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Portada de la novela La última carta de Aike

La última carta de Aike

Alma se sumerge en la escritura de un relato íntimo para inmortalizar su profunda unión con Aike. La trama desvela cómo su romance floreció mediante un constante intercambio epistolar, creando un mundo propio donde las confesiones en papel intensificaban sus sentimientos. Es una crónica emocional que explora una conexión forjada entre sobres y promesas, capturando la esencia de un amor que creció con cada suspiro y cada carta compartida.
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Capítulo 2

Me encuentro comprando verduras, en el mercadillo de la esquina, el que está al lado de la plaza en el lugar en el que vivo. No salgo mucho, pero sí me gusta caminar, ahora, ya con los años los huesos en mi cuerpo son más débiles, muchos dicen que soy perezosa para hacer algunas cosas, pero simplemente es la vejez.

Oigo a los pajaritos cantando en aquella plaza donde todos les dan comida, unos trozos de pan o simplemente migajas de galleta. Los pajaritos son bien queridos y cuidados aquí. Todos creen que ellos vienen por la comida, pero muchas veces supongo que es por la compañía que los ancianos de aquí les dan.

A pasos lentos, voy de camino a casa, no está muy lejos, a solo una cuadra y media, no es que tampoco sea lo más fácil del mundo. No puedo tratar de ir a paso rápido porque tengo la sensación de que me voy a caer.

He vivido aquí por años, muchos más de los que siquiera pudiese contar tal vez. Este barrio ha visto la manera en la que he estado creciendo y tratando de vivir la vida después de aquella época que marcó mi vida.

Este solo es un pequeño pueblo a las afueras de un país en desarrollo. El pueblo no es relativamente pequeño, pero tampoco se asemeja a una cuidad. Por eso los mercadillos solo son dos y las cosas aquí son bastante caras.

Hay solo una escuela donde los niños corretean y hacen renegar a sus maestros y maestras. Un director que es joven y jóvenes adolescentes llenos de hormonas por doquier fumando en una cancha de baloncesto por ese lado de la calle.

— Buenos días doña Alma.

Grita uno de los adultos, vestido de camisa y pantalón de tela formal, esperando en su despacho por alguien para llevar un caso.

Le devuelvo el saludo con una mano, pues en la otra tengo el bastón de metal y la bolsa de vegetales.

Casi nada pasa en este pueblo, pero todos me conocen, podrían decir que soy la persona más vieja que queda aquí, o tal vez una de las pocas. Muchos me han dicho que me salga de este pueblo, pero tengo tantos recuerdos aquí, tantas carcajadas en los quioscos de la esquina, tantos baches que desde hace años he visto como se quedan allí, las avenidas de cemento, que cuando el calor del verano llega se siente muy caliente, tan caliente como para freír un huevo en las mismas avenidas.

Soy una vieja con complejo de un adolescente, me gusta molestar a los jóvenes cuando pasan por el frente de mi casa mientras yo descanso sobre una hamaca para soportar el calor del sol. Con un libro en la mano y mil historias por contar.

Pero ya nadie quiere oírlas, nadie quiere oír las historias de una anciana que aún prepara su café por la mañana y otro por la tarde.

Hace poco el doctor me diagnosticó demencia senil. Por lo que he decidido guardar mis memorias en un libro, eso antes de olvidar por completo.

Tengo tanto miedo de olvidar...

Siempre me ha gustado escribir, desde hace ya muchos años, cuando era pequeña y no sabía afrontar los problemas que se venían aquí. En este pedazo de pueblo.

Cuando escribía en un cuaderno viejo que encontré una vez en la calle junto al basurero.

Bueno, aquí va la historia, la historia que nunca le he contado a nadie, ni siquiera a mis hijos. Ellos que hace unos días vinieron para llevarme al doctor y a decirme que me llevarían a la cuidad para vivir con mi hijo mayor, Román. Él ya tiene su familia y sus hijos, por lo que seré solo una carga y un estorbo para esa familia. Imaginen que no hay cosa peor que sentirse así y ser una anciana inservible.

Por lo tanto, antes de que me lleven a una ciudad tan grande y olvidarme de estas calles que me vieron crecer, escribiré la historia de las cartas.

En cuanto llego a mi casa, voy directo a sacar de la estantería el cuaderno al que podía siquiera acaso llamarle «Mis memorias» o tal vez le cambie de nombre después.

Sin más vueltas, vamos a esto.

▬▬▬▬▬ஜ۩La primera noche۩ஜ▬▬▬▬▬

Oh, sí, la noche en la que empezó todo. recuerdo muy bien esa noche.

Un muchacho se acercó, justo a mi lado, muy pegado a mí, yo salía de la panadería en la que trabajaba por las tardes y salía alrededor de las siete de la noche, y justo esa noche me tocó cerrar la tienda, por lo que salí media hora más tarde.

Yo, en mi tontería de pensamiento, había decidió quedarme un rato al frente de la panadería admirando la belleza de lo solitaria de las calles. porque eso era algo que me encantaba, la soledad, el silencio. Pero que no se malinterprete, porque también amaba la belleza y gracia de una buena compañía. es solo que... muchas veces, toca admirar la soledad y disfrutarla.

— ¿Necesitas algo? pregunté.

Eso, que te note fuerte y atrevida para que sepa que no tienes miedo.

Entonces volteé y esos ojos azules me miraron, me observaron con tanto sentimiento que me quedé helada. No sabía cómo reaccionar. El chico no respondía. porque sí, era un chico, era uno que traía una chaqueta negra de cuero y unos pantalones Jean azules desgastados. aquel chico solo me observaba. Entonces decidí volver a preguntar, porque no voy a negar que me estaba muriendo de miedo.

— ¿Necesitas algo? —esta vez mi voz sonó algo temblorosa.

Pero él seguía sin responder, sin siquiera soltar un quejido o hacer una mueca. nada. como si se hubiera quedado pasmado al verme o al notar algo en mí. Él sacó algo de su bolsillo, el de la chaqueta negra, con tanta calma que me abrumaba, mis señales de alarma se encendieron rápidamente. Era solo un trozo de papel. Nada más. Me lo ofreció, dudosa lo acepté y caminé lo más rápido que pude. Aquel chico solo se quedó ahí, parado sin hacer ni un movimiento, incluso daba miedo. El trozo de papel blanco estaba en mi bolsillo del pantalón, no lo saqué hasta llegar a casa.

Qué momento más extraño —había pensado yo.

---

En cuanto llegué a casa, mamá, me dijo que hiciera una jarra de café, mamá se fue a su habitación a descansar mientras yo ponía a hervir el agua para el café.

Mamá era una mujer de sesenta años, con dolores en las piernas y molestias en la espalda, mamá era de ese tipo de personas que se comportaba muy amable y era un amor de persona, porque lo era, porque le nacía hacerlo. Cada día, mamá saludaba a casi todo el pueblo con sus caminatas matutinas, mamá era una persona trabajadora, pero los años le sentaban encima, ella decía que, para mal, porque ya no podía trabajar bien. Pero sus canas que adornaban su cabello rubio se me hacían muy lindas.

A mamá le gustaba arreglarse siempre, con un poco de maquillaje y un collar sin importar el dije, mamá era de esas señoras antiguas a las que le gustaba cotillear por las tardes con sus amigas de la misma edad. Claro, siempre cotilleaban de los chismes del pueblo, con solo un poco de pudor y buen semblante, además de hablar severamente de la crianza de los hijos de otras personas y lo guapos que se habían puesto sus hijos en poco tiempo. Mamá tenía tres amigas, Mina, Sara y Pilar, mi madre se llamaba Perla.

Las cuatro cada día se juntaban a tomar su café y con unos bizcochos a conversar, hasta de su juventud. Porque mamá y sus amigas, eran amigas desde la infancia.

Me gustaba eso.

Yo, por ejemplo, tengo a mis amigas, que son hijas justamente de esas cuatro señoras, María, Luisa, Marta y yo, Alma.

Somos inseparables y ansiamos tener una amistad como aquellas cuatro mujeres que se juntan en el patio de mi casa para conversar y revivir recuerdos de antaño.

Sin embargo, cada día, nosotros nos juntamos en la escuela, para hacer deberes o conversar de cualquier cosa, lo bueno es que nunca nos quedamos calladas como para ver la noción del tiempo.

Con mi madre en su habitación, yo me puse a revisar mi chaqueta, pues estaba el papel de aquel chico de ojos azules que se me había acercado fuera de la panadería.

La abrí con cuidado, y me dispuse a leerla:

«No sé cómo explicarte que tengo la certeza de quererte, pero no la misma en que te quedarás.»

¿Perdona? Estoy confundida.

— ¡Almaǃ—me llama mi madre— ¿Ya está el café?

Guardo el papel en mi chaqueta de nuevo. Hago el café y se lo llevo a mi madre para que cene con un pancito que traje de la panadería.

Salgo al patio y me siento en la hamaca, me recuesto sobre ella y cuando miro hacia el lado de la calle, hay alguien ahí.

Esos ojos azules…

Es él, madre mía, reacciona ya-me decía a mí misma.

Me levanto rápidamente y salgo a la calle para buscar a aquel chico.

Cuando salgo, él está en la esquina, ¿debería ir?

No, definitivamente.

Pero claro, uno es joven y no se da cuenta del peligro.

Cuando llego hasta la esquina que estaba un poco sin luz, él se acerca y me sujeta la mano. Sin decir ni una sola palabra. Escribe algo y se acerca a mi oído haciendo que se me erice la piel.

— Velo cuando estés en tu casa…

Su voz, dios, es ronca y muy sexy.

Se acerca peligrosamente a mi boca y me dedica una sonrisa pícara.

Se aleja hábilmente. Enojada me voy a mi casa de nuevo, con una mueca de fastidio plasmada en mi rostro. Cuando paso la puerta de mi casa, mamá me llama.

— Alma, ¿Dónde estás?

Pues, señora, ahí, con un desconocido que me regaló una carta hace pocas horas y ahora casi me ha besado, sí, casual.

— Solo fui a la tienda por unos dulces mamá-alcé la voz para que me escuchara.

— Bien-respondió-apagas todas las luces, voy a dormir.

Le di las buenas noches y me entré a mi habitación.

Entonces recordé que había escrito algo con un lapicero en mi muñeca.

«Aike»

En una letra sumamente bonita como para borrarla de allí. Pero si mi madre ve que me he pintado el nombre de un chico me come viva, gracias, prefiero vivir.

Con alcohol y un poco de algodón, remuevo la tinta del lapicero. Me voy a dormir.

---

¿Dónde estás chico? ¿Dónde estás Aike?

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