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Portada de la novela Las Mentiras Que Me Has Dicho

Las Mentiras Que Me Has Dicho

La vida de la protagonista transcurría en una calma monótona hasta que un encuentro fortuito alteró su destino. Al conocer a un hombre de gran atractivo, su mundo empezó a tambalearse. Aunque al principio pensó que la suerte estaba de su lado, no tardó en descubrir que él era un oportunista despiadado. El giro definitivo llega al desvelarse que ese sujeto es, en realidad, un influyente CEO, dejando al descubierto una red de engaños inesperados.
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Capítulo 1

"¡Oye, preciosa!".

Maya Mo se llevó la mano entumecida al cuello y se ajustó la bufanda color carmín. Luego, con una mueca de impaciencia en el rostro, bailoteó tratando de entrar en calor, mientras murmuraba, sorprendida de sí misma: 'Qué frío hace en invierno. Crosby Liu, en verdad debo quererte mucho. Si no, ¿cómo explicarías esta estúpida salida en medio de una helada para buscarle a tu mascota un veterinario?'.

Mientras continuaba avanzando casi a rastras por el camino, le pareció escuchar vagamente el tintineo de una agradable voz masculina, gritando detrás de ella. Aunque algo confundida, siguió su camino sin voltear. Recordaba claramente que Crosby le había aconsejado alguna vez que nunca se volviera cuando alguien la llamara en la calle, particularmente por nombres como "preciosa". Así podía evitarse la vergüenza de descubrir que, seguramente, no le hablaban a ella.

Sin embargo, al alzar la vista, se fijó en dos chicas, a unos pasos frente a ella, ataviadas con ropas demasiado ligeras como para un día tan frío, que se habían detenido en el acto al escuchar la voz llamando, convencidas de que la apelación iba dirigida a ellas. Sus entusiasmadas exclamaciones le causaron un sobresalto: "¡Oh Dios mío!, ¡es tan guapo!". Dijo una de las chicas, refiriéndose al hombre de quien la voz provenía.

"¡Oh, cielos!, ¿crees que me esté llamando a mí?, ¿será a mí?", preguntó la otra chica, con una risilla emocionada. Parecía que estaba viendo al dicho hombre directamente a los ojos, y bailoteó con entusiasmo.

Maya puso los ojos en blanco, decidió que no se molestaría en seguir contemplando la escena. Además, a juzgar por la reacción de las chicas, Maya supuso que, lo más seguro es que no conocieran al atractivo extraño que las llamaba, y ella, por lo general, no pensaba bien de los hombres que coqueteaban con mujeres desconocidas en plena calle.

"¡Espera un segundo, preciosa!".

Sonó de nuevo la voz desconocida, que tenía, innegablemente, un timbre agradable. Esta vez, sin pensarlo, Maya se sorprendió echando un vistazo hacia atrás.

"¡Preciosa, oye, preciosa!".

"¡Oh, no me está llamando a mí!". Entonces, Maya notó que las dos chicas de enfrente parecían completamente decepcionadas y la miraban con cierto rencor. Se sintió incómoda al pensar que el extraño podría, en efecto, estarle hablando a ella.

La voz se escuchaba cada vez más cerca, y los pensamientos de Maya fueron súbitamente interrumpidos. Entonces se detuvo, y sin más cavilaciones, se dio la vuelta, para ver a un hombre alto y muy atractivo de pie, apenas a unos centímetros de ella. Justo en ese momento, los ojos del extraño se iluminaron mientas daba un respingo de alegría, como si sus exclamaciones por fin hubieran dado en el blanco.

Ella se quedó de una pieza. Aunque no era como que se hubiera enamorado en el acto (se había topado con muchos hombres atractivos a lo largo de su vida, y hacía falta mucho más que una cara agradable y un cuerpo alto para impresionarla), tenía que reconocer que había algo en aquel hombre, algo fuera de lo común, ¿cómo podía ponerlo en palabras? ¡Sería inolvidable! El hombre era perfecto de pies a cabeza; su rostro era impecable, su sonrisa brillante, sus ojos claros como el cristal, sus cejas se arqueaban con gracia, enmarcando una mirada digna y elegante. Su nariz era recta y sus labios levemente rosados, la línea de su quijada era firme y angulosa.

'¿Por qué diablos me llamaría un hombre así?', se preguntó Maya, quebrándose el cerebro en busca de una respuesta. No recordaba haber conocido a un hombre tan apuesto.

"¿Sí? En qué puedo...", empezó a balbucear.

"Preciosa, ¿a dónde vas con tanta prisa?", sus palabras cayeron pesadas como el plomo, y a Maya le pareció que el tiempo se detenía.

Aún demasiado sorprendida como para moverse, vio al hombre pasar corriendo junto a ella para atrapar a un alegre perro samoyedo, que jugueteaba bajo un árbol. Se acuclilló para atar con gran delicadeza un cordel entorno al cuello del animal.

"¡Maldición!, ¡le estaba hablando al perro!", exclamó indignada una de las chicas, que seguían contemplando la escena a unos pasos de distancia.

Maya sintió como si le arrojaran una palangana de agua helada encima, que la hizo volver de golpe al mundo real. Estaba tan avergonzada que tuvo que contenerse para no gritar "¡carajo!" a los cuatro vientos. 'Crosby, cuando me advertiste de la gente diciendo "preciosa" en las calles ¡nunca me dijiste que podrían estar llamando a un perro! ¡Un perro, maldita sea! ¡Es totalmente anormal!', gritaba ella internamente, descargando su enojo contra su mejor amiga por darle, lo que ahora le parecía, consejos incompletos.

Por otro lado, Yusuf Song, que había salido para llevar a "Preciosa" al veterinario, jugaba alegremente con su perro, totalmente indiferente al frío y a la conmoción que había generado a su alrededor.

"Preciosa, si vuelves a escaparte así, no te daré más carne seca, ¿entiendes?", amenazó dulcemente al samoyedo mientras lo acariciaba con cariño. El animal estaba tan gordo e hinchado que no resultaba raro que necesitara ir al veterinario.

El samoyedo llamado "Preciosa" lamió mansamente la palma de su amo, gimoteando como un bebé, como si tratara de complacerlo. Parecía querer decir: '¡No, no!, ¡no me dejes de dar carne seca!, ¡guau, guau!'.

Yusuf solo tenía ojos para su mascota, e ignoró completamente a la chica silenciosa, de pie y aún inmóvil, justo detrás de él. Maya, muerta de vergüenza, quería que se la tragara la tierra. Él había salido ese día, olvidando ponerle la correa a su mascota y, como resultado, se le había escapado. La había perseguido a lo largo del camino mientras la llamaba incesantemente: "¡Preciosa, oye Preciosa!". No había sido su intención causar tanto revuelo.

Así fue como se conocieron Maya Mo, de 24 años, y Yusuf Song, de 29. Para la chica, hubiera preferido olvidar esas circunstancias tan incómodas. En cambio, todo pasó tan rápido que el otro no pudo recordar nada sobre este encuentro.

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