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Portada de la novela Las Lunas de Abril IV:  Luna Eterna

Las Lunas de Abril IV: Luna Eterna

La cuarta parte de la saga explora las raíces de Manuel, desvelando su remota transformación junto a su hermano. La trama entrelaza las diversas encarnaciones de Abril con el arduo entrenamiento de Manuel, quien se prepara para un duelo final inevitable. Este viaje de fantasía y acción conecta milenios de sacrificios y vivencias históricas, culminando en una batalla épica que definirá el destino de los protagonistas frente a una eternidad incierta.
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Capítulo 2

No puedo negar que las últimas palabras de Mala’ikan me calaron hondo. Su amenaza había sido muy clara, no obstante, no podía decir que estuviera en mis planes dejar a Selena, si ella volvía. El problema era que yo no tenía idea si ella tenía pensado volver o no a mi lado, si al final, me había dejado sin aviso.

Decidí dejar de pensar en Selena y, sobre todo, en Mala’ikan. Yo, en ese tiempo, tenía cosas más importantes de las que preocuparme. El reino de mi padre iba en franca decadencia por lo cual, debía buscar el modo de reactivarlo; yo, como heredero al trono, tenía el deber de velar por la continuación del reino.

Codro, mi padre, había recibido una advertencia, o premonición, como él la llamó, que anunciaba la invasión de los dorios a nuestro pueblo; obviamente, no permitiría, ni que ellos se adueñaran de nuestro reino, ni mucho menos que mataran a mi padre.

Poco tiempo después, nuestros enemigos se encontraban al acecho, avanzaban hacia nosotros asolando ciudades vecinas. Mis hombres y yo estábamos dispuestos a dar la batalla, cuando Selena apareció de nuevo en mi vida.

―No te enfrentes a ellos, Medonte ―me advirtió―, no vienen solos.

―¿Cómo es eso de que no vienen solos?

―Eso, vienen sostenidos por una fuerza por mucho muy superior a la tuya y no podrás vencer.

―No les tengo miedo.

―Por favor, no te enfrentes a ellos, no salgas a su encuentro, ellos no se acercarán aquí y si ustedes salen, estarán perdidos. Por favor, no vayas ―me rogó con intensidad.

―No dejaré que asesinen a mi padre.

―El destino de tu padre ya está escrito en las estrellas.

Fijé mi vista en su rostro.

―¿Qué quieres decir?

Suspiró.

―No hay nada que puedas hacer para cambiar su destino; ya está fijado.

―Selena...

―Lo siento, Medonte, lo único que puedes hacer es luchar por tu vida, por la de tu hermano y su familia; la vida de tu padre ya está sentenciada.

―¿Por qué? Él es el Rey, él no puede morir, mucho menos a manos de nuestros enemigos ―protesté con fiereza.

―Medonte, Medonte, escucha. Su vida ya ha sido reclamada por los dioses, no hay nada que puedas hacer, ni tú, ni nadie.

Resoplé.

―Hay fuerzas poderosas que tú no comprendes, Medonte, fuerzas que, aunque no creas en ellas, existen, están allí afuera y pueden hacerte mucho daño.

Esbocé una sonrisa irónica.

―¿Fuerzas como Mala’ikan, por ejemplo?

―¿Cómo sabes de él? ―Se asustó.

―Estuvo de visita hace algún tiempo para exigirme que me alejara de ti.

―No puede ser ―musitó.

―Sí, lo fue, me amenazó y desapareció, tal como lo hiciste tú.

―Medonte.

―No digas nada, por favor, necesito estar solo.

―No me rechaces.

Puso su mano en mi pecho y yo atrapé su pequeña extremidad con la mía.

―No he dejado de pensarte ―confesé―, cada día y cada noche, pero no puedo evitar pensar que tú y ese hombre están coludidos en alguna especie de conspiración en contra de mi gente y de mi pueblo.

―Jamás te haría daño.

―¿Por qué me abandonaste?

―Debí hacerlo, no me es permitido venir, de hecho, solo vine a advertirte, debo marchar enseguida.

―¿Me dejarás otra vez? Quédate conmigo.

―No puedo. Volveré, te lo juro que volveré, mientras tanto, no te enfrentes a tus enemigos, quédate tranquilo, aún no es tiempo para la guerra.

―¿Cuándo volverás?

―Cuando la luna se oculte por una larga semana.

―¿Cuándo será eso?

―Medonte. ―Me acarició la mejilla―. Cree. Cree en lo que no puedes ver, cree en lo que está ante tus ojos y te niegas a ver, cree en ti y cree en mí.

―Yo creo en ti.

―¿Qué crees que soy?

Me turbé ante su pregunta.

―Sé que me amas, pero no sabes quién soy ―aseguró.

―No me importa lo que eres ―afirmé con solidez.

―No se puede amar lo que no se conoce.

―Yo te amo a ti, de eso estoy seguro y sé que tú también me amas a mí ―aseveré con total confianza.

Sonrió, se acercó muy despacio y unió sus labios con los míos. Me dejé llevar sin miedos ni dudas, no me importaron las amenazas de Mala’ikan, ni las frases veladas de Selena, ni mi familia, ni nada. Para mí, en ese momento, no existía nada más que mi amada Selena, mi Luna, la mujer que me robaría el alma y el cuerpo y a la que le hubiese entregado, gustoso, mucho más.

Así como llegó, se fue. Y debo admitir que, desde aquel día, nuestra primera vez juntos, yo ya no me pertenecía. Un mundo nuevo y desconocido se abrió para mí al compartir mi vida con la de ella, al enlazar nuestros cuerpos en unión celestial.

Ya no volví a ser el mismo, poderes insospechados para mí, me fueron otorgados; según mi Luna, solo habían salido a la luz. Comencé a distinguir a los seres de otras dimensiones, entes que no eran humanos y que se preciaban de no serlo. Me percaté también de que los hombres son capaces de muchas cosas, solo tienen que aprender a descubrirlo y conocí en plenitud a Selena, su esencia, su existencia: la diosa lunar, la Luna en persona, guardiana de la Tierra y protectora de los cielos. Sí, solo entonces pude percibir su naturaleza.

Regresó unos meses más tarde, esperaba un hijo mío. Íbamos a ser padres. Confieso que al principio me dio miedo. Luego lo procesé y fui el más feliz de los mortales. Sería padre y mi diosa estaba conmigo. Además, nuestros enemigos habían reculado y mi familia, mi reino y mi pueblo, estaban en paz, ¿qué más podía pedir?

Mi hija nació una lluviosa tarde de primavera, casi como un milagro. Era una preciosidad, una niña hermosa que había heredado los rasgos de su madre.

―Te amo ―le repetí por enésima vez a mi mujer.

―Yo también te amo ―contestó con voz sombría.

―¿Ocurre algo malo?

―Todo. El fin se aproxima a pasos agigantados.

―¿El fin? ¿El fin de qué?

―El fin, Medonte, el fin de tu mundo. Perdóname, debí verlo venir y no... No fui capaz. Perdóname.

―No entiendo lo que dices, mi Luna, dime qué es eso tan grave, explícame.

―¿Recuerdas cuando te dije que el futuro de tu padre estaba escrito en las estrellas?

―Sí ―contesté con temor.

―Pues ha llegado el tiempo. Tus enemigos prevalecerán sobre ustedes y tu padre debe morir.

―No entiendo, ¿por qué?

―Los tiempos cambian, cariño, y es hora de que tu mundo también cambie.

―¿Qué va a pasar con nosotros, con nuestra hija?

―Debes protegerla, hay quienes la quieren lastimar.

―Con mi vida protegeré a Abril, mientras pueda evitarlo, nadie le hará daño.

―Lo sé.

Nos besamos, en realidad, ella me besó a mí, y en su boca percibí su temor, un temor muy bien justificado, por lo que sucedió después.

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