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Portada de la novela Las lunas de Xetrón

Las lunas de Xetrón

En un mundo medieval regido por la amoralidad y los matrimonios de conveniencia, la arrogancia de los líderes ha colmado la paciencia divina. El dios de la noche, ante tal deshonor y corrupción, desatará una antigua sentencia sobre Nagarta. Un engendro aterrador de tiempos remotos regresará para ejecutar una purga implacable de horror. En medio de esta cruenta justicia y acción desenfrenada, solo aquellos con un corazón noble podrán sobrevivir al castigo.
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Capítulo 3

—Vida y gloria para mi soberano, Rándat y su esposa la reina. Señor, estamos en tierras prohibidas y siniestras… Le ruego que no prolongue la estadía, el cansancio es merecido por las agotadoras jornadas, sin embargo, estamos en tierras malditas y aún nos quedan vastos territorios por franquear.

—La comitiva necesita descanso. ¿Dónde encontraremos otro sitio mejor para acampar? ¿A qué temes, sabio consejero Navertuss?

El anciano, nervioso, otea el firmamento y le responde:

—Mi señor, solo restan algunas noches para que las magnas lunas de Xetrón resurjan y esta vez se teñirán de sangre para que una ancestral profecía se ponga de manifiesto, desatando a la criatura de las tinieblas que busca el soplo de los herederos de tronos.

Rándat, sonríe despreocupado, ya que nunca fue los que creen en funestos vaticinios y suavemente le rebate:

—Me hablas de leyendas pasadas en tierras baldías, ¿acaso no denotas cansancio en los ojos de vuestra soberana? Recuerda que partimos siendo príncipes, pero regresaremos al reino como los reyes que gobernarán… ¿Dime sabio, anciano, serás el primero en desobedecer una orden patriarcal?

—Justo, Rándat, mi señora, la reina, Laisessy, ha demostrado tener el temple de su estirpe y sé que puede soportar retos más grandes que el que suplico por el bienestar de ambos reinos.

El rey impaciente, y sin escuchar sus ruegos drásticamente, le contesta:

—Hoy no escucharé tus ruegos, respetado, Navertuss, acamparemos y durante la noche y con las lágrimas de los dioses como espectadoras, me contarás de esa leyenda que tanto temes. Mañana retomaremos la marcha y todos sabrán que tu lengua y creencias son tan ineficaces como las armas de los enemigos.

El anciano, aunque se opone a la decisión superior, por temor, no le queda más remedio que aceptarla, mientras se aleja hacia el vagón en que viaja se detiene por un segundo para contemplar al cielo, y temeroso ve en el cenit a las diminutas y resplandecientes luces que presagian lo inevitable…

No obstante, bien entrada la madrugada y varios porrones de vino, han menguado el férreo carácter del monarca y viéndolo acercarse de nuevo, le ordena:

—Acerca tu cansado cuerpo, anciano, y compartiré el calor de mis rocas, la comida, el vino para que espantes la modorra que traen las penumbras y nos cuentes esa leyenda que te atemoriza—acompañando el pedido con un gesto de la mano, otros caballeros que le rodean le despliegan una silla al sabio consejero del reino, quien aceptando, y para ahuyentar la frialdad que trae la noche, se acerca al hoyo donde las rocas despiden ese fuerte color violáceo al expedir calor, entonces, frota sus manos cerca del vapor. Cuando sintió que ya el calor se expandía por su cuerpo, los miró a todos y después a los monarcas y comenzó:

—Lo que voy a relatarles no es una leyenda… está registrada en textos antiguos y aconteció hace mucho, mucho tiempo… En estas mismas tierras…

Reino de Duxorr: Cien años después de la caída de la lluvia negra. Fronteras del sur; Campaña militar contra los ejércitos de un distante y codiciado imperio.

La noche anterior los centinelas de los ejércitos atacantes, avistaron una pequeña partida que dejaba el reino asediado y sigilosos y diestros—los arqueros dieron muerte a todos sus integrantes—al acercarse buscando entre ellos al rey enemigo que creían intentaba escapar amparado por las lunas de Xetrón, solo encontraron a varios ancianos y a un niño de diez años que había sido alcanzado por tres dardos que le quitaron la vida instantáneamente, ahora a la mañana siguiente. Sobre la extensa colina y bajo toda ella, los ejércitos a pie, aguardan la señal. Descendiendo y bordeando el mismo cerro, donde millares de jinetes se dividen en tres fracciones para atacar al imperio desde los flancos y la retaguardia, las catapultas han cesado en sus envíos de rocas ardientes a los agrietados muros y los temidos caballeros veitanos forman la primera línea de combate…

El caudillo que guía a los atacantes y entusiasma con palabras que lleva repitiendo desde que comenzaron los asedios tres meses atrás, vuelve a exclamar:

— ¡Ejércitos que me siguen! ¡Hoy tomaremos las tierras imperiales de los domadores de trogos salvajes, y nos apoderaremos de cuanto poseen!

Miles de voces se levantan como un coro infernal y son acompañadas por el sonar de las armas contra los escudos y yelmos.

— ¡Que el dios Coloduss, guie la mano del rey Tarik! ¡Que la razón y la justicia siempre le acompañen majestad!

Tres veces más, se escuchan las ovaciones y él les responde enérgicamente:

— ¡De hazañas y gloria estará colmada mi leyenda!

Enardecido por la imperiosa victoria, desenvaina la espada y sobre su caballo da la orden de atacar:

— ¡Guerreros de mi reino, tomen la vida del enemigo o pierdan la suya en batalla! ¡Los dioses nos miran y a ellos entreguemos la victoria!

Dos ejércitos adversarios y decididos a triunfar se lanzan al ataque, sin embargo, el reino de Duxorr es más experimentado en las artes de la guerra y tras largas jornadas de constante batallar y desgastar a las hordas oponentes, su inminente victoria parece cuestión de horas. Miles de flechas sobrevuelan el campo y se hunden en objetivos que no las ven descender, el ruido del acero impactando contra armaduras vegetales y carne excitada, eleva a los vientos una escalofriante sinfonía de muerte.

Cuando el ímpetu del dios Diurnuss, comienza a debilitarse sobre el campo de batalla, miles de guerreros yacen tendidos si vida, centenares más son apresados por las legiones de Duxorr y otro tanto es rematado sin piedad. Ahora el rey es proclamado vencedor ante las huestes enloquecidas. Por fin, tras una larga campaña, cabalga victorioso por entre las legiones que le vitorean. Ante la tienda real desmonta y mientras un soldado se aleja con su caballo, envía a otro por uno de los jefes…

Aunque manifiesta tener más de cuarenta años, se le ve robusto y viste la reluciente armadura de los caballeros veitanos, solo que el brillo ha sido opacado por la sangre que cubre la mayor parte. Camina sereno y orgulloso, penetra en el toldo quitándose el yelmo y se para frente al monarca que le tiende una copa de metal con vino.

—Esencia de los dioses para una garganta seca, la mejor ofrenda para un guerrero cansado. Y victoria merecida, mi soberano— le expresa, levantando la copa en señal de gratitud.

—Comandante, Ottokan, que los caballeros veitanos supervisen el botín de guerra y que ordenen encadenar a todos los sobrevivientes, serán llevados al reino como muestra de nuestro poderío. En tres días nos adentraremos en territorios potomianos para tomar posesión de su fortaleza. Que busquen entre los enemigos al rey Klonatt, si sigue con vida, tráiganlo ante mí.

A pesar de la victoria sobre el adversario, varios días más, todavía continúan abatiendo turbas de rebeldes o ciudadanos que se les enfrentan. Pero el ejército que les invade es invencible, al menos eso había demostrado contra ellos y anteriormente en las últimas campañas libradas contra las hordas de los pantanos de las lluvias perpetuas, donde habitan aquellos seres resbalosos y repugnantes con membranas y cuerpos resbaladizos y escamosos, o la conquista del imperio subterráneo, a pesar de que algunos no la califican como victoria, pues los enemigos eran de baja estatura, armados con rudimentarias armas, y huidizos de los poderes del dios Diurnuss, pues su calor le levantaba ampollas en la piel, por lo que solo tuvieron que inundar sus túneles con rocas ardientes y untadas con savia vegetal. Provocando con ello que centenares se viesen precisados a brotar de lo profundo de la tierra, tratando de escapar del calor y el humo, solo para encontrarse con acero bien afilado que les arrancaba la vida.

Cuando terminan por diezmar a los pocos defensores y saquear el lugar y después de penetrar en la fortaleza, el rey Tarik se sienta en un trono vacío y ahora conquistado, pero no pretende quedarse en él, por lo que se vanagloria efímeramente como cada conquistador ha hecho desde épocas remotas. Uno de sus guerreros se detiene frente a él y le comunica:

—Mi rey, los prisioneros aguardan tras las puertas.

—Traedlos ante mí, junto con el cautivo real.

Son más de setenta ciudadanos y entre ellos el destronado Klonatt, camina con dificultad por las heridas. Dos largas filas de caballeros veitanos les vigilan atentamente. Entonces, el conquistador al verlos suelta una estridente carcajada.

— ¡Vencido rey, avanza hasta mí y muestra la derrota sufrida, arrodillándote! —le habla con esa prepotencia de un vencedor, y dos guardias se adelantan para custodiar al cautivo.

Klonatt, da unos pasos, dejando escapar leves quejidos, pues cada vez que apoya una de sus piernas, bajo el sucio vendaje continúa brotando sangre. Se detiene y observa al joven monarca que le ha derrotado y sumiso, se arrodilla ante él, pero no en silencio.

—Tarik, soberano del reino de Duxorr y ahora del imperio potomiano, toma mi vida y has más gloriosa tu conquista.

Lo mira sosteniendo en su mano un cetro usurpado. Con un ademán ordena a los guardias que se aparten del vencido.

—Rey Klonatt, no pretendo envejecer en tus tierras. Sabes bien que las conquisté porque posees las canteras de las rocas del calor más fructíferas de todos estos territorios. Los metales de tus tierras son inagotables, los robustos y gigantescos trogos solo se multiplican en tierras potomianas. El dios Coloduss, sembró la avaricia en mi corazón y a él le debo esta conquista. Tu vida nada me importa, no eres más que otro mísero y envejecido monarca al que he derrotado y más de seiscientos prisioneros de guerra ya fueron enviados a las mazmorras de mi fortaleza. Pero te ofrezco continuar reinando sobre tu estirpe, si aceptas mi propuesta, gobernarás bajo mis estandartes… Serás un súbdito más de mi reino, tú y los pocos supervivientes que aún te son fieles, pero todos deberán rendir tributos y lealtad.

Le escucha, y permaneciendo de rodillas, voltea la cabeza mirando al resto de los detenidos, entre su mayoría hay hombres viejos, y los jóvenes tienen tantas heridas como él, también, mujeres y niños, entre las que están varias de sus esposas e hijos, que ya tienen en los ojos la rebelde mirada de un potomiano. Entonces poniéndose de pie le contesta:

—La falsa generosidad de un conquistador se disfraza con futuros tormentos, como rey y descendientes de reyes potomianos, me negaría y rogaría por ser decapitado, sin embargo, debo pensar en el bienestar de mi raza y para poder permanecer cerca de mi deshecha familia, me veo obligado a aceptar tu propuesta.

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