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Portada de la novela La Venganza Invisible de la Heredera

La Venganza Invisible de la Heredera

Elena Cantú renunció a su sueño como bailarina por amor a Damián Lobo, sin saber que él la utilizaba como un simple vientre de alquiler para Ximena. Tras ser traicionada y abandonada a su suerte en un incidente mortal donde Damián priorizó a su amante, Elena sobrevive para reclamar su lugar como la legítima heredera del imperio Garza. Ahora, con su verdadera identidad revelada, iniciará una fría venganza contra quienes le arrebataron su vida y su dignidad.
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Capítulo 1

Yo era Elena Cantú, una bailarina que renunció a todo por Damián Lobo, creyendo en su filosofía de que el amor debía ser libre, sin ataduras. Pensé que nuestro amor era superior, más puro de lo que cualquier juramento o anillo podría hacerlo.

Entonces, lo escuché en el balcón de su penthouse, hablando con un amigo. "Claro que me voy a casar con ella. Ximena es la única para mí". Me llamó "un parche", desechando nuestros dos años juntos como si nada.

Mi mundo se hizo pedazos. Cada gesto de amor, cada promesa susurrada, cada sueño compartido... todo era una mentira. Me dejó allí parada, corriendo hacia Ximena, que estaba llorando en el Bosque de Chapultepec.

Allí, escuché la traición definitiva: "Nunca amé a Elena. La busqué por ti. Necesitaba que ella gestara a nuestro hijo para que tú no tuvieras que pausar tu carrera". El bebé que perdí no era nuestro; era de Ximena, concebido con el esperma de un donante.

Yo solo fui un recipiente, una madre sustituta sin saberlo. Para colmo de males, me enteré de que yo era la verdadera heredera de los Garza, una verdad que Damián y Ximena conspiraron para ocultar y así proteger la herencia de ella.

Incluso intentaron matarme, empujándome a una alberca, y Damián eligió salvarla a ella antes que a mí.

Capítulo 1

Damián Lobo no creía en el matrimonio.

Decía que era un contrato, un pedazo de papel que asfixiaba la verdadera conexión. El amor, según él, debía ser libre, sin ataduras.

Y yo le creí.

Yo era Elena Cantú, una bailarina a punto de despegar en la Compañía Nacional de Danza. Lo dejé todo por él. Hice mía su filosofía, la convertí en mi credo. Nuestro amor era superior, pensaba yo, más puro de lo que cualquier juramento o anillo podría hacerlo.

Había estado en Querétaro una semana, visitando a una vieja mentora de mis días en la casa hogar. Terminé mi visita dos días antes y decidí volar de regreso a la Ciudad de México para darle una sorpresa. Me imaginé la expresión en su rostro, la lenta sonrisa extendiéndose por sus labios cuando me viera en la puerta.

La fiesta en su penthouse de Polanco estaba en su apogeo. La música se derramaba por el pasillo mientras entraba con mi llave. Me abrí paso entre la multitud, buscándolo. Lo encontré en el balcón, de espaldas a mí, hablando con un amigo. Sonreí, lista para rodear su cintura con mis brazos.

Entonces escuché sus palabras, llevadas por el aire fresco de la noche.

"Claro que me voy a casar con ella. Ximena es la única para mí".

Mis pies se quedaron clavados en el mármol. La sorpresa se murió en mi garganta.

El amigo se rio. "¿Y qué hay de la bailarincita, Elena? Llevas dos años con ella. Todo el mundo piensa que van en serio".

La voz de Damián fue despectiva, gélida. "¿Elena? Ella solo es un parche. Ximena y yo tenemos este acuerdo desde que éramos niños. Siempre iba a ser ella".

"¿Y cuál es el plan?", preguntó el amigo. "No puedes simplemente botarla. Se verá mal".

"No te preocupes", dijo Damián, y su voz estaba cargada de una arrogancia que me heló la sangre. "Ya cumplió su propósito. Sabe cuál es su lugar. No hará una escena".

Sentí como si el corazón se me hubiera detenido. La sangre se me fue del rostro y un zumbido comenzó en mis oídos. Los sonidos de la fiesta se desvanecieron en un rugido sordo.

No podía respirar. Cada gesto de amor, cada promesa susurrada, cada sueño compartido... todo era una mentira. Una actuación cuidadosamente montada.

Todo mi cuerpo empezó a temblar. La copa de champaña que había tomado al entrar se me resbaló de los dedos entumecidos y se hizo añicos en el suelo. El estruendo fue ensordecedor en el repentino silencio de mi mundo.

Luchaba por encontrarle sentido. El hombre que me abrazaba por las noches, que me decía que yo era su mundo, que me convenció de renunciar a mi futuro por nuestro futuro... era un desconocido.

Justo en ese momento, su teléfono sonó, un sonido agudo e invasivo.

Contestó, y su tono cambió al instante. Era suave, lleno de una emoción desesperada que nunca antes le había escuchado.

"¿Ximena? ¿Qué pasa? ¿Dónde estás?".

Hubo una pausa. Podía oír el sonido débil y frenético de la voz de una mujer al otro lado.

"No hagas ninguna estupidez", dijo Damián, con la voz tensa por el pánico. "Quédate ahí. Ya voy para allá. Voy para allá ahora mismo".

Colgó y se giró, su rostro una máscara de puro terror. Iba a correr, a perseguirla a ella, el verdadero objeto de su afecto.

Al principio no me vio. Simplemente comenzó a moverse, empujando a su amigo.

"Damián", logré susurrar, con la voz quebrada.

Finalmente se dio cuenta de mi presencia. Apenas me miró a la cara, sus ojos ya fijos en la puerta. Chocó conmigo, empujándome a un lado sin pensarlo dos veces. Mi hombro golpeó el marco de la puerta, un dolor agudo y físico que no era nada comparado con la agonía en mi pecho.

"Perdón", murmuró, una palabra distraída y sin sentido. No se detuvo. No miró hacia atrás.

Todo su ser estaba enfocado en una sola cosa: llegar con Ximena.

Su amigo miró la espalda de Damián que se alejaba y luego mi expresión destrozada. Se acercó a mí, con una mirada de lástima en su rostro. "Elena, ¿estás bien?".

Traté de recomponerme, de construir un muro alrededor de la herida abierta en mi corazón.

"Estoy bien", dije, la mentira sabiendo a ceniza en mi boca. "Acabo de recordar que dejé algo en casa de una amiga. Tengo que volver".

Obligué a mis piernas a moverse, a alejarme con algo de dignidad. Salí del penthouse, salí de la vida que creía que era mía.

Las puertas del elevador se cerraron y la máscara que llevaba puesta se desmoronó.

Me deslicé por la pared, hundiendo la cara entre las manos mientras una oleada de sollozos desgarradores me atravesaba. El pasillo frío y estéril se convirtió en el testigo de la destrucción total y absoluta de mi mundo.

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