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Portada de la novela La suerte de ilein

La suerte de ilein

Ilein cree haber hallado el camino ideal para cumplir sus sueños. No obstante, su viaje a Milán con los poderosos Moretti deriva en una vorágine de pasiones que la hace cuestionar su destino. Entre lujos y tentaciones, comprenderá que los afectos son incontrolables y que, en ocasiones, el alma no anhela el rescate, sino que opta por sucumbir ante su propio infierno. Una historia de romance donde la ambición choca con la realidad de un corazón indomable.
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Capítulo 1

(PRESENTE: EL CAFÉ CERCA DE LA UNIVERSIDAD)

Ilein ajustó su bufanda con cuidado —sintiendo el frío cortante del viento de Caracas que se enredaba en su cabello negro— largo, un poco revuelto por el aire, como siempre. Se apoyó en el mostrador de cristal del café y miró su reflejo: 1,65 metros, delgada pero con curvas que la bufanda no lograba ocultar —un rostro con pómulos altos y ojos marrones oscuros que ahora estaban un poco húmedos. Le gustaba cómo se veía con ese jersey gris que le había regalado su madre —le quedaba bien, le daba un toque de solidez—, aunque siempre pensaba que su nariz —un poco respingada por sus raíces españolas— era demasiado grande. La ciudad bulliciosa giraba a su alrededor —aromas de pan recién horneado, ruidos de coches que no paraban, voces que se entremezclaban— y era agridulce: ahí estaba su familia, su hogar, pero también la rutina que le cerraba el camino. Parecía tan cerca y tan lejana a la vez. Su mano tembló al agarrar la taza de chocolate caliente —derramando unas gotas en el platillo—: la emoción y el miedo en su pecho eran tan fuertes que se manifestaban en cada movimiento. Estaba a horas de partir.

(FLASHBACK: LA OFERTA DE JOANA)

Mientras miraba el café seco en el platillo, su mente voló a hace tres meses —al día del taller de diseño. Allí estaba Joana Moretti: elegante, con porte de realeza —y cuando vio a Ilein —con su cabello revuelto por haber corrido para llegar a tiempo, sus manos manchadas de tinta de tejido— le sonrió con calidez. Después de ver sus diseños, Joana la llevó a un rincón tranquilo y le dijo con voz segura: «Ilein, tu creatividad es única. Te ofrezco una beca completa para estudiar en Milán —trabajarás en Textil Moretti, vivirás en el edificio de las oficinas y terminarás tu último semestre virtualmente». La noticia le cayó como un rayo —su sueño de ser diseñadora en Italia, que llevaba desde niña, se hacía realidad. En ese momento, se tocó el mentón —un gesto que hacía cuando estaba nerviosa— y notó que se le había quedado un pelito de gato —que le había saltado de la manta de su hermana. La única pregunta que le cruzó por la cabeza en ese instante: ¿podría una chica de raíces humildes enfrentarse a un mundo tan distinto?

(CONTINUACIÓN: LA DECISIÓN Y LA NOCHE ANTES DE LA PARTIDA)

A pesar de los temblores en las manos, había aceptado sin dudar. Pero en los días que siguieron, la duda crecía: ¿estaba realmente preparada para dejar su país —sus raíces? Su familia era sencilla: madre maestra de primaria, padre obrero de maquinaria pesada —hermana Susy tranquila que no quería salir de casa, y los gemelos revoltosos de 8 años que aún necesitaban de ella. Sus padres pensaban que era falta de apego, pero para ella era la única forma de cruzar el muro de rutina —y limitaciones que le cerraba el camino. Otra pregunta le roía el interior: ¿qué pasaría si no lograba convencerlos de que su sueño no era un abandono? La idea de decepcionarlos le producía un nudo en la garganta.

La noche antes de partir, Ilein se sentó en su cama —empacando la última maleta. Se miró en el espejo de la mesita: sus ojos estaban cansados, sus labios resecos por el nerviosismo —y el cabello —que le había arreglado con tanto cuidado— ya estaba revuelto de nuevo. El nudo en la garganta no se iba. La ciudad de Caracas —con sus luces parpadeantes que se colaban por la ventana— le susurró al oído que el cambio no era una opción, sino inevitable. Cuando su familia entró en la habitación, las lágrimas salieron solas. «Eres fuerte y te adaptarás», le dijo su madre —abrazándola con fuerza y acariciando su cabello negro. Su padre, con voz firme y orgulloso: «Tu carácter te salvará en ese mundo nuevo —esa misma firmeza que se ve en tus ojos». Susy le dio un pañuelo de encaje: «No te olvides de nosotros, hermana —de tu hermana que es tan tranquila y tú, tan... impetuosa».

(TERMINACIÓN: LLEGADA A MILÁN, TRES MESES DESPUÉS)

Y ahora, tres meses después, Ilein bajaba del taxi frente al imponente edificio de Textil Moretti en Milán. Su equipaje interminable le pesaba en la mano —pero su corazón latía con más fuerza que nunca. Calles empedradas que crujían bajo sus pies, aromas de café expreso y queso gratinado —el sonido de las campanas de la catedral que resonaban en todo el centro—: todo era nueva, seductora, un poco temible. Cada rincón le parecía un misterio a descubrir. Se tocó el cabello —que había intentado peinarlo al estilo italiano pero que ya volvía a su estado natural revuelto— y sonrió antes de cruzar la puerta de cristal y acero.

El interior le dejó sin aliento. El vestíbulo era de mármol blanco con vetas doradas —un techo alto con una lámpara de cristal que parecía un río de estrellas— y paredes adornadas con fotografías de desfiles de moda —modelos con diseños audaces, caminando por pasarelas de todo el mundo. El piso estaba tan limpio que reflejaba su sombra —y el aroma a rosa y cedro flotaba en el aire. Ilein se detuvo un instante —asombrada: nunca había estado en un lugar tan lujoso. Su casa en Caracas era pequeña y acogedora —con paredes pintadas de azul claro y muebles usados que habían pasado de generación en generación—: esto era un mundo completamente distinto, y por un segundo, sintió que su jersey gris se veía demasiado simple —demasiado modesto.

Pero ese sentimiento duró poco. Joana sonrió más —sorprendida y complacida: «Claro que sí, Ilein! Esa es la actitud que buscamos», respondió en italiano fluido. Camila asintió —con una mirada de respeto: «Bien hecho. El taller está en el tercer piso —vamos, te muestro dónde trabajarás».

Mientras subían en el ascensor de cristal —que les permitía ver la ciudad se alejar a sus pies— Ilein miró alrededor de nuevo. No volvió a preguntarse si podría adaptarse o cumplir con las expectativas —ya no era necesario. En su interior, una chispa de determinación se había convertido en un fuego. Su sueño ya no era un recuerdo —era el presente—, y se veía a sí misma en él —con cabello revuelto, manos listas para trabajar y esos ojos marrones oscuros que no temían mirar el futuro, incluso en medio de todo ese lujo.

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