
La Segunda Oportunidad A Recuperar
Capítulo 2
La voz de Sofía era un zumbido hueco en mis oídos, una repetición de palabras que ya me habían condenado una vez.
"Elena, amiga, tienes que renunciar a la herencia. Es lo mejor para ti y para Dieguito".
La miré, sentada en el desgastado sofá de mi pequeña sala, la misma sala donde apenas ayer velamos el cuerpo de mi esposo, Ricardo. Ella lucía compungida, con sus ojos llenos de una falsa lágrima que nunca llegaba a caer.
Pero yo ya no veía a mi mejor amiga.
En mi mente, el recuerdo era una herida abierta, sangrante y brutal. La memoria de mi vida pasada me había golpeado como un tren al despertar esta mañana, el día exacto en que todo comenzó a derrumbarse.
En esa otra vida, le hice caso a Sofía.
Firmé los papeles, renuncié a todo lo que Ricardo me dejó, incluyendo la supuesta deuda de cinco millones de pesos. Creí que así protegería a mi hijo Diego de los cobradores.
Qué ingenua fui.
"El Buitre", el hombre que vino a reclamar el dinero, no se detuvo. Sin la herencia, no teníamos nada que negociar. Se llevaron a Diego. Lo secuestraron mientras yo buscaba trabajo, un trabajo miserable que apenas nos daría para comer.
Luego, el horror.
Me enviaron sus deditos, uno por uno, en pequeñas cajas. Cada entrega era un pedazo de mi alma que se moría. Rogué, supliqué, pero no tenía los cinco millones. No tenía nada.
Finalmente, me enviaron una última caja. Dentro estaba su pequeño corazón.
Mi mundo se acabó. Y cuando ya no les servía para torturarme, los mismos hombres me vendieron. Terminé en un burdel en la frontera, un infierno donde los cuerpos de las mujeres no valían nada.
Fue allí, en medio de la miseria, donde descubrí la verdad. Una noche, un cliente borracho, un empresario que conocía a Ricardo, se rio de mi historia.
"¿Ricardo Pérez en la quiebra? ¡Qué buen chiste! Ese cabrón era dueño de la mitad de los restaurantes de lujo de la ciudad. Un magnate. Le encantaba jugar al pobrecito, decía que le daba emoción".
Y luego, la estocada final.
"Su fortuna se la quedó su verdadero heredero, el hijo que tuvo con su amante. Un tal Miguelito, hijo de una tal Sofía Vargas".
Sofía. Mi mejor amiga. La madrina de mi hijo.
La traición me quemó por dentro. Todo había sido un plan. La deuda falsa, la insistencia en que renunciara, todo para que ella y su hijo secreto, el hijo de mi esposo, se quedaran con todo.
Morí en ese burdel intentando escapar. Una bala en la espalda me silenció para siempre.
Pero desperté.
Hoy. En este mismo sofá. Con la misma ropa de luto. Con Sofía mirándome con sus ojos de serpiente.
"Elena, ¿me estás escuchando? Es una deuda impagable. Te quitarán la casa, todo. Piensa en Diego".
Sí, Sofía. Estoy pensando en Diego.
Estoy pensando en sus deditos en esas cajas. Estoy pensando en su corazón frío. Estoy pensando en tu traición y en la de Ricardo.
Esta vez, no voy a renunciar a nada.
Esta vez, la deuda es mía. Y la venganza, también.
Levanté la vista y la miré fijamente, una calma helada instalándose en mi pecho.
"Lo voy a pensar, Sofía".
Una sonrisa diminuta, casi imperceptible, se dibujó en sus labios. Creyó que ya me tenía.
Pobre ilusa. No sabe que está hablando con una mujer que ya murió una vez por su culpa.
Y que ha vuelto del infierno para cobrar cada una de sus deudas.
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