
La Rosa y El Imperio
Capítulo 2
El eco de los pasos de los Volpe se desvaneció, dejando a Isabella sola con el frío y el olor a humedad del callejón. Se permitió cerrar los ojos por un instante, la adrenalina aún zumbando en sus venas. No había sudor en su frente, ni temblor en sus manos; solo una calma gélida, la misma que sentía antes de un golpe de ajedrez decisivo. La conversación había sido un baile de palabras, un ensayo de poder que ella había ganado. Pero el espectáculo principal aún no había empezado.
Se inclinó y recogió un pequeño guijarro del suelo. Lo sopesó en la palma de la mano, sintiendo su aspereza. No era un guijarro cualquiera; tenía una inscripción apenas perceptible: un zorro. El emblema de los Volpe. Ella lo guardó en el pequeño bolsillo de su vestido, una especie de trofeo simbólico. No había victoria, solo una pausa.
Caminó hacia la boca del callejón, donde la tenue luz de la calle iluminaba la acera. No se dirigió a un taxi, ni a un auto. En su lugar, se subió a una bicicleta de estilo antiguo que estaba apoyada contra una pared. La tomó con una facilidad sorprendente, como si fuera una extensión de su propio cuerpo. Los tacones de aguja no eran el mejor calzado para pedalear, pero eso no era un obstáculo para ella. Con un pedaleo suave y rítmico, se adentró en las calles más amplias de la ciudad.
El viento le soplaba el cabello cobrizo, haciéndolo ondular como una bandera. A cada pedalada, se alejaba del aura opresiva de los Volpe y se acercaba a su propio reino. El destino era el puerto, un lugar bullicioso incluso a altas horas de la noche. El aire salado, mezclado con el olor a diésel y pescado, le resultaba extrañamente reconfortante. Era el olor de la libertad, de las transacciones y de los tratos que se hacían a la sombra de los grandes buques de carga.
Dejó la bicicleta en un muelle escondido y se dirigió a un almacén de carga. La puerta, marcada con el número 7, estaba abierta. Un hombre la esperaba adentro. Era su único contacto, un confidente leal que se hacía llamar Leo.
Leo era un hombre de cuarenta años, con una barba desaliñada y ojos que habían visto demasiada violencia. Pero en sus ojos, Isabella veía lealtad, algo que no había encontrado en ningún otro lugar en su vida. Vestía una camiseta sucia y pantalones de trabajo. La veía llegar, y una sonrisa de alivio se dibujó en su rostro.
"¿Estás bien, Isabella?", preguntó, su voz ronca.
"Estoy perfecta, Leo", respondió ella, su voz suave, pero con una firmeza que él conocía bien. "Solo me estoy calentando para el espectáculo principal."
Leo asintió. Él sabía lo que eso significaba. Sabía que ella había ido a encontrarse con los Volpe, que había jugado con fuego y había salido ilesa. Sacó un maletín de debajo de una pila de lonas y se lo entregó.
"Aquí está la información que me pediste que obtuviera", dijo. "Todos los movimientos de los DiMaggio, sus activos, sus debilidades. Su red de contrabando. Los puntos ciegos en sus defensas."
Isabella abrió el maletín. No contenía dinero ni armas, sino mapas, fotografías y documentos codificados. Las coordenadas de los barcos de carga, los horarios de los desembarcos, los nombres de los contactos en la policía portuaria... Era un tesoro de información.
"Leo, lo has hecho de nuevo", dijo ella con una genuina admiración.
"Siempre he tenido un don para encontrar lo que la gente esconde", respondió él con una sonrisa irónica. "Pero esto es solo un lado de la moneda, ¿verdad? Para que el plan funcione, necesitas el otro lado. Necesitas a la familia DiMaggio para que coopere."
"No van a cooperar", dijo Isabella, su voz adquiriendo un tono de frialdad calculada. "Van a ser extorsionados."
Caminó hacia una de las cajas de carga y se sentó en ella, el maletín abierto en su regazo. La brisa marina le soplaba en la cara, trayendo el olor a sal y a aventura. Leo la miró con preocupación. Sabía que la ambición de Isabella no tenía límites, y que estaba dispuesta a arriesgarlo todo para conseguir lo que quería.
"¿Y qué si se niegan?", preguntó él. "El Jefe de los DiMaggio, Salvatore DiMaggio, no es un hombre que se doblegue fácilmente. Y los Volpe no se quedarán de brazos cruzados, Isabella. Saben que algo se está gestando."
"Salvatore DiMaggio es un hombre de honor... a su manera", respondió ella. "Le importa la reputación de su familia. Y yo le voy a dar una oportunidad de proteger esa reputación. Le voy a ofrecer un trato que no podrá rechazar. En cuanto a los Volpe, ellos ya están ocupados. El mensaje que le envié a Alessandro a través de mi contacto fue una distracción. Una advertencia. Creerán que estoy trabajando con los DiMaggio. Y eso hará que su próximo movimiento sea más cauteloso, más lento. Lo suficiente para que yo pueda ejecutar mi plan."
Isabella se levantó y cerró el maletín. "Necesito que envíes una serie de mensajes codificados a la oficina de Salvatore DiMaggio. Tienes los códigos. Diles que la 'Reina' ha llegado a la ciudad, y que la familia Volpe está en peligro. La información que tengo es la clave para ganar o perder la guerra. Y que tengo la prueba de que el 'Jefe' de los Volpe planea una traición."
Leo la miró con los ojos muy abiertos. "Isabella... eso es un farol muy arriesgado. Si se dan cuenta de que es una mentira..."
"No es una mentira", la interrumpió ella, su voz firme. "Es un rompecabezas. La mitad de la información es verdad. La otra mitad, la que ellos buscan, es lo que yo tengo. La mentira está en cómo se la muestro. Les haré creer que los Volpe están a punto de traicionarlos. Y cuando lo crean, estarán listos para hacer lo que yo les diga."
"Y el precio... ¿Cuál es el precio?", preguntó Leo.
"El precio es mi puesto en su mesa", respondió ella, con una sonrisa enigmática. "No como una invitada, ni como una socia, sino como una igual. La primera mujer en sentarse en su mesa. Una reina. Y cuando esté en esa mesa, los Volpe se darán cuenta de que la información que busco... la que me da poder... es la misma que los hará caer."
Leo la miró con una mezcla de admiración y miedo. Isabella no era una simple informante. Era una estratega, una jugadora de ajedrez en un mundo de lobos. Era la Rosa, pero también el Imperio. Era una mujer que se movía en las sombras, pero que estaba destinada a ser el centro de atención.
Isabella le dio una palmada en el hombro a Leo y se dirigió de nuevo a la calle. Dejó el muelle del puerto y se adentró en las estrechas calles de la ciudad, en su bicicleta de un solo piñón. La ciudad dormía, pero la guerra entre las familias apenas comenzaba. Los lobos habían sido advertidos, y la reina había movido la primera pieza. El juego había comenzado, y ella no tenía intención de perder. La ciudad era un tablero de ajedrez, y ella, Isabella Moretti, la Reina.
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