
La Sombra del Pincel
Capítulo 3
Mi teléfono vibró sobre la mesa de trabajo, sacándome de mi trance. Era un número desconocido. Contesté con manos temblorosas.
"¿Señorita Sofía?"
Era la voz de un médico del hospital. Mi corazón se detuvo.
"La condición de su hermano Luis ha empeorado críticamente. Los tratamientos actuales ya no son suficientes."
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
"Necesita un trasplante experimental. Es su última oportunidad."
"¿Cuánto?," pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
El médico hizo una pausa. La cifra que mencionó era astronómica, mucho más allá de lo que el "salario" de Alejandro podía cubrir. Era una sentencia de muerte.
Colgué el teléfono. El silencio del sótano era ensordecedor. Miré mis manos, mis herramientas, los lienzos en blanco.
Desesperada, comencé a trabajar.
No en otro paisaje insípido para Isabella.
Trabajé en mi obra maestra. Un políptico, cuatro paneles que contarían mi historia. La historia de mi dolor, de mi herencia oaxaqueña, de los colores de mi tierra que Isabella y Alejandro habían intentado blanquear.
Pintaba día y noche, impulsada por el café y la desesperación. Cada pincelada era una oración por Luis.
Planeaba venderlo en el mercado negro. Necesitaba ayuda. Solo había una persona en quien podía pensar.
Mateo.
Nuestro antiguo compañero de la escuela de arte. El único que fue testigo del robo de Isabella. La poderosa familia de ella lo amenazó para que guardara silencio. Ahora trabajaba como un modesto guía de museo, atormentado por la culpa.
Lo llamé desde un teléfono público.
"Sofía, ¿eres tú?," su voz sonaba asustada.
"Mateo, necesito tu ayuda. Es por mi hermano."
Le expliqué mi plan. El silencio al otro lado de la línea era pesado.
"Es peligroso, Sofía. La familia de Isabella..."
"No tengo otra opción, Mateo. Se está muriendo."
Hubo una larga pausa. Podía oír su respiración agitada.
"Está bien," dijo finalmente, su voz apenas un susurro. "Te ayudaré."
Por primera vez en cinco años, sentí una pequeña chispa de esperanza.
Una semana después, Isabella bajó al sótano. No venía a recoger un cuadro. Venía a torturarme.
Llevaba un vestido de seda que costaba más de lo que yo ganaba en un mes. Se paseó por mi taller, tocando mis cosas con desdén.
"Alejandro dice que estás trabajando en algo... especial," dijo, su voz melosa ocultando el veneno.
Mi corazón martilleaba contra mis costillas. Había escondido el políptico detrás de unos lienzos viejos.
"Es solo otro encargo," mentí.
Ella sonrió, una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
"Huele diferente aquí abajo. Huele a... ambición. A esa sucia ambición tuya de Oaxaca."
Se detuvo frente a un pequeño boceto de un alebrije que había hecho para mí, un recuerdo de mi hogar.
Lo tomó con dos dedos, como si fuera basura.
"Esta basura indígena no se vende, querida. Recuerda para quién trabajas."
Arrugó el boceto y lo tiró al suelo. Luego lo pisó con su tacón de aguja, moliendo el papel y el carbón contra el cemento.
Me quedé paralizada, viéndola destruir ese pequeño pedazo de mi identidad. Era una advertencia.
"Sigue pintando mis cuadros, Sofía," dijo, dirigiéndose a la salida. "Es lo único para lo que sirves."
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