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Portada de la novela La Traición Que Forjó Una Reina

La Traición Que Forjó Una Reina

Traicionada por su propio padre y por Rodolfo, el hombre que amaba, una estratega familiar es abandonada a su suerte durante un ataque. Mientras él salvaba a su amante, ella sobrevivía al impacto y al desprecio. Consumida por el odio tras despertar en el hospital, decide pactar con el líder de un poderoso cártel para ejecutar su venganza. Ha dejado de ser una pieza sacrificable; ahora emerge como la Reina que destruirá a quienes intentaron pisotearla.
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Capítulo 2

Ximena POV:

Fernanda, con un vestido de seda vaporoso, sonrió al verme. Una sonrisa falsa, demasiado dulce.

"¡Ximena! Qué sorpresa verte," dijo, su voz melodiosa. "Tu padre me invitó. Horacio y yo tenemos mucho de qué hablar."

Mi padre la miró con una ternura que nunca me había mostrado a mí. Le acarició el brazo.

"Fernanda pasará unos días con nosotros," dijo Horacio, su voz suave y paternal. "Necesita un cambio de aires. Ximena, por favor, encárgate de que le preparen la mejor habitación."

Una punzada de rabia me atravesó. Mi padre, el hombre frío e inalcanzable, era todo calidez con ella.

"Por supuesto, Horacio," respondió Fernanda, lanzándome una mirada de suficiencia. "Eres tan amable. Eres como el padre que nunca tuve."

La risa de Horacio llenó la sala. Mi madrastra, a su lado, forzó una sonrisa.

"No te preocupes, padre," dije, mi voz glacial. "Me encargaré de todo."

"De hecho," interrumpió Horacio, su mirada deteniéndose en mí. "Fernanda ocupará tu habitación, Ximena. Es la más grande y tiene las mejores vistas. Tú puedes mudarte a una de las habitaciones de invitados. La del ala este estará bien."

Mis puños se apretaron a los costados. Mi habitación. Mi santuario.

"¿Mi habitación, padre?" pregunté, mi voz apenas un susurro de incredulidad.

"Sí, Ximena. Es lo más lógico," respondió, como si estuviera hablando de un mueble. "Fernanda es nuestra invitada de honor. Tú te vas a casar pronto, de todos modos."

Una risa amarga escapó de mis labios. "¿Y qué hay de mis cosas? ¿Mis libros? ¿Mis recuerdos?"

"No te preocupes por eso," dijo mi madrastra, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. "Los sirvientes lo empaquetarán todo y lo llevarán a tu nueva habitación. No te molestaré con eso."

Sentí una punzada de dolor, pero ya no me importaba.

"No hace falta," dije con frialdad. "No me quedaré."

Di media vuelta y subí las escaleras. Fui a mi habitación, que ahora era de Fernanda.

Ignoré las cajas de cartón ya apiladas junto a mi vestidor. Abrí mi pequeña maleta de mano y metí lo esencial. Algunas prendas de ropa, mi pasaporte, mis tarjetas de crédito.

No miré atrás. No miré los recuerdos de mi madre en las estanterías, ni los libros que había leído mil veces.

Bajé las escaleras, arrastrando mi pequeña maleta. El sonido resonó en la gran sala.

Horacio, Fernanda y mi madrastra me miraron. Sus rostros eran un estudio de sorpresa.

"¿Adónde vas, Ximena?" preguntó mi padre, frunciendo el ceño.

"Me voy," respondí, mi voz firme. "No tengo por qué quedarme en una casa donde no soy bienvenida. Especialmente cuando mi habitación es entregada a una... invitada."

"¡Pero tu boda! ¡Es en unos días!" exclamó mi padre, su voz subiendo de tono.

"Lo sé," dije, mi mirada era fría como el hielo. "Y la cumpliré. Pero no pasaré un minuto más bajo tu techo antes de eso. No voy a ser una marioneta más en tu juego, padre."

Salí por la puerta principal, el sol de la mañana ya alto en el cielo. Dejé la mansión atrás. No sentí nada.

Llegué al hotel más lujoso de la ciudad. El Grand Imperial.

"La suite presidencial, por favor," le dije a la recepcionista, con una sonrisa gélida. "Y quiero el servicio de mayordomo las veinticuatro horas. El champagne más caro. Y quiero que vacíen la tienda de Cartier para mí."

La mujer me miró sorprendida. "Señorita Amaya, eso será... considerable."

"No hay problema," dije, sacando una tarjeta de crédito de mi bolso. "Es una tarjeta de mi padre. Un regalo de bodas anticipado." Una risa sin humor escapó de mis labios.

El gasto fue exorbitante. Compré joyas, ropa de diseñador, arte. Todo lo que mi padre odiaría.

Quería quemar su fortuna. Quería ver cómo se desangraba.

Mi teléfono sonó. Era él.

"¡Ximena! ¿Qué demonios crees que estás haciendo? ¡Mi tarjeta ha sido bloqueada! ¡Has gastado una fortuna en un día!"

"Solo estoy haciendo lo que siempre debí hacer, padre," respondí, mi voz dulce como la miel. "Disfrutando de mi independencia. Ya sabes, la que me prometiste a cambio de mi matrimonio. O acaso, ¿tu palabra no vale nada?"

"¡Esto es diferente! ¡Estás dilapidando nuestra fortuna!"

"¿Nuestra fortuna?" me reí. "Interesante. Siempre pensé que era tuya. Pero, ya que estamos en esto, tengo una idea. Cuando se cierre el trato de mi matrimonio, el dinero de la alianza... ¿por qué no lo devuelves a la familia? Y a mí me dejas la fortuna que ya he gastado. ¿Qué te parece?"

Un silencio aturdido del otro lado. Mi padre estaba mudo.

Colgué la llamada. Me sentía poderosa. Como una reina.

Mi plan era simple: agotar sus activos líquidos. Dejarlo vulnerable. Para que cuando la alianza de Guadalajara se cerrara, no tuviera más remedio que devolver el dinero a la familia.

Mientras contemplaba mi victoria, mi teléfono vibró de nuevo. No era mi padre.

Era Rodolfo.

"¿Dónde estás? ¿Estás bien?"

Mi corazón dio un pequeño salto. ¿Preocupación? ¿O solo curiosidad?

Lo miré. La Ximena de antes habría respondido de inmediato, anhelando su atención. Pero esa Ximena ya no existía.

"Estoy donde necesito estar," respondí. "Y estoy perfectamente."

A la mañana siguiente, el mayordomo me informó que la gerencia del hotel quería hablar conmigo.

Bajé al vestíbulo. El gerente, con una expresión preocupada, me esperaba.

"Señorita Amaya, lamentamos informarle que su tarjeta ha sido... bloqueada por su banco. No podemos continuar ofreciéndole nuestros servicios sin un pago por adelantado."

Mi sangre se heló. ¿Bloqueada? ¿Mi padre lo había hecho?

"Eso es imposible," le dije, mi voz temblaba. "Mi padre no haría eso."

"Lo lamento, señorita," dijo, su voz era firme. "Tiene que saldar la cuenta inmediatamente. O bien, tendrá que abandonar el hotel."

No tenía dinero en efectivo. Todas mis tarjetas de crédito estaban vinculadas a la cuenta principal de mi padre.

Fui expulsada del hotel. Con mi pequeña maleta, me encontré en la calle, sin un solo peso en el bolsillo.

Miré a mi alrededor. No tenía amigos de verdad. Solo conocidos. Y nadie me ayudaría en esta situación.

Comencé a caminar. Errante. El sol ya estaba alto y el calor era sofocante.

Terminé en un parque. Me senté en un banco, mi maleta a mis pies. La Ximena de antes habría llorado.

Pero no sentí lágrimas. Solo un vacío helado.

Un hombre borracho se acercó. Sus ojos turbios me miraron de arriba abajo.

"¿Qué hace una chica tan bonita sola por aquí, eh?" murmuró, su aliento apestaba a alcohol. Se acercó más, demasiado cerca.

El miedo me invadió. Me levanté, retrocediendo.

De repente, una sombra alta se interpuso entre nosotros.

"¿Tienes algún problema aquí, amigo?" La voz era familiar. Demasiado familiar.

Rodolfo.

El borracho lo miró, y al reconocerlo, palideció. Se alejó rápidamente, murmurando disculpas.

Rodolfo se giró hacia mí. Sus ojos oscuros escanearon mi figura, mi maleta, mi rostro.

"¿Ximena? ¿Qué demonios te pasó?" preguntó, su voz era una mezcla de incredulidad y reproche.

"Nada," respondí, mi voz era un hilo. "Lo mismo que a ti."

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