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Portada de la novela Las vueltas del destino

Las vueltas del destino

Dante Galli es el frío Caporegime de la Cosa Nostra, impulsado por el deseo de vengar a sus padres y recuperar el honor de su familia. Su camino se cruza con el de Alissa Dane, una médica bondadosa que superó una infancia difícil en orfanatos. Un engaño y un acuerdo arriesgado entrelazan sus destinos opuestos, sumergiéndolos en una espiral de desafíos constantes. Ambos ignoran que un pasado común los conecta, amenazando con transformar sus vidas para siempre.
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Capítulo 3

La vida te dará una gran sorpresa y conocerás al amor de tu vida de formas insospechadas.

Sonreí por esa frase tan específicamente espeluznante del horóscopo al que mi mejor amiga, Beck, me había inscrito. Era un juego que ambas teníamos para reírnos cuando no nos sucediese alguna situación, y esa, era por demás absurda en más de un sentido, así que apagué la pantalla de mi celular y terminé de llenar el papeleo mientras transcurría mi tiempo en el centro clínico popular Weston.

—¿Estarás bien de guardia sola esta noche? Es extraño que el doctor no pudiese quedarse a hacerle compañía—indicó Preston, uno de los enfermeros que hacía turnos en el centro.

—Sí, ve, cerraré todo, Costa tuvo un contratiempo, por lo que no hay problema. Yo me quedaré pendiente de alguna emergencia, así que tú tranquilo, estaré bien sola, no creo que venga nadie ahora, no hasta la inauguración —le contesté con una sonrisa y me miró preocupado.

—Si algo he aprendido, es que no podemos decir eso, así que solo avisa si te encuentras saturada… No puedo creer que los representantes todavía no definan los nuevos puestos y rotaciones, de ser así, estaremos trabajando con los dientes —espetó y su teléfono sonó.

Seguramente debía ser su esposa, así que lo insté a que se marchase.

—Ve, estaré bien, somos nuevos en la zona y la gente todavía no entiende cómo funciona esto, ve, no es la primera noche que quedo sola aquí, o bueno, con el vigilante externo —le dije para que se relajase.

Eso lo hizo fruncir más el ceño, luego contestó el teléfono y siguió su camino, lo que me hizo suspirar con calma.

Terminar en el centro clínico popular para ofrecer consultas a personas de escasos recursos, atender alguna que otra emergencia médica relevante que no fuese extremadamente crítica, de cuidados intensivos o fatal —ya que todavía faltaba por acondicionar el centro—, no era el sueño que tenía de salvar vidas como me la salvaron a mí.

Sin embargo, estaba contenta con el hecho de que estaba haciendo algo bueno, algo que de algún modo me llenaba y de lo que estaba muy orgullosa. Sería uno de los médicos que lo inaugurarían, lo que era especial para mí.

Había nacido en el sistema de acogida luego de que me dejaran abandonada frente a las escaleras del orfanato donde crecí cuando apenas tenía días de nacida. Los médicos me salvaron la vida al detectar una falla cardiaca, y así fue como me convertí en una niña más que se convirtió en una huérfana de la vida. En ese hospicio en el que crecí, conocí a la única persona en el mundo en la que confiaba, la que me alentó a aceptar las becas que me dieron la oportunidad de titularme como médico por lo que no me sorprendió que me escribiera.

Beck:

Según eso, te vas a enamorar, tontita, así que cuando te llegue el príncipe azul, avísame para hacerte el vestido de novia más fabuloso del mundo.

Ella desde que salió de la preparatoria comenzó a trabajar en un taller de diseño y costura, uno en el que creaban vestidos de ensueño. Siempre hablaba con ella sobre mis gustos, sobre las cosas que quería usar, lo que deseaba vestir. Por lo que sonreí al imaginarme en un vestido de princesa, caminando el pasillo con una sonrisa y un hombre que me ame esperándome de otro lado.

Era lindo, pero no era realista.

La vida me había enseñado a no confiar, a no creer en las ilusiones porque la burbuja explotaba de forma tal que el mundo hacía las cosas mucho más difíciles. Por eso, me sacudí los pensamientos, y decidí estirar un poco las piernas, dar un recorrido antes de sentarme con el papeleo.

Nunca, ni en mis sueños más locos preví que al cruzar hacia el lado oeste que daba a un callejón, viese a un hombre recostado en una de las puertas de vidrio que estaban selladas. Algo me pareció llamativo, y pensé que podía ser una persona sin hogar, alguien que necesitase ayuda, cuando me acerqué, me di cuenta de que era un hombre joven y que la sangre manchaba el vidrio.

Por eso no dudé en abrir la puerta, cuando lo hice, el hombre levantó la cabeza y me di cuenta de que estaba mal, tenía una herida en el hombro y podía estar en shock.

—¡Dios! ¿Estás bien? —pregunté con preocupación para ver si me podía alguna información.

No hubo nada, solo me vio de una manera en la que sentí que mi cuerpo tembló, de una forma que me aceleró el corazón antes de caer inconsciente. Eso me puso en modo emergencia, en piloto automático, corrí a busca una de las camas que bajaban, con algo de astucia lo subí a ella, ya que era un hombre pesado, alto y bien constituido. Una vez subido, corrí directo al área de quirófano ambulatorio, en donde me coloqué guantes, dispuse de todo, puse las luces y me di a la tarea de acomodarlo.

Ahí lo desvestí como pude, le saqué la chaqueta, así como rompí su camiseta y los dejé a un lado, me di cuenta enseguida que tenía un impacto de bala con orificio de salida, pero había tocado algunos vasos sanguíneos que lo hicieron perder sangre suficiente como para perder suficiente sangre.

Tenía que cerrar de inmediato.

Podía hacer un trabajo con lo que tenía, pero lo ideal era enviarlo a una sala de emergencia, que era seguro que lo metiese en más problemas. Revisé y con ayuda del equipo de rayos X me cercioré de que no hubiese daño óseo en alguna otra zona, lo conecté para tener una idea de su ritmo cardiaco, revisé su saturación, así como todos sus signos vitales.

Coloqué anestesia local y esperé a que el desmayo fuese lo suficientemente grande como para que no sintiese un dolor inmenso. Se lo cocí, cuidando de revisar los vasos dañados, los reparé dentro de lo posible, lo que hizo que se estabilizase. Luego suministré solución Ringer para reponer el volumen de líquidos perdidos. Cuando pasó una hora, y vi que estaba estable, que lo que necesitaba era descanso, pude suspirar con fuerza.

No me había detenido a reparar en quien era, la verdad, el trabajo médico hacía que actuásemos de inmediato, lo suficientemente rápido como para que obviásemos los detalles hasta después de atenderlos, pero mi deber era que debía reportar al hombre de inmediato. Sin embargo, una parte de mí no quiso lidiar con todo lo que eso implicaba administrativamente, solo me quedé ahí, sin revisar sus cosas hasta que fuese consciente como para que se marchase.

Si algo había aprendido de estar en un hospicio, de pasar tiempo en la calle, era a no hacer preguntar y la finalidad del centro comunitario, era ayudar, no informar de cosas cuando no sabía todo el contexto. A veces, era bueno esperar para no juzgar, cuestionar o criticar a alguien cuando no sabíamos qué lo había llevado hasta cuál o tal punto.

Lo único que hice luego de ver que podría estar bien, era detallarlo: era un hombre guapo, alto, musculoso que denotaba que se ejercitaba, así como tenía tatuajes por doquier, tintas con un lenguaje que yo desconocía, pero que me sonaban al italiano. No sabía nada de lo que esos símbolos podían significar, así que miré su rostro, uno de facciones angulosas, unos labios que eran gruesos y un cabello castaño que parecía sedoso.

«Tal vez es lo que mencionó el horóscopo» dijo una voz en el fondo de mi mente.

Sacudí mi cabeza de inmediato, tenía que sacarme ideas tontas de la cabeza, tal vez lo que necesitaba era dormir. No era la primera vez que atendía a un hombre guapo, pero sí a un hombre que parecía ser problemático, eso no estaba en mi menú de opciones para elegir.

Los hombres como él, con heridas de bala en el hombre, no solo eran un caso, sino que resultaban ser un desastre que lastimaban corazones.

Busqué mi Kindle para leer algo mientras lo controlaba, así pasaron las horas hasta que dormité un rato y cuando me di cuenta, lo vi intentar levantarse desorientado.

Su expresión fue confusión pura.

—Vaya, estás despierto…

Giró a verme y su mirada fue como si me hubiesen paralizado, tuve que decirme que era su médico tratante, así que tenía que ser suave, tanto como podía dada la situación. Me acerqué poco a poco y no pasé desapercibido que sus intensos ojos claros me miraban como un depredador a su presa.

Algo dentro de mí se removió.

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