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Portada de la novela La sonrisa sumisa: la jauría de Alaior

La sonrisa sumisa: la jauría de Alaior

Durante los juegos de madurez de la jauría de Alaior, Wando y Alaxa consiguen un triunfo sorprendente para la lobera de Bredo. Sin embargo, esta victoria despierta la hostilidad de Kristey, la jefa del clan, quien ve amenazado el futuro liderazgo de su hijo Eron. Para evitar que los jóvenes ganadores ganen influencia y pongan en riesgo el ascenso de su primogénito, la mujer trama una oscura conspiración destinada a eliminarlos y consolidar su poder.
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Capítulo 1

Como cada primavera, las loberas de la jauría se habían reunido en el valle que le daba nombre al conjunto de licántropos, Alaior. Las loberas, diez en total, estaban formadas por no más de doscientos individuos cada una, y excepto la del líder de la jauría, todas mantenían el mismo estatus social. Eso era en la teoría, ya que entre los licántropos existía una continua lucha de poder.

Llevaban unos cuantos días acampados en aquellos terrenos, verdes campos atravesados de lado a lado por un caudaloso torrente, nutrido este por las nieves de los picos montañosos que daban forma al valle. La arboleda en Alaior no era muy abundante, estando los árboles agrupados de forma dispersa, sin llegar a formar ningún bosque de importancia.

También dispersos estaban los diferentes núcleos familiares de la jauría, todos entorno al campamento principal de Hamer, el líder de las diez loberas. Los grupos guardaban cierta distancia entre ellos, evitando el enfrentamiento lo más posible, pues la reunión en el valle estaba pensada para fortalecer los lazos de amistad y limar asperezas.

Normalmente los conflictos más grandes entre licántropos tenían como objetivo otras jaurías, o guerras más grandes entre clanes y razas, pero la naturaleza animal de su existencia propiciaba pequeñas desavenencias, que por lo general, no eran preocupantes. No obstante, siempre había que ir ojo avizor, ya que no era la primera vez que, por falta de prevención, una lobera o una jauría entera desaparecían debido a no haber sabido parar a tiempo sus conflictos internos.

De cualquier forma, superado todo antagonismo sin importancia, tras una mañana de celebraciones, se había hecho la hora de comer ese día y estaban todos reunidos alrededor de las hogueras donde se asaba la carne. La festividad era debida a la finalización de las pruebas de madurez, realizadas estas por los lobatos que habían alcanzado la edad adulta desde la anterior reunión de primavera hasta la actual, siendo auténticos retos de resistencia para los jóvenes aspirantes, que ponían en jaque sus aptitudes naturales y en ocasiones su misma supervivencia. Era el ritual de los licántropos para convertirse en los nuevos cazadores de su sociedad.

Ya se había anunciado al vencedor, pues dichas pruebas no servían únicamente para obtener el derecho a pertenecer a los cazadores de la jauría, sino que también se jugaban su posición social, imprescindible para aspirar a cualquier cargo de responsabilidad.

—¡Estoy muy orgulloso de vosotros! —decía Bredo a sus discípulos cuando tuvieron un momento sin ser molestados—. Ya os dije que no solo se necesitaba la fuerza en estas pruebas. También habéis sabido combinar inteligencia y destreza de forma admirable.

—Gracias, Bredo. —la joven Alaxa sonreía emocionada a su jefe de lobera—. Pero el mérito es de Wando, que ha ganado la prueba de madurez.

—No te quites mérito, Alaxa, tú has quedado en segundo lugar. —Bredo se sentía verdaderamente satisfecho, pues el triunfo de ellos dos, aumentaba de manera exponencial el prestigio de la lobera en la que ejercía de jefe.

—Es realmente elogiable —convino Wando, mirando a los grandes ojos de color almendrado de su compañera sin tener que agachar la cabeza, pues era casi de su misma estatura—. Lo malo es que Eron ha quedado en tercer lugar.

—Cierto —afirmó Bredo—. Es el hijo de Kristey, la jefa de su lobera, y de Hamer, nuestro líder de jauría. Esta situación traerá conflicto en el futuro, pero de momento es mejor disfrutar de lo que tenemos, buena carne, frutos frescos y un día de cálido sol.

Los licántropos reunidos en Alaior tenían adoptada su forma humana, siendo lo habitual si no había un peligro inminente o si las tareas a realizar tampoco requerían de su forma lupina. Vistos así, parecían seres humanos normales y corrientes, festejando en sociedad el final del largo invierno. Los músicos deleitaban a los reunidos con violas, tambores o chirimías, animando a bailar a los menos vergonzosos. Comían, intercambiaban noticias, medían su fuerza o su destreza y presentaban a los nuevos miembros de las loberas. Muchos compartían las mismas raíces sanguíneas.

Wando se encontraba encantado con su triunfo, era felicitado por sus mayores y admirado por los más jóvenes, quienes aspiraban a igualar su hazaña cuando les correspondiera a ellos pasar la prueba de madurez. Alaxa, manteniéndose todo el tiempo junto a su victorioso amigo y compañero de lobera, al cual también admiraba, sentía una pequeña punzada cada vez que se le acercaba alguna muchacha coqueteando.

De forma disimulada, apartada bajo la sombra de un frondoso almez de grueso tronco, Kristey observaba a los dos jóvenes que habían encabezado el puesto ganador de aquel año, preguntándose cómo era posible que esos dos licántropos humillasen a su hijo dejándole en tercer puesto. Eron tenía la virtud de destacar físicamente sobre sus iguales, no era fácil de vencer. Todo el mundo había dado por hecho que su primogénito se alzaría con la victoria, así que lo único razonable que podía explicar la pérdida del primer puesto, era el uso de las trampas. No tenía pruebas de ello, pero realmente no las necesitaba. Buscaría otras formas de devolverle la merecida dignidad a su vástago, también primogénito de su padre, Hamer, líder de la jauría de Alaior. Esa circunstancia tenía mucho peso en la comunidad, y no iba a desperdiciarlo.

A pocos metros de donde ella se encontraba, vio a Eron, que también observaba a sus rivales de lejos. En la expresión de su cara contempló el odio y la furia contenida, obligado a mantenerse inactivo mientras estuviera a la vista de todos. Kristey, llena de amor por su hijo y compartiendo su sufrimiento al verle en ese estado, se acercó hasta él con la intención de consolarlo.

—Tranquilo, cachorro mío, esto no durará mucho —le dijo cuando estuvo junto a él, pasando una mano amorosa por la espalda.

—¡No me llames así en público, mamá, sabes que no me gusta!

—Perdona, Eron, pero ya sabes que una madre, por mucho que vea crecer a su hijo, este siempre es su pequeñín para ella.

—¡Ya no tengo edad para esas cosas! Ahora soy un cazador, y merezco ser tratado como tal.

Temiendo que alguien le observara siendo tratado como un lobato de corta edad, sobre todo después de haber perdido el primer puesto en las pruebas de madurez, se fue airado, alejándose de sus odiosos rivales. Lo más humillante para él era que ya no podría cortejar a Alaxa, un deseo que también le atormentaba, metido en su cabeza desde el momento que la conoció.

Kristey volvió a observar a Wando y a Alaxa cuando Eron, reuniéndose con uno de sus amigos de la lobera, despareció de su vista. Retornaron a sus pensamientos el sentimiento de odio que por un momento había dejado de lado, cuando intentó consolar a su dolido hijo. Se dijo, como un juramento solemne, que debía reparar el daño que le habían hecho a su familia, dispuesta a lograrlo por cualquier medio.

Cuando parecía que ya todos a su alrededor le habían saludado, Wando y Alaxa vieron interrumpido su paseo por una lobata que debía ser casi de su misma edad, impidiéndoles continuar al interponerse en su camino. Era una joven de bonita sonrisa, grandes ojos azules y rubios cabellos. Un encanto a punto de terminar de florecer.

—Hola Wando, soy Minthu. Quería expresarte mi admiración por el logro conseguido.

—Te lo agradezco, Minthu. Solo espero servir de ejemplo a los que vengan después de nosotros.

Alaxa, notándose ignorada por la lobata, quiso intervenir en el diálogo. Había algo en esa descarada que le picó más que las otras que se habían acercado a Wando. Era un sentimiento extraño lo que la nueva cazadora estaba sintiendo, pues nunca antes lo había notado estando junto a él. Se preguntó qué habría cambiado. La ausencia de respuesta aumentaba su inquietud.

—A ti todavía te debe faltar bastante tiempo para intentar superar la prueba de madurez y ser una cazadora. —Alaxa hizo hincapié en la falta de madurez de la lobata, con toda la intención de molestar.

—No creas, no tanto tiempo. Si dentro de cinco meses volviese a ser primavera, ya sería cazadora como vosotros —dijo Minthu con resuelta altivez, sin abandonar su deliciosa sonrisa y mirando con intensidad a los ojos de él.

Wando era un joven apuesto de ojos grises y cara de ángulos rectos. Su pelo marrón, siempre alborotado, le daba el aire de un joven aventurero de inocentes travesuras. Estaba en buena forma física, como había demostrado en su ascenso para adulto, y eso se notaba al observar su cuerpo.

—Me alegro por ti. Nosotros íbamos para allá antes de que te pusieras delante —dijo Alaxa con cierta brusquedad, señalando al frente con la mano extendida. Definitivamente, había algo en la forma de mirar a Wando que la crispaba como con ninguna otra—. Seguramente tu grupo de cachorritos te estarán buscando.

—Ya no ando con lobatos como cuando era una niña, ahora son otros los que me echan en falta. Me voy, no quisiera entretener al héroe de la jornada más de lo necesario. Espero que nos volvamos a encontrar pronto.

La joven de cabellos rubios giró a su derecha y se fue por donde había aparecido, bajo la atenta miranda de Alaxa, incapaz de disimular la animadversión que sentía por esa muchacha inmadura. Wando, divertido desde que comenzó el inusual comportamiento malhumorado de su amiga de toda la vida, se dio cuenta que había algo más en su actitud. La vio con otros ojos. Más adulto y pícaro.

—Vamos, Alaxa. Todavía nos estarán guardando el sitio para tomar una infusión de hiervas. Yo luego me retiraré a descansar hasta la hora de la cena. ¡Todavía estoy molido por las pruebas!

—Sí, yo también estoy que me caigo. Iré contigo para no dejarte solo, pero me largaría ahora mismo a tumbarme en una cómoda cama.

—Eso será lo mejor de la jornada cuando llegue. Hemos estado durmiendo al raso los últimos siete días, me duele cada músculo de la espalda. ¿Y si nos olvidamos de ir a tomar esa infusión?

—Ya, claro. ¿Y qué dirán de nosotros?

—No van a decir nada, siempre vamos a todos los sitios juntos.

—Ya, pero ahora somos adultos.

—No creerás que van a pensar que nosotros… —Wando dejó la frase inconclusa, no era necesario acabarla para saber lo que quería decir.

Se miraron a los ojos sin saber qué más añadir, hasta el momento nunca se les había pasado por la cabeza tal situación. Se sonrojaron sus mejillas, avergonzados por tener un pensamiento que hasta hacía pocas horas no se podían permitir.

—¿Vamos a beber esas hierbas? —sugirió Alaxa, rompiendo con el silencio formado entre los dos.

—Será lo mejor, vamos.

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