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Portada de la novela Ladrona De Mente

Ladrona De Mente

La vida de Sofía se desmoronó tras la pérdida de su madre y el fin de su carrera como bailarina por una falsa acusación. En su momento más oscuro, despierta inexplicablemente en el pasado, antes de la tragedia que arruinó su futuro. Con el tobillo sano y sabiendo que Catalina la traicionó, se enfrenta de nuevo al Festival Nacional de Danza. Esta vez, Sofía usará su conocimiento para evitar el sabotaje y reescribir su destino con determinación.
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Capítulo 2

El eco de la sirena de la ambulancia todavía resonaba en mis oídos, una melodía terrible que se mezclaba con los gritos ahogados de mi madre. La vi desplomarse junto al escenario, su rostro una máscara de horror mientras los paramédicos me subían a una camilla. El dolor en mi tobillo era agudo, blanco, pero nada comparado con el dolor de ver mis sueños hacerse añicos. El Festival Nacional de Danza Folclórica, la noche que debía consagrarme, se había convertido en mi tumba artística.

Todo por un listón. Un maldito listón en mi zapato de baile, uno que yo no había amarrado de esa forma. Sabía quién lo había hecho. Catalina. Su sonrisa, falsamente preocupada desde el otro lado del escenario, era la única prueba que necesitaba. La envidia la carcomía desde que me eligieron para el solo principal.

La investigación fue una farsa. El padre de Catalina, un pez gordo en el mundo del espectáculo, movió todos sus hilos. Compró testigos, silenció al personal de vestuario y giró la narrativa. De repente, la víctima era yo, pero de mi propia negligencia. "La joven promesa, Sofía, descuidó su propio vestuario en un acto de irresponsabilidad imperdonable", decían los titulares. Me humillaron públicamente, mancharon mi nombre y destruyeron mi carrera antes de que pudiera empezar.

La lesión fue permanente. El médico fue claro, "Nunca volverás a bailar a nivel profesional". Esas palabras fueron el clavo final en mi ataúd. Mi madre, mi única familia, no pudo soportarlo. El estrés, la injusticia, la impotencia, todo se acumuló en su frágil cuerpo. Su salud se deterioró rápidamente, consumida por una enfermedad que los doctores atribuían al profundo sufrimiento emocional.

Verla postrada en una cama de hospital, pálida y débil, fue mi punto de quiebre. La culpa me devoraba. Era mi sueño el que la había arrastrado a este infierno. Sin dinero, sin reputación y con mi madre muriendo, me sentí completamente sola. Una noche, en el silencio de nuestro pequeño apartamento, tomé una decisión. Si mi vida de baile había terminado y mi madre se iba, ya no quedaba nada por lo que luchar. Sostuve el frasco de pastillas en mi mano, un amargo final para una historia que debió ser de triunfo. Las lágrimas caían sobre la nota de suicidio que escribí, una disculpa a un mundo que me había dado la espalda.

Y entonces, todo se volvió negro.

Un parpadeo.

Un destello de luz cegadora.

El olor a laca para el cabello y a madera recién pulida inundó mis sentidos. El murmullo de un público expectante era un zumbido familiar. Estaba de pie, tras bambalinas, con el corazón latiéndome a mil por hora. Mi tobillo... no dolía. Lo moví, incrédula. Estaba perfecto, fuerte. El vestuario, el mismo vestido rojo con flores bordadas, se sentía ligero sobre mi piel.

Miré mis manos. No eran las manos de una mujer derrotada de veintitantos años, sino las de una joven de dieciocho, llenas de vida. El calendario colgado en la pared del camerino lo confirmó. Era la noche del Festival Nacional de Danza. Había vuelto.

Una oleada de conmoción y euforia me recorrió. Esto no era un sueño. No era el más allá. Era una segunda oportunidad. Una oportunidad para reescribir mi final, para salvar a mi madre, para obtener justicia.

"¡Sofía! ¡Sales en cinco minutos! ¿Estás lista?"

La voz del director de escena me sacó de mi trance. Mi primer instinto, el de mi vida pasada, fue sonreír y decir que sí, caminar hacia mi destino como un cordero al matadero.

Pero esta vez no.

Con una claridad que me heló la sangre, recordé cada detalle. El listón, la caída, el dolor, la sonrisa de Catalina. Todo estaba a punto de suceder de nuevo.

"No", dije, mi voz sonando más fuerte y firme de lo que esperaba.

El director de escena, un hombre gordo y siempre apurado, se detuvo en seco.

"¿Cómo que no? Niña, es el solo principal. ¡El público te espera!"

"No voy a salir", repetí, y empecé a desatarme los listones de los zapatos de baile. No los que Catalina había manipulado, sino los míos. Tenía que cambiar la jugada por completo.

Mi decisión inesperada creó una onda de choque inmediata. El director de escena palideció.

"¿Te has vuelto loca? ¿Sabes lo que esto significa para tu carrera? ¡Para la reputación de la academia!"

Su voz se elevó, atrayendo la atención de otros bailarines y personal. El pánico empezó a extenderse por el área tras bambalinas. Me negaba a moverme, manteniendo la calma mientras el caos crecía a mi alrededor. Este era mi primer movimiento en una partida de ajedrez que ya había perdido una vez.

En medio de la confusión, mis ojos se encontraron con los de ella. Catalina. Estaba de pie a unos metros de distancia, observando la escena con una expresión de desconcierto que rápidamente se transformó en una delgada línea de ira. La confusión en su rostro era la confirmación que necesitaba. Ella esperaba que yo saliera al escenario, que cayera, que me destruyera. Mi negativa había arruinado su plan. Vi el destello de malicia en sus ojos, el mismo que recordaba de mi lecho de muerte, y supe, sin la menor duda, que ella era la causa de toda mi miseria. La conexión entre este momento y el final de mi otra vida era innegable, y la sospecha se convirtió en una certeza de hierro. No iba a permitir que ganara. No esta vez.

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