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Portada de la novela Las vueltas del destino

Las vueltas del destino

Dante Galli es el frío Caporegime de la Cosa Nostra, impulsado por el deseo de vengar a sus padres y recuperar el honor de su familia. Su camino se cruza con el de Alissa Dane, una médica bondadosa que superó una infancia difícil en orfanatos. Un engaño y un acuerdo arriesgado entrelazan sus destinos opuestos, sumergiéndolos en una espiral de desafíos constantes. Ambos ignoran que un pasado común los conecta, amenazando con transformar sus vidas para siempre.
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Capítulo 1

Ver la foto de mi madre era un recordatorio de cómo la vida cambia en un segundo.

Ser un capitán, un Caporegime, de la mafia no era lo que pensaba ser desde niño, según la tradición y lo que se me inculcó, mi futuro sería dirigir la Cosa Nostra en todo el territorio americano, pero un atentado destruyó todo lo que alguna vez imaginé para mí.

En un soplido que me dejó sin más.

Alguien ordenó atacar la caravana de autos en los que mi familia se trasladaba fuera de la ciudad para ir a una boda de uno de los capitanes de mi padre. Era apenas un niño de diez años, uno que había comido demasiados dulces en Halloween como para que le diese dolor de barriga, se sintiese terriblemente mal y se quedase en la cama al cuidado de su sorellina, su niñera, mientras sus padres se veían obligados a cumplir con los compromisos por el rol de Don, de capo, que tenía establecido el jefe de mi familia. Él tenía que avalar la unión sí o sí.

Esa noche me dejó huérfano y despertó el deseo de venganza.

Al diablo se fueron las implicaciones de mi futuro, lo único que quería era sangre, así que cuando mi tío, el sottocapo de mi padre, su mano derecha militar y el subjefe de la familia, tomó el poder y me metió en sus filas, decidí convertirme en una máquina de matar, en un artilugio capaz de hacer caer a cualquiera, en un asesino desalmado que todos debían temer.

Dejé la foto de la única mujer que me dio cariño sincero sobre la repisa de mi espacio sagrado y le di un trago hondo a la botella de bourbon que tenía en la otra mano. Suspiré cansado, harto de que se me limitase la información relacionada con lo que ocurrió ese día de la boda. Así que cerré la puerta del sótano de mi edificio, y fui directo a la parte superior en donde se encontraba mi espacio, uno que no pisaban los hombres a mi mando.

Lo que era lo más inteligente que podían hacer si no querían una bala entre ceja y ceja.

Fui directo a mi habitación y puse la botella sobre la mesita de noche, listo para intentar dormir en la comodidad de mi cama cuando mi teléfono seguro, ese que usaba para la comunicación esencial y confidencial, sonó.

Era mi capo desde Nueva York, y a esa hora, no era nada bueno.

—¿Qué sucede? —pregunté directo al punto.

—Tenemos un serio y grave problema, uno que necesito que resuelvas cuanto antes, Dante, el beso de la muerte llegará para uno de los nuestros —indicó con su voz más desesperada, una que muy poco le escuchaba, solo cuando estaba al borde de perdón su temperamento, lo que decía mucho de un hombre ecuánime como él—. Necesito tus habilidades de ejecutor, así como una búsqueda limpia de unos documentos incriminatorios. Tenemos un traidor…

La palabra retumbó con fuerza en mi cerebro, a tal punto que apreté los puños, listo para la acción. Me encantaba deshacerme de los que nos traicionaban.

—¿Quién es?

—Es uno de los contadores que mi Consigliere usaba, un cassetto que tiene todos los datos sobre movimientos que, de salir a la luz, terminarían siendo una bomba de tiempo para la organización. En estos se habla de todos nuestros negocios, y cuando digo todo Dante, son todos los que tenemos en la costa Este, el territorio que dominamos —explicó y entendí de dónde venía el desquicio velado en su tono de voz: nada podía caer en malas malos ni por error.

Un hombre moriría esa noche, no cabía duda.

—Dame toda la información, me haré cargo de inmediato.

—Tienes que recuperar los documentos, Dante, son vitales, son muy importantes para todos nosotros… Y mantén la discreción, no seas tan gráfico —ordenó.

—Lo haré.

Colgué y fui directo a ponerme algo práctico y cómodo; para cuando me puse mis zapatos deportivos negros, mi capo había enviado toda la información sobre el hombre: fotografías, automóvil, edad, sitios que frecuentaba, así como la dirección, familiares con los que viví y distribución del sitio. Un resumen que me tomé unos minutos de analizar, grabar y desentrañar. Lo más notoria era que el traidor vivía en mi zona, en Nueva Jersey, lo que hacía que todo fuese un asunto mucho más ligado para que impartiese justicia con creces.

Cuando salí de mi área privada para caminar hacia el pasaje que me llevaba directo al centro de operaciones y casino en el que congregaba a mis hombres, fui directo para hablar con Dominico, mi soldato de confianza.

—Tengo que hacer algo —le dije y giró de verme inmediatamente, el hombre era un poco más alto que yo, con una gran cicatriz en la ceja y de aspecto intimidante, no obstante, era un perfecto soldato y capodecina que cualquiera en el submundo desearía tener—. Activa el protocolo de misiones, y encárgate por unas horas de todo.

—¿No necesita ayuda señor? —preguntó sin miedo.

—Es algo que tengo que resolver yo mismo, así que haz lo que te ordeno y si tienes que tirar las correas de alguien para que se comporten, hazlo. Eres mi ojos y oídos, así que tienes que estar pendiente de tu teléfono en caso de que algo pase —le indiqué y asintió con seriedad—. Tomaré tu moto.

No me gustaba perder el tiempo con nadie.

Por eso fui directo a la motocicleta que resultaba ser rápida, silenciosa y un método de escape rápido. La encendí, revisé que todo estuviese en marcha y miré la dirección que mi tío envió por mensaje. Quedaba en una zona residencial privada al norte de la ciudad. Me puse un pasamontaña debajo del casco, abrí las compuertas, luego salí con calma, enfocado en la misión que tenía por delante, así que no duré más de la media hora recorriendo las calles.

Llegué y estudié un poco la zona, había cinco vigilantes rodeando todo, tenían cámaras, sin embargo, había huecos en el paredón que podía soltar porque eran vista ciega. Así que dejé la moto cerca, me monté y me ubiqué mirando la facha de las casas, la del hombre debía estar en la siguiente calle, por lo que me acomodé para ir saltando de techo en techo. En menos de lo que pude ya estaba encima de la propiedad.

Sonreí porque mi suerte fue la mejor del mundo: había atrapado al hombre en su jardín trasero, hablaba por teléfono con mucha concentración.

Con ello, fue fácil colarme dentro, busqué cámaras en la zona, y al no sonar ninguna alarma, asumí que habían desactivado el sistema de seguridad. Caminé por las habitaciones, verifiqué que la esposa estaba dormida y los niños no se encontraban, por lo que supuse que estaban fuera de casa. Me cercioré dos veces antes de sacar mi arma, le coloqué un silenciador y caminé directo al jardín.

—No, te estoy diciendo que es algo grande, algo inesperado, algo que, si lo vendo al mejor postor, no solo tendría el dinero para huir lejos de aquí —dijo el hombre regordete con una calva graciosa.

Era un traidor de primera, uno que me daría placer matar con rapidez.

Por eso me acerqué con sigilo, con mucho cuidado, y le coloqué el arma en la cabeza, lo que hizo que se girase para verme. Dejó la conversación a la mitad, no gritó, se volvió pálido, tanto como para quitarle con facilidad el móvil y guardarlo dentro de uno de los bolsillos escondidos de mi chaqueta de cuero.

—¿Qué pensaba vender uno de los cassettos de la Cosa Nostra? —pregunté con mordacidad.

Su respiración se hizo rápida con facilidad y vi cómo el muy miserable mojaba los pantalones ante mí. Sería tan fácil romperlo, que sonreí detrás del casco.

—Nada… —dijo temblando.

—Nuestra omertá no es en vano, y el código de silencio tampoco, entonces dime, ¿qué pensabas hacer cassetto? ¿Venderías todo para huir de algo que aceptaste para toda la vida? explícame porque nuestro Capo di tutti capi te ha dado el beso de la muerte…

—No puede ser —se arrodilló y comenzó a llorar—, yo no he traicionado a nadie, no…

Negué.

—No soy sordo, mucho menos estúpido, dame los papeles que le robaste al Consigliere, demuéstrame que no le hiciste copias, que no hay más evidencia… Si despiertas a tu mujer o haces un paso en falso, me lo voy a tomar como una vendetta —le dije y eso lo hizo controlarse lo suficiente como para levantarse.

Caminamos hasta su estudio, ahí, quitó un cuadro de la pared del fondo que ocultaba la caja fuerte, sacó unas carpetas las cuales revisé y en efecto, tenían información de balances de los negocios, cuentas en el extranjero, billeteras digitales para lavar a través de criptoactivos y más.

Esas carpetas, las que parecían ser originales, las coloqué dentro del doble fondo de la chaqueta, luego lo hice revisar el espacio, colocar todos los papeles dentro de un envase de metal que tenía como papelera, así como su computadora luego de destruirla sin problemas con todos los dispositivos USB que encontré. Con una botella de whisky, encendí eso y antes de que se lo viera venir, le prendí fuego, luego le disparé tres veces en la cabeza.

Todas ellas con una precisión impresionante.

Cuando me giré para seguir revisando e irme, la llama de la papelera se hizo más fuerte y desconecté el sistema de alarma contra incendios. No preví que la esposa entrase y me viese, le disparé en la cabeza de inmediato. De todas formas, no pensaba dejarla viva, mi intención era hacer pasar todo como un robo, uno que salió mal, pero ya en ese punto me daba igual. Tomé las fotos del cadáver para hacerlas un ejemplo en la organización y me cercioré de que no quedase rastro de mí.

Salí directo a montarme en la motocicleta cuando vi un auto que estaba cerca. Me pareció extraño, como otro que se acercó sigilosamente por el frente. Me subí en mi transporte, y cuando arranqué, ambos comenzaron a seguirme, por lo que tomé una ruta alterna, me interné en una calle estrecha, y ellos dispararon sin cesar. Sentí como el ardor me atravesó el hombro de una forma que me sacó de foco, seguí corriendo por la tensión, por la adrenalina hasta que uno de los autos me interceptó y me golpeó desde atrás, haciendo que me lanzase hacia un camino cerrado.

El impacto fue tal que solté la moto y me estrellé contra el pavimiento.

Por un segundo todo me desorientó, luego, tal vez debido a la misma sensación de querer huir de ahí, caminé, así como pude, con el ardor a fuego lento. Tuve que ser inteligente, me saqué el casco y lancé hacia un contenedor de basura para distraerlos, luego me oculté como pude en un callejón unas calles más abajo. Ahí me senté un momento para respiras, me quité el pasamontaña porque me ahogaba y luego intenté comprobar mi teléfono para pedir refuerzos, pero quedó hecho un desastre cuando caí sobre la acera, así que lo último que hice fue apretar el botón de emergencias para que Dominico lo resolviera.

Maldije con fuerza cuando sentí que mis fuerzas se iban.

Algo no estaba bien.

Lo que no preví, fue que abrirían la puerta en la que me había recostado en ese callejón.

—¡Dios! ¿Estás bien? —preguntó con una dulce voz de una mujer.

Al levantar la cabeza me di cuenta de que parecía un mismísimo ángel bajado del cielo.

Era una diosa, con su piel de porcelana, el cabello castaño rojizo y los ojos azules más impactantes que hubiese visto en mi vida. Su rostro me dejó un poco aturdido, tan aturdido que cuando quedé inconsciente por la pérdida de sangre, solo pensé en ella.

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