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Portada de la novela La Resurrección de Ximena

La Resurrección de Ximena

Ximena ha muerto noventa y nueve veces a manos de Sebastián, quien siempre la sacrificó por salvar a su amante, Valentina. Atrapada en un ciclo de agonía, despierta una vez más enfrentando el desprecio inhumano de un hombre que le exige sumisión mientras planea diseccionarla. Sometida a humillaciones y alergias letales, ella anhela su centésima muerte para escapar. No obstante, la obsesión de Sebastián revela un destino oscuro donde la libertad parece imposible.
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Capítulo 2

Era la nonagésima novena vez que moría por Sebastián.

El chirrido de los neumáticos contra el asfalto caliente fue ensordecedor, un sonido que ya conocía de memoria. El auto de carreras perdió el control, girando como un trompo de metal y fuego, dirigiéndose directamente hacia la zona de pits donde Valentina, la amante de mi esposo, se había quedado paralizada por el pánico.

Sebastián no lo pensó dos veces.

Con una fuerza brutal, me empujó frente a ella.

Sentí el impacto sordo, un golpe que me rompió los huesos y me arrancó el aliento. Mi cuerpo voló por los aires antes de estrellarse contra el muro de concreto. Mientras la oscuridad me envolvía, vi el rostro de Sebastián, no había preocupación por mí, solo un alivio inmenso al ver que su "luz de luna", Valentina, estaba a salvo.

Mi sangre manchaba el suelo del circuito, una mancha roja y brillante bajo el sol inclemente.

Era la nonagésima novena vez.

Pero esta vez, algo era diferente. Una calma extraña se apoderó de mí. Sabía, con una certeza que me helaba el alma, que el ciclo estaba por terminar. Solo una muerte más y ascendería, me liberaría de esta existencia miserable.

Cuando desperté, ya estaba en la parte trasera de la camioneta del equipo. El olor a metal, sudor y antiséptico barato llenaba el aire. Sebastián estaba a mi lado, frunciendo el ceño con impaciencia.

"¿Ya despertaste?"

No le respondí. Mi cuerpo se estaba regenerando, los huesos rotos se soldaban y la carne se unía de nuevo, un proceso doloroso que ya se había vuelto rutinario.

"Ximena, te estoy hablando. Valentina se asustó mucho por tu culpa, ¿no piensas disculparte?"

Su voz era fría, como si yo fuera una molestia, un objeto roto que tardaba demasiado en arreglarse. A su lado, Valentina se aferraba a su brazo, mirándome con una mezcla de desprecio y triunfo.

"Sebas, no seas tan duro con ella", dijo Valentina con una voz melosa que me revolvía el estómago. "Pobrecita, mira cómo quedó. Aunque, la verdad, Ximena, deberías tener más cuidado. Casi me das un susto de muerte, y con mi bebé en camino... no puedo tener estas emociones fuertes".

Se acarició el vientre, un vientre que apenas se notaba pero que usaba como arma.

Él la miró con una devoción enfermiza. "Tienes razón, mi amor. No debes alterarte". Luego se volvió hacia mí, su tono aún más duro. "Escúchame bien, Ximena. No manches mucho la camioneta con tu sangre. Valentina se marea con el olor".

Ignoré sus palabras. Me senté, sintiendo el crujido de mis costillas al volver a su lugar. El dolor era agudo, pero mi mente estaba en otro lado. Noventa y nueve. Solo faltaba una.

Sebastián, desconcertado por mi silencio, chasqueó los dedos frente a mi cara.

"¿Estás sorda? Te dije que te disculparas con Valentina".

Lo miré, pero no dije nada. Mi indiferencia pareció enfurecerlo más que cualquier grito o lágrima.

"Además, mira cómo dejaste el auto de carreras. Está hecho un asco, lleno de tu sangre. Límpialo en cuanto lleguemos".

Un recuerdo amargo me vino a la mente. Una vez, hace mucho tiempo, llovía a cántaros. Valentina no quería mojarse los zapatos de diseñador. Sebastián, sin dudarlo, me ordenó que me quitara el vestido y lo pusiera sobre un charco para que ella pudiera pasar. Me quedé allí, en ropa interior, temblando de frío y humillación mientras ellos se reían.

Ahora, tenía que limpiar mi propia sangre para no incomodar a la mujer por la que me habían matado.

Asentí lentamente.

"Está bien".

Mi sumisión pareció calmarlo. Al llegar a la mansión, antes de que pudiera poner un pie dentro, el mayordomo, siguiendo órdenes, me apuntó con una manguera de alta presión.

"Señora, el señor ordenó que la limpiáramos antes de entrar. Para no ensuciar las alfombras".

El chorro de agua fría me golpeó con fuerza, lavando la sangre y la mugre, pero no la humillación. Entré a la casa empapada y temblando, solo para encontrar a Valentina esperándome en la sala, con una sonrisa maliciosa y un mango perfectamente cortado en un plato.

"Ximena, querida, debes estar exhausta. Ten, come un poco de fruta. Te hará bien".

Sabía perfectamente que yo era alérgica a los mangos. Una reacción anafiláctica severa. Una muerte casi segura.

Miré el mango. Luego la miré a ella, y después a Sebastián, que observaba la escena desde el umbral de la puerta, con los brazos cruzados. Para ellos, era un juego. Para mí, era una oportunidad. La número cien.

Tomé un trozo de mango y me lo llevé a la boca sin dudar. La dulzura de la fruta fue reemplazada casi al instante por un picor en mi garganta. Mi lengua se hinchó, el aire empezó a faltarme. La muerte final. Estaba tan cerca.

Pero Sebastián reaccionó.

"¡Estúpida! ¿Qué crees que haces?"

Corrió hacia mí, me agarró del pelo y me arrastró al baño. Con una violencia brutal, me metió los dedos en la garganta, forzándome a vomitar. Mi cuerpo se convulsionó, expulsando la fruta a medio digerir.

"¡No te vas a morir así de fácil!", me gritó, su rostro contorsionado por la ira. "¿Crees que puedes decidir cuándo irte? ¡Tú no decides nada!"

Me golpeó la cara, una, dos veces. Me dejó en el suelo del baño, temblando y luchando por respirar.

"¡No vuelvas a intentar algo así! Tu vida me pertenece".

Se fue, cerrando la puerta con un portazo. Me acurruqué en el suelo frío, sintiendo las lágrimas de frustración correr por mis mejillas. La dosis no había sido suficiente. La muerte número cien se me había escapado.

Me encerré en el baño. Sebastián golpeó la puerta un par de veces, gritando que saliera, pero luego se rindió. Escuché su voz, calmando a Valentina, asegurándole que yo solo estaba haciendo un berrinche.

Me quedé dormida en el suelo frío, agotada. Cuando desperté, la hinchazón había bajado, pero mi cuerpo estaba débil. La puerta se abrió. Era Sebastián. Me lanzó un frasco de pastillas.

"Tómatelas. Son para la alergia".

Su tono era molesto, como si mi intento de suicidio hubiera sido una gran inconveniencia para él.

"Y prepárate", continuó, sin mirarme. "Mañana iremos al laboratorio. Compré uno. Vamos a averiguar cuál es el secreto de tu inmortalidad. Ese poder de regeneración tuyo podría ser muy útil... para el bebé de Valentina".

Lo miré, y por primera vez en mucho tiempo, una sonrisa se dibujó en mi rostro. Un laboratorio. Disección. Una muerte segura, científica, inescapable.

La número cien.

"Claro", le dije, con una voz ronca. "Haré lo que quieras".

Él me miró, sorprendido por mi docilidad, pero lo atribuyó a su autoridad. Se fue sin decir más, dejándome sola con mi esperanza.

Solo una muerte más.

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