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Portada de la novela La traición de Ricardo: Mi pesadilla

La traición de Ricardo: Mi pesadilla

Sofía se esfuerza al máximo para financiar los estudios de su hija Ana, hasta que una llamada desde Oaxaca expone el oscuro secreto de su marido. Ricardo mantiene una doble vida y, tras ser descubierto, orquesta una campaña de desprestigio contra Sofía. Acusada de secuestro y despojada de sus bienes, ella enfrenta la traición de su propio abogado y el escarnio mediático. Sin nada que perder, emprenderá un viaje para salvar a su hija y revelar la verdad.
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Capítulo 2

Para pagar la hipoteca de un millón de dólares, tuve que hacer tres viajes de negocios en un mes, cada uno en una ciudad diferente, con reuniones agotadoras que se extendían hasta la madrugada.

El último contrato se firmó finalmente en Monterrey.

Miré por la ventana del hotel el paisaje nocturno de la ciudad, apretando el teléfono, con el corazón lleno de una mezcla de agotamiento y expectación.

Era por Ana. Todo era por mi hija, Ana.

La casa en Las Lomas, el barrio más exclusivo de la Ciudad de México, la había comprado solo para que ella pudiera entrar en el Colegio Internacional Westminster, la mejor escuela primaria privada de la capital.

Esa casa había agotado todos mis ahorros y me había cargado con una deuda que me presionaba hasta el punto de no poder respirar.

Pero valía la pena. Todo por el futuro de Ana.

Mi esposo, Ricardo, se había encargado de llevar a Ana a la escuela el primer día. Confié en él, como siempre. Le dejé la responsabilidad de los asuntos familiares mientras yo me partía el lomo para sostener el castillo que había construido para ellos.

Estaba a punto de llamar a Ricardo para decirle que volvería a casa mañana, cuando mi teléfono sonó primero.

Era un número desconocido, con un código de área que no reconocí.

"¿Hola?"

"Buenas tardes, ¿hablo con la madre de Ana Martínez?" Una voz de mujer, con un acento rural muy marcado, sonaba un poco insegura.

"Sí, soy yo. ¿Quién habla?" Mi ceño se frunció ligeramente.

"Le llamo de la escuela primaria Benito Juárez, en el pueblo de San Agustín, Oaxaca. Solo para recordarle que la cuota de los libros de su hija aún no ha sido pagada. Son trescientos pesos."

Oaxaca. Escuela pública rural. Cuota de libros.

Cada palabra era como una pieza de un rompecabezas que no encajaba. Mi cerebro, agotado por días de trabajo, tardó unos segundos en procesar la información.

"Disculpe, debe haber un error," dije, tratando de mantener la calma. "Mi hija, Ana, está inscrita en el Colegio Westminster, en la Ciudad de México."

La mujer al otro lado de la línea guardó silencio por un momento. "Señora, aquí tengo los papeles. Ana Martínez, hija de Ricardo Martínez y Sofía Romero. La trajo su abuela paterna, la señora Clara. ¿Es correcto?"

Mi corazón empezó a latir con fuerza. Los nombres eran correctos. Doña Clara, la madre de Ricardo, vivía en un pequeño pueblo de Oaxaca.

"Debe ser una confusión," repetí, mi voz un poco más tensa. "Voy a verificarlo. Gracias."

Colgué el teléfono, una sensación de inquietud se apoderó de mí.

Inmediatamente llamé a Ricardo.

"Mi amor, ¿qué pasa? ¿Todo bien en Monterrey?" Su voz sonaba tan normal, tan cariñosa como siempre.

"Ricardo, acaba de llamarme una mujer de una escuela en Oaxaca. Una escuela pública. Preguntando por la cuota de libros de Ana."

Hubo una breve pausa.

"¿Oaxaca? Qué raro. Seguramente se equivocaron de número, mi vida. Ya sabes cómo es la gente en los pueblos, a veces se confunden. No te preocupes por eso. ¿Cuándo vuelves?"

Su explicación sonaba lógica, tranquilizadora. Quería creerle. Estaba cansada, y lo último que necesitaba era un problema sin sentido.

"Mañana por la mañana," respondí, tratando de deshacerme de la ansiedad. "Sí, seguro fue un error."

Pero la inquietud no desapareció. Era una pequeña espina clavada en mi mente.

Al día siguiente, en lugar de ir a casa desde el aeropuerto, tomé un taxi directamente al Colegio Westminster. La imponente fachada de ladrillo rojo y los jardines perfectamente cuidados me recordaron el precio que estaba pagando por todo aquello.

Entré en la oficina principal. Una sensación extraña me invadió al ver a los niños con sus uniformes impecables corriendo por los pasillos.

"Buenas tardes," le dije a la recepcionista. "Soy Sofía Romero, la madre de Ana Martínez, de primer grado. Me gustaría ver a la maestra de mi hija, si es posible."

La recepcionista me miró con una sonrisa profesional y consultó su computadora. "Claro, la señorita Elena es la maestra del primero A. Permítame llamarla."

Pocos minutos después, una mujer de unos treinta años, con gafas y un aire severo, se acercó a mí.

"Soy la profesora Elena. ¿Usted es la madre de Ana?"

"Sí, Sofía Romero. Un placer." Extendí mi mano, pero ella no la tomó. Su mirada era fría, desconfiada.

"¿Qué necesita? Ana está en clase de arte ahora mismo."

"Solo quería pasar a saludar. He estado de viaje por trabajo y..."

De repente, una madre que estaba cerca, una mujer rubia con ropa de diseñador, me miró fijamente y luego le susurró algo a la profesora Elena. La expresión de la profesora cambió de la desconfianza a la alarma.

"Usted," dijo la profesora Elena, su voz ahora cargada de acusación. "¿Qué está haciendo aquí?"

"¿Disculpe? Soy la madre de Ana," repetí, confundida.

"¡La madre de Ana estuvo aquí esta mañana para dejarla!", exclamó la otra mujer, acercándose. "¡La vimos todas! ¿Quién es usted?"

Más padres comenzaron a reunirse a nuestro alrededor, sus miradas se volvieron hostiles. Me sentí como un animal acorralado.

"No sé de qué hablan," dije, mi voz temblando ligeramente. "Yo soy su madre. Tal vez fue mi esposo, Ricardo, quien la trajo."

"¡No fue un hombre!", gritó otra madre. "¡Fue una mujer! ¡Y ahora usted aparece aquí! ¡Seguramente quiere secuestrarla!"

La palabra "secuestradora" resonó en el vestíbulo. El pánico se apoderó de mí.

"¡Eso es ridículo! ¡Llamen a mi esposo! ¡Él les explicará todo!"

Pero nadie me escuchaba. La profesora Elena se interpuso entre mí y el pasillo.

"Señora, le voy a pedir que se retire inmediatamente o llamaré a seguridad."

"¡No me iré a ningún lado sin ver a mi hija!"

El caos estalló. Un padre intentó agarrarme del brazo. Me zafé bruscamente.

"¡No me toquen!"

"¡Está loca!", gritó alguien.

Sentí un empujón por la espalda y tropecé, cayendo al suelo. Mi bolso se abrió y mis cosas se desparramaron por el piso de mármol. El dolor agudo en mi rodilla se mezcló con la humillación y el miedo.

Me rodearon, susurrando, juzgándome con la mirada.

"¿Ven? Les dije que era peligrosa," dijo la profesora Elena, con una certeza que me heló la sangre. "Ana nos contó que su mamá a veces se pone rara. Que su papá dice que está enferma."

Las palabras de Ricardo, dichas a través de la boca de una extraña, me golpearon con la fuerza de una bofetada. ¿Qué les había estado diciendo?

"¡Eso es mentira!", grité desde el suelo, mi voz quebrada por la desesperación. "¡Yo no estoy enferma!"

Saqué mi teléfono con manos temblorosas, abrí la galería de fotos y me puse de pie, cojeando.

"¡Miren! ¡Esta es mi hija, Ana! ¡Estas somos nosotras! ¡En su cumpleaños, en la playa, en nuestra casa!"

Mostré las fotos a la multitud. Vi destellos de duda en algunas caras. Un padre, el que me había empujado, retrocedió un paso.

Las imágenes eran innegables: yo, sonriendo, abrazando a una niña pequeña de cabello castaño y ojos grandes. Mi Ana.

Por un momento, el murmullo hostil cesó. Un silencio tenso llenó el vestíbulo.

La profesora Elena miró las fotos, luego me miró a mí. La confusión luchaba con su convicción inicial.

"Esa es Ana," admitió una de las madres en voz baja. "Se parece a la niña de la foto."

Sentí una oleada de alivio. La verdad, al menos una parte de ella, estaba saliendo a la luz. Pero la pregunta principal seguía sin respuesta, flotando en el aire cargado de tensión: si yo era la madre de Ana, ¿quién era la mujer que la había traído a la escuela esa mañana?

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