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Portada de la novela La Sustituta No Perdonará

La Sustituta No Perdonará

Sofía pensó que Ricardo era su salvador tras saldar sus deudas, pero la aparición de Isabella desenmascara una verdad dolorosa: ella solo es un reemplazo. Tras sufrir humillaciones y el desprecio hacia el legado de su abuela, el millonario la cautiva para favorecer a su antiguo amor. Sin embargo, el encierro transforma a Sofía. Decidida a recuperar su libertad, huye a París para empezar de cero, enterrando sus sentimientos y convirtiéndose en la dueña de su destino.
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Capítulo 3

Sofía colgó el teléfono y caminó hacia el enorme vestidor que Ricardo había construido para ella, un espacio más grande que el departamento entero donde creció. Sus ojos recorrieron las filas de ropa de diseñador, los estantes llenos de zapatos y bolsos que costaban más de lo que su abuela ganó en toda su vida. Se detuvo frente a un joyero de cristal, dentro, sobre un cojín de terciopelo, descansaba el collar de diamantes que Ricardo le había regalado en su cumpleaños anterior. Lo tomó con cuidado, el frío de las piedras contrastaba con la fiebre que comenzaba a invadir su cuerpo. Sin dudarlo, caminó hacia el bote de basura forrado en piel y lo dejó caer dentro. Era su vigésimo cumpleaños, y este era su regalo para sí misma, un acto de liberación.

Se sentía mareada, el cuerpo le dolía por el frío y la tensión. Se metió en la cama, deseando solo dormir y olvidar, pero el temblor de su cuerpo no se lo permitía. La fiebre subía rápidamente. Justo cuando estaba por quedarse dormida, la puerta de su habitación se abrió bruscamente. Era uno de los asistentes de confianza de Ricardo, un hombre corpulento llamado Javier.

"Señorita Sofía, el señor Ricardo me pidió que la llevara a una fiesta. Por favor, vístase".

"No me siento bien", susurró Sofía, acurrucándose bajo las sábanas. "Dile que no puedo ir".

"El señor insiste. Es importante", dijo Javier, su tono no admitía réplica. "Hay un vestido esperándola en el baño".

Sofía se sintió completamente impotente, una muñeca en manos de otros. Con la poca fuerza que le quedaba, se levantó y se vistió. El vestido era hermoso, de seda roja, pero se sentía como una mortaja. Javier la condujo a un lujoso salón de eventos en un hotel del centro. La música era estridente, el aire estaba cargado de perfume caro y humo de puros. Ricardo estaba en el centro de un grupo de hombres, riendo y bebiendo. No se dio cuenta de su llegada.

Sofía buscó un rincón tranquilo para sentarse, sintiéndose invisible. Fue entonces cuando escuchó las voces de los amigos de Ricardo. No hablaban en voz baja, no les importaba si alguien los oía.

"Mira, ahí está el juguetito nuevo de Ricardo", dijo uno, señalándola con la barbilla. "No está mal, pero no se compara con Isabella. Isabella es una leona, esta es solo una gatita asustada".

"Escuché que Ricardo la trajo solo para darle celos a Isabella", comentó otro, dando una calada a su puro. "Ya sabes cómo es él, nunca le ha gustado que lo dejen. Isabella se fue, y él necesitaba demostrar que podía reemplazarla. Pobre chica, cree que de verdad la quiere".

"¿Y qué va a hacer con ella ahora que Isabella regresó?", preguntó un tercero. "No puede tener a las dos en la misma casa, ¿o sí?".

El primer hombre se rio. "A Ricardo no le importará deshacerse de ella. Fue útil, pero su tiempo se acabó. Es solo una cara bonita que compró para pasar el rato".

Cada palabra la golpeaba con la fuerza de un puñetazo. Así que no era solo un reemplazo, era una herramienta, un peón en un juego retorcido para provocar a Isabella. Todo el amor, toda la ternura, no era más que una actuación para que la verdadera reina viera lo que se estaba perdiendo. La humillación era tan intensa que sintió náuseas.

De repente, Ricardo la vio. Su expresión se suavizó y caminó hacia ella, seguido de cerca por Isabella, quien se aferraba a su brazo con una sonrisa triunfante. Ricardo la ignoró por completo y se centró en Sofía.

"Mi pequeña, ¿por qué tan sola?", le dijo con esa voz tierna que ahora sonaba como una burla cruel. Le acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja. "¿Te sientes bien? Estás pálida".

Sofía lo miró, pero ya no veía al hombre que amaba. Veía a un extraño, a un manipulador. No dijo nada, no discutió, no lloró. Simplemente asintió con la cabeza, manteniendo una calma que no sentía en absoluto.

"Estoy bien", respondió con una voz neutra, vacía de toda emoción.

Isabella observaba la escena con interés, una pequeña sonrisa jugando en sus labios. Ricardo pareció desconcertado por la falta de reacción de Sofía. Estaba acostumbrado a su calidez, a su sonrisa fácil. Esta quietud, esta frialdad, era nueva y no le gustaba. Pero antes de que pudiera decir algo más, la música subió de volumen y la gente comenzó a bailar. La noche apenas comenzaba, y para Sofía, ya era un infierno.

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