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Portada de la novela La Venganza de la Esposa Sustituta

La Venganza de la Esposa Sustituta

Damian Blackwood recupera la visión tras un año de ceguera, pero desprecia a Ivy Sinclair, quien lo cuidó en las sombras. Ella huye embarazada y retorna tres años después como Ivy Sterling, la influyente líder de Phoenix Estate. Su meta no es el perdón, sino arruinar el imperio de Damian mediante un contrato estatal. Mientras él cae en desgracia y sirve a su antigua esposa, descubre a su hijo Leo, enfrentando un duro proceso de redención.
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Capítulo 3

El salón del Hotel Grand Regency era un santuario de opulencia, diseñado para que los hombres más poderosos de la ciudad se sintieran como los arquitectos del destino. Bajo las colosales lámparas de araña, el aire estaba saturado con el aroma de habanos caros, perfumes de nicho y el olor metálico del dinero moviéndose en cuentas invisibles.

Ivy Sterling se encontraba en el balcón del segundo piso, oculta tras una columna corintia y las sombras de las pesadas cortinas de terciopelo. Desde esta posición elevada, el salón principal parecía un tablero de ajedrez, y ella era la jugadora que observaba las piezas antes de hacer su primer movimiento.

No llevaba el vestido rojo todavía; para este evento previo a la subasta, había elegido un traje sastre de seda negro carbón con un escote vertiginoso y hombreras afiladas. En su mano, una copa de champán Bollinger permanecía intacta, las burbujas subiendo y muriendo como las ambiciones de los hombres que estaban abajo.

-Allí está -susurró Julian, posicionándose a su lado con la discreción de una sombra.

Ivy no necesitó que él señalara. Sus ojos ya lo habían encontrado.

Damian Blackwood estaba en el centro del salón, rodeado por un círculo de admiradores y socios que asentían a cada una de sus palabras como si fueran mandamientos. La ceguera, que una vez lo hizo parecer una estatua de mármol herida, había sido reemplazada por una vitalidad depredadora. Se movía con la confianza de un hombre que sabe que es el dueño del oxígeno en la habitación.

Ivy apretó el tallo de su copa. Verlo de cerca, después de tres años de alimentarse solo de recortes de prensa y fotos granuladas, provocó una reacción visceral en su cuerpo. Una punzada de náusea mezclada con una descarga de adrenalina que le hizo hormiguear las puntas de los dedos.

Se ve igual, pensó con amargura. La misma mandíbula cuadrada, el mismo cabello oscuro peinado hacia atrás con precisión, la misma forma en que colocaba una mano en el bolsillo de su pantalón mientras la otra sostenía una copa.

-Parece que los rumores sobre su "nueva y feliz vida" son el tema de la noche -comentó Julian, observando la escena-. Dicen que los Blackwood son el estándar de oro de la estabilidad.

Ivy soltó una risa seca, un sonido sin rastro de humor.

-La estabilidad construida sobre una tumba siempre parece perfecta hasta que el suelo cede, Julian. Mira a Elena.

A unos pasos de Damian, Elena Sinclair -ahora oficialmente presentada como la futura señora Blackwood- resplandecía bajo las luces. Llevaba un vestido de seda rosa pálido, diseñado para proyectar una imagen de inocencia y dulzura. Se movía entre los invitados, tocando brazos y riendo con la elegancia ensayada de una reina consorte.

Sin embargo, desde su posición privilegiada, Ivy podía ver lo que los demás ignoraban. Elena buscaba constantemente la mirada de Damian, buscando validación, buscando una señal de que él realmente estaba allí con ella. Y cada vez que ella le tocaba el brazo, Ivy notaba una mínima tensión en el hombro de Damian. Un ligero endurecimiento que solo alguien que había pasado un año estudiando cada uno de sus espasmos musculares podría reconocer.

-Ella está asustada -diagnosticó Ivy en voz baja-. Teme que el espejo se rompa. Y tiene razón en tener miedo.

En ese momento, Damian levantó la cabeza. Fue un movimiento instintivo, como el de un animal que percibe un cambio en la presión del aire. Sus ojos grises, antes perdidos en la neblina de la ceguera, ahora escanearon el salón con una claridad aterradora.

Ivy no se movió. No se ocultó más. Se quedó allí, en la penumbra del balcón, observándolo a través del cristal de su copa. Por un segundo eterno, las miradas de ambos parecieron alinearse. Damian frunció el ceño ligeramente, sus ojos deteniéndose en el balcón del segundo piso.

Ivy sintió un tirón en el centro de su pecho. ¿La reconocería? ¿Podría la memoria del alma superar el cambio físico y la distancia de tres años de odio?

-Damian, querido, el alcalde quiere saludarte -la voz de Elena, incluso desde la distancia, rompió el hilo invisible que conectaba a Ivy con su pasado.

Damian parpadeó y desvió la mirada, volviendo su atención a su prometida. El momento se había desvanecido.

-No me ha reconocido -dijo Ivy, y no supo si la punzada que sintió fue alivio o un nuevo tipo de dolor-. Para él, soy solo una sombra más en un balcón. Un error del paisaje.

-Eso es una ventaja estratégica, señora Sterling -le recordó Julian-. El elemento sorpresa es nuestro activo más valioso. Si él supiera quién es usted, cerraría las puertas antes de que pudiéramos cruzar el umbral.

-Lo sé -respondió ella, tomando finalmente un sorbo de champán. El líquido estaba frío y amargo, justo como sus pensamientos-. Pero hay algo insultante en que el hombre que juró que mi presencia le daba "asco" ni siquiera pueda sentir mi odio desde el otro lado de la habitación.

Ivy observó cómo Damian se alejaba hacia el área VIP, con el brazo de Elena entrelazado con el suyo. Recordó la última vez que ella había estado así con él. Fue una noche antes de la cirugía, cuando él, sumido en una depresión profunda, se había aferrado a su mano y le había susurrado: "Eres lo único real que tengo en este mundo, Elena".

Él le había dado esas palabras a la mujer equivocada. Y ahora, Ivy se aseguraría de que él pagara por cada mentira que Elena le había hecho creer, y por cada verdad que él se había negado a ver.

-¿Cuáles son los siguientes pasos? -preguntó Julian, viendo que Ivy dejaba la copa vacía sobre una mesa auxiliar.

-Mañana es la subasta del terreno en la calle 5 -dijo Ivy, recuperando su máscara de hierro-. Damian cree que el terreno es la piedra angular de su futuro imperio comercial. Cree que nadie tiene el capital ni la audacia para desafiarlo en su propia ciudad.

-Y nosotros vamos a demostrarle que el mundo es mucho más grande que su oficina -asintió Julian.

Ivy se dio la vuelta, dándole la espalda al salón y a Damian. Ya no necesitaba mirar más. La imagen de él, triunfante y ciego a la realidad, era todo el combustible que necesitaba para los meses venideros.

-Julian, haz los arreglos. No quiero que Phoenix Estate aparezca en los registros hasta el último segundo posible. Quiero que el martillo caiga antes de que él siquiera sepa que estoy en la subasta.

-¿Y respecto a la gala de mañana por la noche?

Ivy se detuvo en el umbral de la salida del balcón. La luz de la luna golpeaba su rostro, resaltando la frialdad de sus facciones.

-Mañana por la noche, Damian Blackwood finalmente podrá usar sus ojos para ver algo que no olvidará en el resto de su vida -dijo Ivy con una voz que sonaba como el filo de una guillotina-. Mañana conocerá a la mujer que ha venido a cobrar su deuda.

Mientras Ivy bajaba por las escaleras de servicio para evitar ser vista, en el salón principal, Damian Blackwood se detuvo en seco en medio de una conversación con el alcalde.

-¿Pasa algo, Damian? -preguntó Elena, notando su distracción.

Damian volvió a mirar hacia el balcón vacío del segundo piso. No había nadie allí, solo las sombras y el movimiento de las cortinas por el aire acondicionado. Sin embargo, una sensación extraña, una especie de eco sensorial, le recorría la nuca. Un aroma familiar, una mezcla de jazmín y algo metálico, parecía flotar en el aire, recordándole noches que prefería olvidar.

-No es nada -respondió Damian, aunque su voz sonó más tensa de lo habitual-. Solo una corriente de aire.

Pero por dentro, el magnate sintió una inquietud que no podía explicar. Por primera vez en tres años, la seguridad absoluta de su mundo parecía tener una pequeña y casi imperceptible grieta. Y en el exterior del hotel, Ivy subía a su limusina, con el corazón latiendo con una furia fría, lista para hacer que esa grieta se convirtiera en un abismo que lo tragara todo.

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