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Portada de la novela La vida sin sentido

La vida sin sentido

Durante dos décadas, Alba vivió bajo el yugo de João, dedicada a su hogar y a sus dos hijos. Sin embargo, su mundo se desmorona al descubrir que su marido portugués mantiene una familia oculta. Lejos de actuar con rencor, opta por una ruptura radical: abandona sus responsabilidades y se sumerge en la incertidumbre. Esta es la crónica de una mujer que, al renunciar a su identidad y a todo propósito, decide abrazar el vacío para encontrar una libertad sin rumbo.
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Capítulo 1

El aire de agosto en la ciudad tenía una densidad particular; no era solo calor, era una presencia física que se pegaba a la piel como una película de aceite. Alba estaba sentada en el balcón, con las manos entrelazadas sobre el regazo, observando el mundo desde su palco de hierro y geranios marchitos. Desde esa altura, la vida de los demás parecía una película muda, un ajetreo de colores y ruidos que no lograba traspasar el cristal invisible que la rodeaba desde hacía dos décadas.

Abajo, en la acera, la familia de los García -los vecinos del 4B- cargaba el maletero de su coche con una eficiencia casi coreográfica. Sombrillas, neveras portátiles, maletas de colores chillones y gritos de niños excitados por la promesa del salitre. Se iban. Como todos los años. Como todo el mundo.

Alba sintió una punzada eléctrica en la base del cráneo. Una pregunta, pequeña y afilada, empezó a perforar la costra de su resignación: ¿Por qué ellos sí y yo no?

Miró el reloj de pared que se alcanzaba a ver desde el salón. Las cinco de la tarde. En agosto, el tiempo parecía detenerse, pero para João, agosto era el mes del "movimiento". Siempre era igual. Mientras el resto del país se detenía para buscar la sombra y el descanso, João se ajustaba la corbata con un nudo más apretado y anunciaba, con esa voz profunda que no admitía réplicas, que los negocios en la capital requerían su presencia absoluta.

-"Es la temporada alta, Alba. Mientras otros duermen, yo facturo", le decía siempre, con ese rastro de acento portugués que antes le parecía romántico y ahora solo le resultaba extranjero, lejano.

Veinte años. Veinte agostos viendo maletas ajenas mientras ella se quedaba custodiando las paredes blancas de una casa que, de tanto estar limpia, parecía deshabitada.

Dentro de la casa, el silencio no era paz; era una ausencia de propósito. Alba giró la cabeza para mirar hacia el pasillo. Sus hijos, ya no tan niños pero tampoco del todo adultos, flotaban por las habitaciones como fantasmas en un limbo.

Su hija, Lucía, estaba tumbada en el sofá del salón, con los auriculares puestos, mirando al techo con una apatía que a Alba le dolía más que un insulto. Su hijo mayor, Tiago, se encerraba en su cuarto a jugar videojuegos, huyendo de una realidad que no le ofrecía nada más que la sombra de un padre autoritario y una madre silenciosa.

Ellos también habían aprendido el arte de la vida sin sentido. No preguntaban por vacaciones, no pedían ir a la playa, no cuestionaban por qué su padre desaparecía semanas enteras en el mes más caluroso del año. Eran extensiones de la propia Alba: engranajes quietos en una máquina que João manejaba a su antojo.

Alba se levantó. Sus rodillas crujieron levemente, un recordatorio de que el tiempo pasaba incluso si ella no hacía nada con él. Fue a la cocina, se sirvió un vaso de agua tibia y se quedó mirando el calendario magnético de la nevera.

-Veinte años de agosto -susurró para sí misma. Las palabras sonaron extrañas en su propia boca, como una confesión.

El sonido de la llave en la cerradura llegó a las siete. No era un sonido violento, pero para Alba fue como el disparo de salida de una carrera que no quería correr. João entró con el saco colgado del brazo y el sudor marcando el cuello de su camisa azul claro. Olía a asfalto, a oficina y a ese perfume caro que siempre parecía demasiado fresco para alguien que decía haber pasado el día trabajando bajo el sol de la capital.

-Boa tarde -dijo João, dejando las llaves en el cuenco de plata de la entrada. El tintineo del metal contra el metal cerró la puerta a cualquier posibilidad de escape.

Alba no se movió de la encimera de la cocina. Lo observó mientras él se acercaba para darle un beso mecánico en la mejilla. Fue en ese momento, con el contacto de su piel fría contra el calor de él, cuando la pregunta que había nacido en el balcón finalmente cobró forma.

-João -dijo ella. Su voz era baja, pero tenía una firmeza nueva, un matiz que no estaba en el guion habitual.

Él se detuvo mientras se servía un vaso de vino. La miró por encima del hombro, con las cejas ligeramente arqueadas.

-Dime, Alba.

-Los García se han ido hoy. A la playa. Como cada año -Alba dio un paso hacia él-. Y yo me preguntaba... ¿por qué siempre en agosto tienes esos "asuntos" en la capital? Llevamos veinte años con la misma historia. Todos descansan, menos tú. Y todos nos quedamos aquí, menos tú.

El aire en la cocina pareció succionarse. João se giró lentamente, dejando el vaso sobre la mesa. Por un segundo, un destello de algo parecido al pánico cruzó sus ojos oscuros. Sus pupilas se dilataron, un fallo en su sistema de control. Se sintió descubierto, como si Alba hubiera abierto de golpe un cajón que él mantenía bajo llave.

Pero João era un maestro de la arquitectura emocional. En menos de un segundo, la sorpresa se transformó en una sonrisa condescendiente, esa que se le dedica a un niño que hace una pregunta ingenua.

-Alba, querida -dijo él, acercándose y rodeándole los hombros con su brazo pesado-. ¿De dónde sale esto ahora? Sabes que mi posición en la firma no es como la de un vecino cualquiera. Los contratos de la capital se firman ahora porque es cuando los grandes inversores tienen tiempo. Si yo no voy, otro ocupará mi lugar. ¿Es eso lo que quieres? ¿Que perdamos lo que tanto nos ha costado construir?

Se acercó más, invadiendo su espacio vital, envolviéndola con su aroma de tabaco y seguridad fingida.

-Es por el futuro de Tiago, por la carrera de Lucía. Lo hago por ustedes. Me duele más a mí estar en ese despacho asfixiante mientras ustedes disfrutan de la casa, te lo aseguro.

Él la miró a los ojos, buscando esa chispa de duda que siempre encontraba. Y ahí estaba. Alba bajó la mirada. La mentira era cómoda, como una manta vieja en invierno. Era más fácil creerle que aceptar que el vacío de su vida era el resultado de un engaño sistemático.

-Lo sé, João. Es solo que... a veces parece que el tiempo se nos escapa -murmuró ella, sintiendo cómo la voluntad se le escurría entre los dedos.

-No se escapa, Alba. Se invierte -sentenció él, dándole un apretón final antes de dirigirse al baño.

João se fue a duchar, silbando una melodía portuguesa que Alba no reconoció. Ella se quedó sola en la cocina, con el vaso de agua a medio terminar.

La mentira había funcionado. João se sentía a salvo, creyendo que una vez más había logrado apagar el incendio con un par de frases bien estructuradas. Pero se equivocaba en algo fundamental.

Alba no se sentía convencida; se sentía humillada.

En lo profundo de su pecho, donde antes solo había una estepa gris de aburrimiento, algo se había encendido. No era una llama grande, era apenas una brasa, un punto rojo de calor que empezaba a consumir el papel de seda de su paciencia.

Miró sus manos. Estaban temblando levemente. No era miedo. Era la primera vibración de un motor que llevaba veinte años apagado.

Alba volvió al balcón. El coche de los García ya no estaba. La calle estaba vacía, sumida en el crepúsculo de un agosto que, por primera vez, no le parecía el final de nada, sino el prólogo de un desastre necesario.

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