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Portada de la novela ¡La vida es un cliché! ¿Quién dijo eso?

¡La vida es un cliché! ¿Quién dijo eso?

La vida de Madison Logan da un vuelco cuando su padre pierde todo y deben refugiarse en el hogar de sus abuelos. Entre la excentricidad de los ancianos y la crisis familiar, ella enfrenta un giro inesperado: su antiguo vecino, aquel niño vulnerable que solía fastidiar, ha regresado transformado por completo. Atrapada en situaciones que parecen imitar los clichés románticos que ella tanto desprecia, Madison deberá aprender a separar los sentimientos reales de la ficción.
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Capítulo 2

Me levanto, me baño y... Nah... Solo bromeo... Pero normalmente muchas historias cliché empiezan con una rutina de limpieza, solo quería saber qué se sentía. En realidad, estoy en la carcacha que papá llama auto y que se arrastra como puede por la vieja carretera que nos conducirá a la casa de los abuelos. Me imagino que pensarán que me voy de vacaciones a la casa de mis encantadores abuelitos y conozco a un chico que parece modelo; nos miramos, nos besamos y juramos amor eterno. Pues no, no soy tan suertuda, je, je. La verdad es que mi padre perdió la casa que tenía hipotecada, puesto que su trabajo apestaba y bueno, también lo despidieron. Mis abuelos no son encantadores, sin embargo, se pueden aguantar. Ellos pagarán mi educación y nos acogerán hasta que mi papá encuentre un trabajo y estemos estables.

—Llegamos. —Mi señor padre hace el gran anuncio cabizbajo. Me siento mal por él, debe ser humillante su situación.

—¡Llegó el pendejo de nuestro hijo! —Ese fue el saludo de mi abuelo. Me apresuro a saludarlo como se merece.

—Pero ¡qué viejo y acabado estás! —Lo miro de arriba a abajo con sorna y él frunce el ceño. Digamos que nunca aceptó el pase de los años y se cree un Sugar Daddy, aunque está más viejo que el hombre que inventó la calculadora.

—¡¿Qué dices?! —espeta agarrándose la caja de dientes que pareciera no le hicieron a la medida—. Aquí hay mucho aguante todavía, esos jovencitos que andan por ahí no me dan ni por los tobillos. ¡Mira qué muslos me gasto! —dice agarrándose la tela arrugada y colgante que se supone es su piel. Lo miro con asco; mi abuelo viste una franela blanca con una bermuda por encima de las rodillas de color azul marino. Está muy viejo y arrugado, pero es fuerte y muy activo, los dientes le bailan en la boca y una calva en el medio adorna su cabeza, donde les cuelgan algunas hebras blancas por los lados. No es el típico abuelito que usa lentes, pues su vista está al cien por ciento. Sus ojos se ven casi grises y están hundidos, es algo que aun no entiendo, pues en las fotografías de cuando era joven, éstos se veían marrones. ¡Misterios de la vida! Y sí, existía la fotografía en ese tiempo.

—Abuelo, deja de jalar tu carne flotante. ¡Es asqueroso!

—¿Carne flotante? —cuestiona indignado—. Pues déjame decirte que esta carne flotante es el manjar favorito de muchas jovencitas.

—¡Por Dios, Fulgencio! —Esa es mi abuela—. Deja de fantasear, a ti tu carne no se te vuelve sólida ni con todas las pastillas azules existentes o por existir, eso hace mucho murió.

—Ah, pero eso no lo dijiste anoche cuando...

—¡Abuelo! / ¡Papá! —Mi progenitor y yo decimos a coro. Ni siquiera podría imaginar a los abuelos haciendo eso. ¡Qué asco!

—¡Querida! —Mi dulce abuela se acerca con sus brazos extendido y me aprieta contra ella, asfixiándome con sus grandes bubis que al parecer tiene libres como el viento, debajo de esa apretada camiseta sin mangas.

—Se siente bien, ¿cierto? —Mi raro abuelo me mira con cara de pervertido mientras admira las acolchadas bubis de mi abuela.

—¡Agh! —grito ante la imagen en mi cabeza y todo por culpa de mi anormal abuelo. ¿Es que no podrían ser como esos de los dibujos animados? Abuelitos cariñosos y con pudor que, te regalan cosas, hornean galletas y te hacen historias aburridas hasta quedarse dormidos en medio de su narración. Al parecer, mi vida es una comedia mal escrita y cruel.

—Pasen, pasen —Mi abuela hace ademanes con sus manos para que entremos. Observo la casa con detenimiento, está más elegante y moderna que la última vez que visité este lugar. Minerva, la criada que se encarga de todo aquí, me saluda ferviente y con gran escándalo, si mis abuelos son locos, esta está tostada. Veo a mi padre que se retira a su habitación con desánimo y se me parte el corazón, sé que muchas de sus desgracias son consecuencias de sus actos impulsivos y su orgullo, no obstante, es mi progenitor y protector, me duele verlo en esa condición. Minerva me sirve pastel de fresa con mermelada de piña, es una rara combinación, pero me encanta. Tomo mi café con té de limón y como del pastel antes de que el líquido se vaya por mi garganta, la mezcla de sabores es exquisita, cierro mis ojos para desconectarme de todo y disfrutar de mi antojo. Los abro y me río de las caras de asombro que tienen Minerva y mis abuelos, para ellos mezclar té de limón con café mientras como pastel de fresa con mermelada de piña, es raro, para mí es un manjar.

—Bueno, es rara, pero no pendeja como el papá —mi abuelo espeta mientras ellos continúan mirándome como si fuera un bicho raro.

—Tengan consideración de su hijo —los reprendo con indignación—, ha pasado por mucho y temo que caiga en depresión, ni siquiera ha querido comer —me lamento.

—Es que Manuel Alexander es un terco y desobediente —mi abuela se justifica. Por cierto, ella tiende y disfruta llamarlo por sus dos nombres, puesto que los sacó de su novela favorita—. No nos dejó ayudarlo e hizo como quiso, se dejó embaucar por esos buitres con tantos préstamos y todo para demostrar que él podía obtener de la noche a la mañana, lo mismo que a nosotros nos costó años y muchos sacrificios —mi abuela expone con dramatismo y aunque en esa parte concuerdo con ella, creo que son muy duros con su hijo.

—Voy a dormir un poco, la cafetera de papá maltrató todos mis músculos. —Doy aviso mientras me pongo de pie y estiro mis brazos. Arrastro mi maleta y subo las escaleras observándolo todo sin dejar escapar ni un solo detalle. Entro a una habitación que parece habitada por Barbie y resopló del desagrado. Ni cuando era una chiquilla me gustaban estas cosas brillantes, mucho menos ahora que ya cumplí los dieciocho. Me tiro en la cama y cierro los ojos de inmediato, si sigo mirando arcoíris y color rosa, arrancaré las paredes con mis propias manos.

***

Después de desayunar salgo a la casucha que está en el patio donde mi abuelo guarda sus cachivaches de ferretería. No soporto un minuto más la combinación Disney, Nickelodeon y discovery kids. Necesito remodelar mi habitación que, según mis cálculos, habitaré por un largo tiempo, puesto que pasará mucho para que nos recuperamos económicamente. No piensen mal, no es que no confíe en la habilidad de papá; bueno…, sigan pensando así, tienen razón, no confío en el ingenio de mi progenitor.

Me adentro al lugar y los ruidos hacen presencia. ¡Este sitio es un chiquero! Mi abuelo no organiza nada, tira todo a su suerte aquí.

—¿Acabas de llegar y ya quieres destruir el pueblo? —Esa voz... Salgo dispuesta a ofender al molesto vecino, pues es natural que nos saludemos con mucho cariño. Paro en seco al verlo al otro lado de la pequeña cerca que nos separa, el enano creció y es más alto que yo, ahora. Vaya, tendré que pensarlo dos veces antes de golpearle las bolas o hacerle el truco derribador que aprendí viendo las luchas. Lo escaneo con la mirada y no soy la única que está mirando de más. El muy descarado no deja de observar mis pechos que por fin crecieron un poco, pues aún a los quince tenía dos diminutos puntitos. En tres años se desarrollaron de manera generosa, aunque no son la gran cosa.

—Si sigues mirando mis tetas me cruzo la cerca y te dejo sin descendencia —espeto con sorna esperando a que se avergüence, pero el muy descarado estalla en carcajadas. Idiota.

—Por los menos aumentaron dos pulgadas, llegué a creer que eras un hombre con voz de mujer. —El muy estúpido se burló en mi cara. ¿Dos pulgadas? ¿En serio?

—Veo que creciste, Scott. —Lo miro de mala gana y con ganas de borrarle la sonrisa de la cara con la lata de pintura que tengo en la mano.

—Para que veas, Logan, el desarrollo me alcanzó también. Solo te pido que no te enamores de mí, serías la última en la gran lista de admiradoras.

Ok, eso me causó mucha gracia y no pienso disimularlo. Me carcajeo en sus narices con sorna y sarcasmo. ¿Enamorarme yo? ¿De Scott? Digo, ya no tiene esos frenos horribles y sus pecas no se ven tan mal como en el pasado, tiene buena altura, pero... ¿Scott? Ese chico raro no es y nunca será mi tipo; soy más del tipo badboy, ese chico rudo que se hace el difícil y te intriga. Scott es una tierna ratita sin mucho atractivo, no es que sea feo, pero tampoco es un galán. Si lo observo bien, no tiene la complexión física que me gusta: esos animales con músculos que te pueden cargar sin problemas, no me imagino al pobre Scott cargando si quiera un pequeño mueble. Debo resaltar y no negar que su cabello es lindo, marrón oscuro y lacio, bien cuidado y cubre su nuca y parte de su rostro. Sus ojos son ordinarios, no muy grandes, no muy pequeños, color marrón, muchas cejas y pestañas. Por lo demás, es un chico regular, no muy delgado, pero sin músculos.

—Scott, si la humanidad dependiera de tú y yo, pues nuestro destino sería la extinción —respondo inexpresiva y entro a la casa dispuesta a pintar de blanco y negro mi habitación.

—No escupas para arriba, Logan —espeta y yo sigo mi camino dándole la gran ignorada—, te puede caer tus babas con todo y catarro encima. —Ríe de su propio mal chiste sin gracia mientras yo hago una mueca. ¿Scott? Nunca.

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