Portada de la novela La Viuda y Mi Marido

La Viuda y Mi Marido

9.3 / 10.0
Tras ser agredida por Enrique para proteger a Silvia, la protagonista de La Viuda y Mi Marido decide ejecutar su venganza. Esta historia de romance, misterio y acción muestra el fin de un matrimonio traicionado. Lee esta web novel y descubre cómo planea demolerlo todo en este modern novel.
Resumen de La Viuda y Mi Marido
Tras enviudar, Silvia se mudó a mi hogar bajo mi protección, pero pronto mi esposo Enrique la convirtió en su prioridad absoluta. El desprecio creció hasta que ella destruyó un valioso recuerdo de mi madre; al reclamarle, Enrique me golpeó para defenderla. Con el alma rota y el cuerpo herido, he decidido poner fin a mi matrimonio. Ahora, junto a Chuy, planeo demoler mi antigua vida y ejecutar una fría venganza contra quienes me traicionaron.
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La Viuda y Mi Marido Capítulo 1

Mi cuñado murió en un accidente, y su viuda embarazada, Silvia, se mudó a mi casa. Al principio, creí que era mi deber como familia ayudarla en su duelo.

Pero pronto, mi esposo Enrique comenzó a tratarla como si fuera una reina, ignorándome por completo. Se convirtió en su sirviente personal, no en mi marido.

Le masajeaba los pies por la noche, la defendía cuando se quejaba de mi café en mi propia cocina y me ordenaba apagar la cafetera porque a ella le molestaba el olor.

La situación explotó cuando descubrí que Silvia había robado la pulsera de esmeraldas de mi difunta madre. Cuando la confronté, la dejó caer a propósito, haciéndola pedazos. Ciega de rabia, le di una bofetada.

Pero en lugar de defenderme a mí, su esposa, Enrique me empujó con una fuerza brutal. Caí y me corté el brazo con una mesa de cristal. Mientras la sangre corría, él corrió a consolar a Silvia.

Me gritó: "¡Estás loca! ¡Te voy a comprar otra! ¡Pero no vuelvas a tocarla!" .

En ese momento, mirando los pedazos de la herencia de mi madre en el suelo y la sangre en mi brazo, el amor que sentía por él murió. Tomé mi teléfono e hice una llamada.

"Chuy, trae a tu equipo a mi casa. Con mazos. Vamos a hacer una remodelación" .

Capítulo 1

La llamada llegó a las tres de la madrugada.

La voz del otro lado era la de mi suegro, Valerio, y sonaba rota.

Su hermano mayor, Roberto, había muerto en un accidente de coche.

En el funeral, el ambiente era pesado. Mi esposo, Enrique, se mantenía de pie como una estatua, con la mandíbula apretada. A su lado, su cuñada Silvia, ahora viuda, lloraba desconsoladamente.

Su llanto era silencioso pero constante, una presencia que llenaba cada rincón de la capilla.

Unos días después del funeral, la vi por primera vez en semanas.

Silvia estaba embarazada.

Llevaba un vestido negro y holgado, pero no podía ocultar su vientre de casi siete meses.

Enrique la miró, y en sus ojos vi una mezcla de dolor y una aplastante sensación de deber.

Esa noche, en nuestra casa, Enrique soltó la bomba.

"Silvia se mudará con nosotros" .

Lo dijo sin mirarme, mientras se servía un vaso de agua en la cocina.

"¿Qué? ¿Aquí? Enrique, esta es nuestra casa" .

"Es la viuda de mi hermano, Camila. Está sola y embarazada. Es mi deber cuidarla" .

Sentí una punzada de ira. La casa había sido un regalo de bodas de mi padre, un magnate inmobiliario de Monterrey. Era nuestro espacio, nuestro santuario.

"Puede quedarse en la casa de sus padres o en la de ustedes. Hay mucho espacio" .

"Sus padres murieron hace años, y mi mamá no se lleva bien con ella. Aquí estará más cómoda" .

No me dio opción. Al día siguiente, Silvia llegó con dos maletas.

Desde el primer día, su presencia fue invasiva.

Empezó con pequeñas cosas. Le pedía a Enrique que le abriera los frascos, que le alcanzara cosas de los estantes altos, siempre con una voz suave y desvalida.

"Enrique, ¿podrías ayudarme con esto? Es que con el embarazo, me canso tanto" .

Él corría a ayudarla, siempre solícito.

Una noche, estábamos viendo una película en la sala, acurrucados en el sofá. Era un raro momento de paz.

Silvia bajó las escaleras en pijama.

"Ay, no puedo dormir. Me duelen mucho los pies. Roberto siempre me los masajeaba" .

Miró a Enrique con los ojos llenos de lágrimas.

Me tensé, esperando que Enrique pusiera un límite.

No lo hizo.

"Ven, siéntate. Yo te ayudo" .

Se levantó y se sentó a los pies de Silvia, masajeando sus tobillos hinchados mientras ella suspiraba de alivio. Me quedé helada, viendo la escena. Él ni siquiera notó mi incomodidad.

Me levanté y me fui a la habitación sin decir una palabra.

Harta de la situación, llamé a mi padre, Justino Roda.

Necesitaba desahogarme.

"Papá, no aguanto más" .

"¿Qué pasa, mija? ¿Ese imbécil te hizo algo?" .

La voz de mi padre, siempre autoritaria y protectora, fue un bálsamo.

"Es su cuñada. Está aquí, en mi casa, y Enrique la trata como si fuera la reina" .

"¿La viuda?" .

"Sí. No hay límites, papá. Se comporta como si Enrique fuera su esposo, y él se lo permite" .

Le conté todo, los masajes en los pies, las interrupciones constantes, la forma en que Enrique me ignoraba para atenderla.

Mi padre escuchó en silencio, y cuando terminé, solo hubo un momento de calma antes de la tormenta.

"¿Ya te cansaste de ser la esposa abnegada, Camila?" .

Su pregunta me sorprendió.

"Sí" .

"Bien. Porque yo ya me cansé de ver cómo mi única hija permite que la pisoteen" .

Nunca antes había admitido cuánto toleraba por mantener mi matrimonio. Siempre creí que el amor significaba sacrificio.

"Él no me quiere, papá. Nunca me ha querido" .

La verdad salió de mi boca con un sabor amargo. Me casé con Enrique perdidamente enamorada, ciega al hecho de que nuestro matrimonio fue, para él, una alianza estratégica para salvar la empresa manufacturera de su familia.

"Se supone que él debería tratarme como a su prioridad, pero prefiere a esa mosquita muerta. Entonces, ¿por qué soy yo la que tiene que ceder mi espacio, mi esposo y hasta mi vida?" .

Mi voz se quebró al final.

Le conté el incidente más reciente, ocurrido esa misma mañana.

Silvia había entrado en la cocina mientras yo me preparaba un café de una marca exclusiva que me encantaba.

Ella arrugó la nariz.

"Huele muy fuerte. A mí me da náuseas" .

"Entonces sal de la cocina" , le respondí, más cortante de lo que pretendía.

En ese momento, entró Enrique.

"Camila, no seas grosera. Silvia está sensible por el embarazo" .

"Ella fue la que empezó, quejándose de mi café en mi propia cocina" .

"Solo estaba expresando cómo se sentía. Deberías ser más comprensiva. Apaga esa cafetera" .

Me quedé mirándolo, incrédula.

"¿Qué?" .

"Que la apagues. El olor le molesta" .

Silvia sonrió sutilmente detrás de Enrique.

Esa fue la gota que derramó el vaso.

Mi padre explotó al otro lado de la línea.

"¡Ese pedazo de mierda! ¡Se atreve a darte órdenes en tu propia casa por una cualquiera!" .

"Papá, cálmate" .

"¡No me calmo! Escúchame, Camila. Si decides dejar a ese imbécil, yo me encargo de que él y su familia se arrepientan de haber nacido. Los voy a hundir" .

Sus palabras, en lugar de asustarme, me dieron una extraña sensación de poder.

Colgué el teléfono sintiendo un peso menos.

Cuando Enrique entró en la habitación más tarde, lo miré con frialdad.

"¿Estás mejor?" .

No le respondí. Tomé mi laptop y me puse a ver una serie, con los audífonos puestos.

Él suspiró, frustrado por mi silencio, y se fue.

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Tabla de contenidos de La Viuda y Mi Marido

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