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Portada de la novela La Segunda Oportunidad de la Mate Rechazada

La Segunda Oportunidad de la Mate Rechazada

Laura construyó un imperio para el Alpha Oliver, pero él la traicionó al nombrar Luna a su amante. Tras ser humillada, ella recupera su fortuna legalmente y escapa embarazada, rompiendo su vínculo con veneno. Oculta bajo la protección del rival de su ex, Laura revela que es la mítica Loba Blanca. Cuando un Oliver arruinado la encuentra y suplica por otra oportunidad, ella lo desprecia ante todos, consolidando su venganza y la destrucción total del hombre que la vendió.
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Capítulo 2

Laura POV

La invasión comenzó de forma insidiosa, como una infección que se incuba en silencio antes de manifestar sus síntomas letales.

Al principio, fueron detalles minúsculos: un pañuelo de seda rojo anudado con arrogancia en el pomo de la puerta de mi estudio. Luego, unos *stilettos* abandonados con calculada negligencia en el vestíbulo principal.

Nadia no solo estaba viviendo aquí; estaba marcando territorio, impregnando cada rincón de mi existencia con su aroma, desplazándome sistemáticamente de mi propio hogar.

Y Oliver... Oliver no objetaba. Su silencio era un decreto de aprobación.

—Laura, deberíamos convertir tu oficina en el cuarto del bebé —sugirió Nadia una mañana.

Estaba sentada en mi silla favorita del jardín, bebiendo el té de hierbas que yo misma había cultivado, secado y mezclado. La luz del sol bañaba su rostro, otorgándole un aura angelical, si es que los ángeles pudieran albergar tal malicia en la mirada.

Aquella noche, la cena se transformó en un campo de batalla silencioso.

Nos sentamos los tres, formando un triángulo grotesco. Oliver presidía la cabecera; Nadia, radiante, a su derecha. Y yo... yo había sido relegada al asiento frente a ella, como una espectadora indeseada en mi propia mesa.

—*¿Disfrutas la comida, Laura? Oliver me ha comentado que cocinas sorprendentemente bien... para ser una loba defectuosa.*

La voz de Nadia resonó en mi mente a través del enlace, chirriante como un clavo oxidado arrastrado por cristal.

Apreté los cubiertos hasta que mis nudillos perdieron el color. No levanté la vista. Mantuve los ojos fijos en el informe financiero que había traído a la mesa, usándolo como un escudo de papel contra su veneno.

—Oliver —dijo Nadia en voz alta, rompiendo la tensión con una dulzura empalagosa—, ¿recuerdas nuestra primera transformación? La luna estaba tan hermosa esa noche... No como otras, que apenas pueden sostener su forma lupina sin colapsar.

Fue un golpe bajo, directo y cruel. Mi loba interior estaba marchita, drenada tras años de cederle mi propia esencia vital a Oliver para fortalecerlo a él.

Oliver me miró. Por una fracción de segundo, capté algo en sus ojos. ¿Curiosidad? ¿Quizás un destello de culpa? Me escrutaba como si intentara encontrar el rastro de la mujer que una vez amó bajo mi máscara de gélida indiferencia.

No le ofrecí nada. Mi rostro permaneció inmutable, tallado en piedra.

Más tarde esa noche, la puerta de mi habitación se abrió con violencia, azotando contra la pared.

Oliver entró. El aire se llenó de inmediato con el olor acre del whisky y la frustración contenida. Se acercó a mí con zancadas pesadas y, antes de que mi cerebro pudiera procesar el peligro, me empujó contra la pared. Su cuerpo, duro y febril, me inmovilizó.

—Sigues siendo mi *Mate*, ¿no es así? —gruñó, y su aliento caliente golpeó la curva de mi cuello.

Mi cuerpo traidor reaccionó al instante. El *Vínculo de Compañeros* chilló de éxtasis ante su cercanía, enviando oleadas de calor líquido directo a mi vientre. Mi piel, estúpida y primitiva, anhelaba su tacto. Pero mi mente... mi mente aullaba de repulsión.

—Oliver, detente —susurré, intentando poner distancia entre nosotros.

Pero mi loba estaba demasiado débil para desplazar la masa muscular de un Alpha. Él bajó la cabeza, buscando mis labios con desesperación, mientras su mano trazaba un camino posesivo por mi muslo.

De repente, una ola de náuseas violentas ascendió por mi garganta.

No fue una metáfora. Fue una reacción visceral.

Lo empujé con una fuerza que nacía del pánico puro y corrí hacia el baño. Caí de rodillas frente al inodoro y vomité hasta que no quedó nada más que bilis amarga. Mi cuerpo rechazaba su toque con la misma violencia con la que mi corazón rechazaba su traición.

Escuché a Oliver jadear a mis espaldas, recuperando el equilibrio.

—Laura... —Su voz sonaba ronca, teñida de confusión.

—*¡Oliver! ¿Dónde estás? ¡El bebé se movió! ¡Ven rápido!*

El grito mental de Nadia fue tan potente que casi resonó fuera del *Mind-Link*, vibrando en las paredes de la habitación.

La expresión de Oliver cambió instantáneamente. La confusión se evaporó, reemplazada por el mandato del deber. Se alisó la camisa con movimientos bruscos, borrando cualquier evidencia de nuestro encuentro.

—Límpiate —ordenó con frialdad, y salió de la habitación sin dignarse a mirar atrás.

Me quedé temblando sobre las baldosas frías del baño, abrazándome a mí misma para contener los espasmos.

Minutos después, logré arrastrarme hasta mi cama. Con manos temblorosas, saqué de debajo del colchón una carpeta oculta. Contenía los correos impresos intercambiados con el Sr. López, el abogado de la Manada, detallando cada vacío legal existente en el Código de la Manada.

Me giré al sentir una presencia, y mi corazón se detuvo en seco.

El Beta, secretario personal de Oliver, estaba de pie en el umbral de la puerta abierta. Sus ojos estaban clavados en los papeles que yo sostenía.

El silencio se estiró, tenso y peligroso. Si él hablaba, mi plan moría en ese instante.

El Beta tosió suavemente, rompiendo el estatismo. Dio un paso adelante y me tendió otro documento.

—Luna —dijo, pronunciando mi título con un énfasis deliberado y solemne—, aquí está el inventario de activos que... *usted solicitó*. El Alpha Oliver quería que lo revisara.

Sus ojos se encontraron con los míos. No vi lástima allí, sino inteligencia. Y una silenciosa complicidad. Él había visto mi plan, había comprendido mi desesperación, y había decidido no ver nada.

—Gracias —respondí, mi voz apenas un hilo de aire. Tomé el documento con dedos firmes—. Dile a Oliver que tengo todo bajo control.

—*¡Oliver, ven a la cama ahora mismo!* —La voz de Nadia volvió a irrumpir en el enlace, chillona y exigente.

El Beta hizo una reverencia respetuosa y se marchó, cerrando la puerta y dejándome sola en la penumbra.

Me senté en mi escritorio. Tomé mi identificación oficial de la Manada, un documento pesado con el sello de plata realzado.

Con un bolígrafo de tinta negra permanente, tracé una línea gruesa sobre la palabra "Luna".

Debajo, con caligrafía firme e inquebrantable, escribí: "Miembro de la Manada".

Mi mano buscó instintivamente mi vientre plano. Las náuseas no eran solo por el asco hacia Oliver. Lo sabía en lo profundo de mis entrañas. Había una vida formándose dentro de mí, una vida que Oliver despreciaría como defectuosa, y que Nadia vería como una amenaza mortal.

No podía esperar más. Tenía que ejecutar el plan.

Mis ojos ya no tenían lágrimas. Solo tenían el frío brillo del acero.

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