
La Última Gota de su Ego
Capítulo 2
Sofía Castillo colgó el teléfono con una calma que no sentía.
La voz de su asistente, nerviosa y confundida, todavía resonaba en su cabeza.
"¿Cancelar tu vuelo a Napa, Sofía? ¿Y comprar uno para... Valeria Salazar? ¿Y otro para ti, de regreso a la casa de tus padres?"
"Sí, Ana. Hazlo ahora mismo."
"Pero... la expansión, la reunión con los distribuidores..."
"Máximo puede encargarse. Él es el genio de los negocios, ¿no?"
Sofía miró por la ventana de su oficina en la destilería. Los campos de agave azul se extendían hasta donde alcanzaba la vista, un mar de espinas verdes bajo el sol de Jalisco. Esta tierra era su vida, el legado de su familia.
Un legado que había entregado en bandeja de plata a su esposo, Máximo Hewitt.
Había encontrado los correos electrónicos por accidente. Una conversación abierta en la computadora de Máximo. No buscaba nada, pero las palabras saltaron a la vista.
Planes. No para su expansión de "Corazón de Agave" en Napa Valley. Planes para una nueva vida.
Una vida con Valeria Salazar.
No era solo una aventura. Era un plan meticuloso. Valeria no sería la amante oculta, sería presentada como su "socia creativa", la cara sofisticada de la marca en Estados Unidos.
Y Sofía... Sofía se quedaría atrás, la esposa rústica, la mujer de la tierra que ya no encajaba en su mundo de lujo y fama internacional.
El teléfono de su oficina sonó. Era Máximo, llamando desde la Ciudad de México.
"Sofía, amor. ¿Todo listo para nuestro viaje? No puedo esperar a que estemos en Napa. Tengo una sorpresa para ti."
Sofía sintió un frío recorrer su espalda.
"¿Qué sorpresa, Máximo?"
"He encontrado la villa perfecta para nosotros. Cerca de los viñedos, con una vista increíble. Y hay una casa de huéspedes encantadora justo al lado. Pensé que podríamos invitar a Valeria. Es una gran influencer, nos ayudaría mucho con el lanzamiento en Estados Unidos. Podría quedarse allí."
La desfachatez de sus palabras la dejó sin aliento. La casa de huéspedes. Comprada con el dinero de la empresa. El dinero que ella había ayudado a construir con el sudor de su frente y la hipoteca de las tierras de su familia.
"¿Valeria? ¿La influencer que fue a nuestra boda?"
"Sí, esa misma. Es brillante, entiende el mercado de lujo. Tú y yo somos el corazón, pero ella puede ser la cara."
Sofía recordó su boda en San Miguel de Allende. Lujosa, extravagante. Máximo declarando ante todos que ella era el alma de "Corazón de Agave". Y Valeria, entre los invitados, sonriendo. Más tarde, vio la foto que Valeria publicó en Instagram: "Celebrando el éxito desde las sombras". Máximo le había dado "me gusta".
En ese momento, no le dio importancia. Ahora, todo encajaba.
Diez años de matrimonio. Una década de sacrificios.
Un flashback la golpeó con fuerza. La universidad. Ella, la estudiante de agronomía, apasionada por el agave azul, con el conocimiento de generaciones corriendo por sus venas. Él, el ambicioso estudiante de negocios, carismático, lleno de sueños pero sin un centavo.
Se enamoró perdidamente.
Convenció a su padre, un hombre desconfiado por naturaleza, para que confiara en Máximo. Hipotecaron una parte de las tierras familiares para financiar la primera destilería.
Trabajaron día y noche. Ella en el campo, bajo el sol abrasador, perfeccionando cada paso del proceso, desarrollando una levadura única que se convirtió en el secreto del sabor inconfundible de su tequila. Él, en la ciudad, usando su encanto para abrir puertas, conseguir distribuidores, construir la marca.
Los primeros años fueron duros. Vivían modestamente. El estrés y el agotamiento físico le pasaron factura. El médico le dijo que el exceso de trabajo había afectado su salud reproductiva, que sería difícil concebir. Lloró en los brazos de Máximo, y él la consoló.
"No te preocupes, mi amor. Lo superaremos juntos. Nuestro éxito será nuestro hijo."
Qué mentira tan cruel.
Ahora, el éxito había llegado. "Corazón de Agave" era una marca mundial. Máximo le había dado el 49% de las acciones, reteniendo él el control con el 51%. "Es solo una formalidad, amor. Tú y yo somos uno."
Otra mentira.
La voz de Máximo la trajo de vuelta al presente.
"¿Sofía? ¿Estás ahí? ¿Qué te parece la idea de Valeria?"
"Máximo," dijo ella, con una voz que no reconocía como suya, fría y afilada. "¿Por qué me haces esto?"
Hubo un silencio. Luego, la irritación en su voz.
"¿Hacerte qué? ¿Intentar hacer crecer nuestro negocio? Sofía, a veces eres tan... rústica. Estás demasiado obsesionada con la tierra, con el proceso artesanal. Necesitamos una visión global. Valeria la tiene."
"¿Y por eso te acuestas con ella?"
El silencio al otro lado de la línea fue su respuesta. Una confesión sin palabras.
Cuando finalmente habló, su tono era cruel.
"Quizás si no te hubieras descuidado tanto... Si no te hubieras obsesionado con el trabajo hasta el punto de dañar tu propio cuerpo... Quizás si pudieras darme un hijo, las cosas serían diferentes."
Cada palabra fue un golpe. La culpaba. La culpaba por su infertilidad, la misma que había sido causada por construir el sueño de él.
Sintió náuseas. Su mano se posó instintivamente sobre su vientre.
Hacía solo unas horas, antes de encontrar los correos, había mirado con incredulidad la pequeña prueba de embarazo en su mano. Positiva. Un milagro.
Iba a decírselo en Napa. Iba a ser su gran sorpresa.
Ahora, esa pequeña esperanza se sentía como una maldición.
Con una calma aterradora, caminó hacia el baño de su oficina, abrió el bote de basura y dejó caer la prueba de embarazo dentro.
Decidió en ese instante que abortaría. En secreto. Un hijo no la ataría a este hombre. Un hijo no merecía un padre que despreciaba a su madre.
Volvió al teléfono.
"¿Máximo?"
"¿Qué?"
"Tienes razón. Valeria puede ser de gran ayuda. Es una idea excelente."
Máximo pareció desconcertado por su repentino cambio de actitud.
"¿De verdad? Vaya, Sofía. Me alegro de que lo entiendas."
"Claro que lo entiendo. Nos vemos en el aeropuerto."
Colgó.
Se sentó en su escritorio y miró el calendario. Marcó los próximos siete días. La cuenta regresiva había comenzado. Siete días hasta que Máximo se fuera a Napa. Siete días para desmantelar la vida que habían construido juntos y reclamar lo que era suyo.
Al día siguiente, mientras Sofía organizaba los documentos de la empresa, Valeria Salazar apareció en la hacienda. Sin avisar.
Era exactamente como en sus fotos de Instagram. Delicada, vestida de blanco impecable, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
"Sofía, querida. Espero no molestar. Máximo me dijo que estabas de acuerdo con que me uniera al proyecto en Napa, y quería venir a agradecerte en persona. Eres tan generosa."
Sofía la miró, sin expresión. "No ha sido nada."
Valeria paseó por la cocina de la hacienda, tocando las ollas de barro, las especias.
"Todo esto es tan... auténtico. Debes trabajar muy duro. El trabajo sucio, ¿verdad? Mientras Máximo brilla en las reuniones. Qué buen equipo hacéis."
La provocación era evidente.
"Máximo me contó que la contraseña de su caja fuerte es mi fecha de nacimiento. Qué romántico, ¿no crees? Dice que soy su amuleto de la suerte."
Sofía apretó los puños.
Valeria se acercó a la estufa, donde una olla de mole burbujeaba lentamente.
"Huele delicioso. ¿Puedo probar?"
Antes de que Sofía pudiera responder, Valeria tropezó "accidentalmente". Su mano se metió en la olla caliente.
Gritó, un chillido agudo y exagerado.
"¡Ah! ¡Me quemo! ¡Sofía, me has quemado!"
Máximo, que acababa de llegar, entró corriendo en la cocina. Vio a Valeria llorando, sosteniendo su mano enrojecida, y a Sofía de pie, inmóvil.
Sin preguntar, sin dudar un segundo, se abalanzó sobre Sofía.
"¿Qué le has hecho? ¡Sabía que no podía confiar en ti! ¡Eres una celosa, una envidiosa!"
Luego, se volvió hacia Valeria, la tomó en sus brazos y la consoló.
"Tranquila, mi amor. Ya estoy aquí. Ella no te hará más daño."
Y entonces, pronunció las palabras que rompieron lo poco que quedaba del corazón de Sofía.
"Valeria es demasiado buena, demasiado delicada para hacer algo así a propósito."
Eran las mismas palabras que había usado para defender a Sofía años atrás, cuando un competidor la acusó de sabotaje. "Sofía es demasiado buena para hacer algo así."
La ironía era devastadora. Esa fue la gota que colmó el vaso.
Sofía lo miró, con los ojos secos.
"Si no la sacas de mi casa ahora mismo, Máximo, llamaré a cada revista de chismes de este país y les contaré la historia completa. El gran empresario y su amante. A ver cómo le sienta eso a tu imagen de marca."
Máximo palideció. El miedo a un escándalo público era lo único que podía controlarlo.
Agarró a Valeria del brazo y la sacó de la cocina, lanzándole a Sofía una mirada de puro odio.
Esa noche, sola en la inmensa casa, Sofía abrió la caja fuerte de su despacho. La combinación no era el cumpleaños de Valeria. Era la fecha en que plantaron su primer agave juntos.
Dentro, entre los títulos de propiedad y los documentos de la empresa, había una pequeña carpeta. La abrió. Contenía la patente de la levadura. La levadura que ella había creado. La que daba a "Corazón de Agave" su sabor único.
Y la patente estaba a su nombre. Solo a su nombre.
Recordó las palabras de su abuelo, un viejo jimador sabio, cuando le entregó la fórmula familiar.
"Nunca le entregues el alma de tu tierra a un hombre, hija. Solo compártela."
Máximo, en su arrogancia, nunca se había preocupado por ese "detalle técnico".
Sofía sonrió por primera vez en días. Tomó su teléfono y marcó un número que no había usado en años.
"¿León? Soy Sofía. Necesito tu ayuda."
Al otro lado de la línea, desde el Valle de Guadalupe, la voz cálida de León Brooks, su amigo de la infancia, respondió sin dudar.
"Sofía. Para ti, lo que sea."
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