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Portada de la novela La suerte de ilein

La suerte de ilein

Ilein cree haber hallado el camino ideal para cumplir sus sueños. No obstante, su viaje a Milán con los poderosos Moretti deriva en una vorágine de pasiones que la hace cuestionar su destino. Entre lujos y tentaciones, comprenderá que los afectos son incontrolables y que, en ocasiones, el alma no anhela el rescate, sino que opta por sucumbir ante su propio infierno. Una historia de romance donde la ambición choca con la realidad de un corazón indomable.
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Capítulo 3

Máximo parecía haber convertido la paciencia de Ilein en su nuevo campo de juegos, un tablero de ajedrez donde cada movimiento era calculado y cada encuentro, una provocación. No eran simples coincidencias; eran escaramuzas cuidadosamente planeadas. Él se deleitaba con la incomodidad de ella, como un gato jugando con su presa.

Los encuentros habían sido, hasta ahora, breves, pero intensos. Una mirada que se prolongaba demasiado en el ascensor. Un comentario mordaz lanzado en el taller. Una interrupción inesperada en el lobby. Cada interacción era una sutil demostración de poder, un recordatorio constante de que, aunque se esforzara por encajar, siempre sería una forastera en el mundo Moretti.

Una mañana, Ilein esperaba el ascensor. El vestíbulo respiraba una atmósfera tranquila, casi irreal, con el suave murmullo de las conversaciones matutinas y el eco amortiguado de los pasos sobre el mármol pulido. El aire olía a café recién hecho y al perfume floral de Joana —una fragancia que siempre le recordaba a su madre. La luz dorada que se filtraba a través de los ventanales realzaba la belleza de las esculturas y los arreglos florales, pero también parecía ocultar oscuros secretos en los rincones.

Las puertas del ascensor se abrieron con un suave susurro, e Ilein contuvo el aliento al ver a Máximo dentro. El ascensor estaba vacío, iluminado por una luz tenue que acentuaba la dureza de su mandíbula y la frialdad de sus ojos. Ilein dudó, sopesando sus opciones. ¿Fingir que olvidaba algo? ¿O entrar y enfrentarse al depredador en su guarida? Una curiosidad que se negaba a admitir la impulsó a entrar.

El silencio se hizo denso, casi palpable. Ilein sintió la mirada de Máximo como un peso invisible que la oprimía. Sus ojos azules, fríos e incisivos, parecían desnudarle el alma, buscando miedos ocultos y deseos inconfesables. ¿Qué la atraía realmente de ese hombre enigmático? ¿Era su poder, su arrogancia, o la vulnerabilidad que vislumbraba solo en contadas ocasiones?

—Buongiorno, signorina Valentino —dijo Máximo, con una sonrisa arrogante que curvó sus labios, revelando unos dientes blancos y afilados. Su voz grave y resonante vibró en el aire, haciéndola sentir pequeña.

(Buenos días, señorita Valentino)

—Buongiorno, signor Moretti —respondió Ilein, forzando la compostura. Sus manos temblaban ligeramente; podía sentir el pulso acelerado en su cuello.

(Buenos días, señor Moretti)

El ascensor comenzó a descender. Ilein sintió la mirada de Máximo quemándole la piel. El aire se cargó de una tensión eléctrica que le robaba la respiración. El perfume de él, una mezcla embriagadora de cuero y especias, la mareaba y la atraía al mismo tiempo.

Para romper el silencio asfixiante, comentó:

—Milano è bellissima al mattino.

(Milán es bellísima por la mañana)

—Dipende con chi la si guarda —respondió Máximo, sin apartar la vista de ella, con una voz cargada de doble intención. Sus ojos brillaban con un fulgor que la dejaba expuesta y vulnerable.

(Depende con quién se la mire)

Ilein sintió un vuelco en el estómago. La tensión sexual crepitaba entre ellos, una fuerza invisible que los atraía y los repelía. Sus miradas se cruzaron, y por un instante, el tiempo se detuvo. Se preguntó si Máximo sentía lo mismo, si él también luchaba contra esa atracción prohibida.

Las puertas del ascensor se abrieron en el vestíbulo, rompiendo el encuentro. Ilein salió rápidamente, necesitando aire fresco. Camila la esperaba con una sonrisa amable, pero Ilein notó una sombra de preocupación en sus ojos. ¿Había notado algo? ¿Sospechaba la tensión entre ella y Máximo?

Un fin de semana, Ilein visitaba una galería de arte cerca del edificio Moretti. El espacio era amplio y luminoso, con paredes blancas que realzaban los colores vibrantes de las pinturas y las formas abstractas de las esculturas. El ambiente era tranquilo, roto solo por el suave murmullo de las conversaciones y el eco de los pasos sobre la madera pulida. Ilein se sintió atraída por una escultura en particular, una representación retorcida y caótica de dos figuras entrelazadas, que parecía reflejar el peligro de su relación con Máximo.

Estaba absorta, admirando la obra, cuando una voz a su espalda la hizo estremecer.

—Interessante, vero? —dijo la voz, con un tono grave e inconfundible.

(Interesante, ¿verdad?)

Ilein se giró lentamente, y su corazón dio un vuelco. Máximo estaba de pie detrás de ella, vestido con un traje elegante, hecho a medida, que realzaba su figura imponente. Parecía un depredador que acababa de encontrar su presa.

—Sì, molto —respondió Ilein, anclándose al suelo para no flaquear.

(Sí, mucho)

Máximo se acercó un paso más, invadiendo su espacio. Ilein sintió su aliento frío en el rostro y un escalofrío le recorrió la espalda. El aroma a cuero y especias la mareó. Sus ojos se posaron en la escultura, y una sonrisa enigmática curvó sus labios.

—El arte puede ser un espejo del alma —dijo Máximo, con una voz suave que apenas superaba el murmullo del ambiente—. ¿Qué ves tú en esta obra, Ilein?

Ilein ya no podía creer en la casualidad. Esos encuentros parecían orquestados, intencionales. Siempre aparecía con esa sonrisa y esa mirada que la desnudaba. ¿Qué pretendía? ¿Estaba interesado en ella, o solo era una pieza en su juego de poder? Las preguntas la atormentaban, alimentando su creciente inquietud y sembrando la semilla de la duda. ¿Y qué papel jugaba Joana en todo esto? ¿Estaba al tanto de los juegos de Máximo, o era simplemente una espectadora inocente?

Un destello de valor se encendió en su interior: tal vez era hora de dejar de huir, de preguntarle directamente a Máximo qué pretendía con ella. O tal vez debería hablar con Joana, preguntarle si sabía algo sobre el comportamiento de su hijo —si era solo su forma de demostrar poder, o si había algo más detrás de esas sonrisas enigmáticas..._

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