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La vida que elegí

Al cumplir veinte años de casada, la protagonista recobra memorias de un futuro desgarrador. En esa vida, la traición de su marido Rodrigo y su amiga Camila la condujo a una muerte amarga, rechazada incluso por sus hijos, Mateo y Sofía. Para eludir ese destino de humillación y supuesta locura, decide emplear sus recuerdos como una herramienta de venganza. Con frialdad, buscará romper sus vínculos actuales y reescribir su historia personal.
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Capítulo 3

A la mañana siguiente, Ximena no se levantó al amanecer para supervisar el desayuno. No preparó el licuado de proteínas de Rodrigo ni los almuerzos especiales para Mateo y Sofía. Se quedó en la cama, en la habitación de huéspedes a la que se había mudado la noche anterior, y escuchó el caos que se desarrollaba en la planta baja.

Escuchó la voz irritada de Rodrigo gritando su nombre, los quejidos de sus hijos porque no encontraban sus uniformes limpios, el sonido de ollas y sartenes golpeándose en la cocina. Por primera vez en veinte años, la maquinaria de la casa Rivera se había detenido porque su engranaje principal se había negado a girar. Una pequeña y amarga sonrisa se dibujó en sus labios, no era alegría, era la triste constatación de su propio valor, un valor que solo se hacía evidente con su ausencia.

El desorden era palpable cuando finalmente bajó. La cocina era un desastre. Había cáscaras de huevo en la encimera, leche derramada en el suelo y un olor a pan quemado en el aire. Mateo y Sofía estaban sentados a la mesa, con cara de mal humor, comiendo cereal directamente de la caja. Rodrigo estaba de pie junto a la estufa, con el ceño fruncido, mirando un sartén con algo negro y humeante.

Nadie parecía capaz de hacer una simple taza de café. Era una escena patética, la prueba viviente de que la habían dado por sentada, asumiendo que su trabajo de veinticuatro horas al día era una función natural de la casa, como el agua que sale del grifo. Ximena pasó de largo, cogió una manzana del frutero y se dirigió a la puerta.

"¿A dónde crees que vas?" La voz de Rodrigo la detuvo. Sonaba furioso, como si ella fuera una empleada rebelde, no su esposa. Ximena se volvió lentamente.

"Voy a salir," dijo con calma.

"¿Salir? ¿Y el desayuno? ¿La casa? ¡Mira este desastre!" exclamó él, señalando la cocina.

"No es mi problema," respondió ella, su voz plana.

Rodrigo la miró como si le hubiera crecido una segunda cabeza. "¿Qué no es tu problema? ¡Es tu trabajo, Ximena!"

"Ya no," dijo ella. "Renuncié."

Ximena se dio la vuelta para irse, pero la voz aguda de Sofía la detuvo.

"¡Mamá, mi uniforme de porrista no está lavado! ¡Tengo práctica hoy!" se quejó la adolescente.

"Y yo no encuentro mis apuntes para el examen de historia," añadió Mateo, sin levantar la vista de su teléfono. "Siempre los dejas en mi escritorio."

Ximena los miró, a estos dos hijos a los que había amado más que a su propia vida, a los que había dedicado cada minuto de su existencia. Sus rostros solo reflejaban molestia y egoísmo, una réplica exacta de su padre.

"Lávalo tú misma, Sofía. Busca tus apuntes, Mateo," dijo con una voz que no reconoció como suya, una voz fría y distante. "Ya no soy su sirvienta."

La palabra "sirvienta" flotó en el aire, cargada de veinte años de resentimiento reprimido. Sofía la miró con los ojos muy abiertos, ofendida.

"¿Qué te pasa? ¡Camila dice que estás actuando rara porque estás celosa de ella!" espetó la chica.

"Camila tiene razón, mami," intervino Mateo, su tono burlón. "¿Por qué no puedes ser más como ella? Es divertida y relajada."

Cada palabra era un golpe. Escuchar a sus propios hijos defender a la mujer que había usurpado su lugar, usando su nombre de pila con una familiaridad que a ella le negaban, fue la confirmación final. Ya no había nada que salvar. El veneno de Camila y la indiferencia de Rodrigo habían corrompido todo lo que ella había construido.

Ximena no respondió. Ya no tenía sentido discutir. Los miró a los tres, a su esposo y a sus hijos, una familia de la que ya no formaba parte. Vio la confusión en sus rostros, la ira, pero ninguna pizca de preocupación o amor por ella. Solo veían la interrupción de su comodidad. Giró sobre sus talones y caminó hacia la puerta principal.

Su mano tembló ligeramente al girar el pomo. Cerró los ojos por un instante, escuchando el silencio atónito que había dejado atrás. Abrió la puerta y salió al sol de la mañana, cerrándola suavemente detrás de ella. El "clic" de la cerradura fue el sonido más liberador que había escuchado en su vida.

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