perseguido por años?
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Capítulo 2

Christine:

Oliver me metió dentro. La habitación era enorme. Sabía que el hotel era lujoso y que Oliver me había llevado hasta el último piso, pero en mi lujuria, no había relacionado que se trataba de la suite presidencial.

El interior estaba iluminado con modernas lámparas que proyectaban un cálido resplandor en la habitación, todo lo demás estaba decorada de forma más oscura. Las paredes eran de un azul intenso y texturizado, pero con muebles de color claro y mesas en dorado y cristales.

Me fijé en nuestro reflejo en el gran espejo situado frente a la puerta. Oliver era toda la fantasía de alto, rubio, musculoso y guapo. Llevaba el cabello engominado hacia atrás en un elegante traje verde musgo que dejaba ver sus anchos hombros y su cintura diseñada. Lo que más me gustaba de él eran sus ojos, azules y claros y una mirada intensa.

¿Cómo podía ser esto real? Hacía unos días estaba en mi ceremonia de graduación. Estresada por encontrar un trabajo como arquitecta. Emocionada por mi viaje a Nueva York con mi mejor amiga. Lo último que esperaba era que un hombre al que había conocido en un bar de chupitos, me conquistara.

Mi complexión parecía delicada al lado de la suya en el espejo, pero él no me hacía sentir pequeña. Mi cabello castaño y alisado terminaba por debajo de mis hombros, rozando los nudillos de Oliver, que todavía me sujetaba, aunque ya no lo necesitaba.

Me había puesto mi único vestido corto y azul marino. Recién salida de la universidad, no tenía mucha ropa formal. Verme con Oliver, dentro de esta suite de hotel tan ostentosa, casi no parecía que pudiera ser real. Su tacto me mantenía presente y concentrada todo el momento.

Eso fue todo lo que pude absorber antes de que la boca de Oliver volviera a estar sobre la mía, sus labios suplicando una entrada que yo concedí con gusto. Luego, tiró de la cremallera de la espalda de mi vestido, mientras mi mano libre se dirigía a su cinturón grueso de cuero.

Me alegré de haber decidido vestirme bien esta noche. No esperaba ligar con nadie, pero me parecía que la ropa era adecuada para una noche de bar y chupitos. Oliver y yo habíamos conectado de una manera que me sorprendió.

Al terminar de bajar la cremallera de mi vestido, mi piel desnuda quedaba al descubierto y sus cálidos dedos recorrieron lentamente mi espalda, centímetro a centímetro.

Su suave tacto tenía más fuerza que cualquier cosa audaz o contundente que hubiera podido hacer, haciéndome flaquear las rodillas.

Rompí el beso con un gemido, mi cuerpo se derretía contra el suyo y su tacto en mi piel me encendía.

—Vamos a la cama—, susurré desesperadamente, sintiendo que hablar demasiado alto rompería el hechizo que ambos teníamos en ese momento.

Oliver asintió y me agarró de la mano, tirando de mí hacia el interior de la habitación. Fuera de los grandes ventanales que ocupaban una de las paredes, podía ver las luces de la ciudad iluminada como fuegos artificiales

Me condujo hacia un tramo de escaleras, con la hebilla de su cinturón tintineando al caminar.

Las escaleras de metal estaban al ras de una pared de doble volumen decorada con un cuadro que la abarcaba a lo largo y ancho. El remolino abstracto de verdes, morados y lilas parecía en parte tinta caída en el agua, en parte mancha de aceite. Esto no hizo más que aumentar la calidad onírica de nuestro encuentro.

—Después de la dama—, dijo Oliver, indicándome que subiera primero las escaleras.

Mientras subía las escaleras, Oliver no pudo evitar tocarme. Deslizando así su mano por la parte posterior de mi muslo.

Un escalofrío de deseo me recorrió. Nunca había deseado tanto a alguien hasta ese instante, mí cuerpo reaccionaba a cualquier mínimo toque de su piel. Vacilé un momento en la escalera. Oliver aprovechó la oportunidad para pasar su mano más arriba, justo debajo de mi vestido.

Me apretó a través de las bragas, su pulgar se dobló por debajo y me tocó donde más lo deseaba. Ningún hombre me había hecho sentir tan necesitada.

Contuve otro gemido. Ni siquiera estábamos desnudos y yo ya estaba ida. Ni siquiera tuve la presencia de ánimo para avergonzarme por lo reactiva y excitada que estaba. Sólo podía pensar en lo mucho que lo deseaba dentro mío.

Oliver se acercó a mí y me levantó la espalda del vestido. Colocó sus labios en la parte baja de mi espalda, justo donde estaban mis bragas. Pude sentir su cálido aliento y un cosquilleo en la piel.

Bajó los labios, rozándolos sobre mi culo cubierto de encaje, hasta que volvió a tocar la piel.

—Podría follarte aquí mismo, en las escaleras—, dijo con una voz baja, ronca y segura. Pasó sus manos por mis muslos. —Sé lo mucho que lo deseas, tanto como yo a ti.

Sus dedos subieron por encima de mis bragas y se deslizaron por debajo del elástico. Las bajó lentamente, tomándose su tiempo y admirándome. Sus labios presionaron mi mejilla expuesta. Podía sentir su barba incipiente, sus suaves labios, su húmedo aliento. Mordí mis labios de placer.

Me bajó las bragas hasta el final y lo ayude a quitármelas. Sus manos me guiaron, haciéndome saber sin palabras lo que quería exactamente. Podía sentir, por la forma en que respiraba, lo excitado que estaba.

—Inclínate para mí—, dijo Oliver, sus palabras eran innecesarias, mientras colocaba una mano en la parte baja de mi espalda y empujaba suavemente.

Obedecí de inmediato, con la cara caliente, mientras pensaba en lo expuesta que estaba para él. Apoyé las manos, una de las cuales todavía sujetaba mi bolso, en el escalón superior, estabilizándome.

—Es precioso—, me felicitó, mientras recorría mis pliegues con sus dedos.

Reprimí un gemido. Me estaba haciendo sentir tan deseable, y era embriagador. Hace unos instantes había embelesado mi mente; ahora estaba haciendo lo mismo con mi cuerpo.

—Vas a venirte aquí—, susurró Oliver—, y luego te llevaré a mi cama y te follaré hasta que te vuelvas a correr para mí.

Sus palabras eran tan atrevidas como sus acciones, y enterró su cara entre mis piernas con entusiasmo. Él era hábil, mejor que cualquiera de los pocos universitarios con los que había estado. Se tomó su tiempo, leyendo mi cuerpo con facilidad y respondiendo a cada pequeño movimiento, gemido o escalofrío.

Oliver gimió con avidez dentro de mí, devorándome con evidente arrebato. Me hizo sentir sexy y poderosa incluso cuando estaba a su merced, aferrándome desesperadamente a la escalera mientras mi placer aumentaba.

—Rico—, jadeé, mis caderas se balancearon por voluntad propia, apretándome contra su rostro.

Oliver redobló sus esfuerzos a medida que se acercaba mi orgasmo. Reprimí mis gemidos mientras me corría. Chispas blancas estallaron en mi visión mientras mi cuerpo se inundaba de placer. Entonces rodeó mis caderas con sus grandes manos, manteniéndome erguida y segura para experimentar las oleadas de placer.

Luego se apartó para dejar que me recuperara. Respiraba con dificultad, extremadamente consciente de lo excitada que estaba. En lugar de sentirme vulnerable o tímida, me sentí libre mientras sus manos acariciaban mis piernas. Nunca había estado con alguien que diera prioridad a mi placer.

Me enderecé y me volví hacia el, mirándole.

—Gracias—, dije, ahuecando su mejilla.

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