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Portada de la novela La Reina Invisible: La Caída De Moretti

La Reina Invisible: La Caída De Moretti

Detrás de la inmensa fortuna de Óliver Moretti, el temido Capo, siempre estuve yo como su estratega financiera. Sin embargo, nueve años de lealtad se quebraron al descubrir su plan para despojarme de todo. La traición culminó en tragedia: perdí a nuestro hijo tras un ataque de su amante, mientras él la prefería a ella. Mi devoción ahora es pura sed de venganza. He vaciado su patrimonio y lo he denunciado. Óliver suplica clemencia, pero ya no queda nada.
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Capítulo 1

Soy la esposa de Óliver Moretti, el Capo más temido de la ciudad. Él pone la fuerza bruta, pero yo soy el cerebro que lava sus millones.

Creía que éramos reyes construyendo un imperio, hasta que descubrí que llevaba nueve años con su amante, planeando huir con el dinero que yo limpié para él.

Pero la verdadera traición no fue el robo, fue la sangre.

Esa noche en el restaurante, su amante apareció desquiciada y me pateó brutalmente en el vientre.

Caí al suelo, sintiendo cómo la vida se me escapaba entre las piernas. Estaba perdiendo a nuestro bebé.

Grité su nombre, suplicando ayuda mientras me desangraba.

Pero Óliver no corrió hacia mí.

Corrió hacia ella.

Mientras yo abortaba a su único heredero legítimo en el suelo frío, él abrazaba a la asesina de su hijo para consolarla.

"Tranquila, Nadia, estoy aquí", le susurró, dándome la espalda a mí y a su hijo muerto.

En ese instante, el amor se convirtió en un odio nuclear.

Desde la cama del hospital, transferí sus cinco millones a un paraíso fiscal y envié las pruebas de todos sus crímenes a la Comisión.

Ahora, semanas después, él ha cruzado una tormenta de nieve para encontrarme.

Está de rodillas, llorando, rogando perdón porque su imperio se desmorona y se ha dado cuenta de su error.

Lo miro sin sentir nada más que hielo.

"Querías un reino, Óliver. Ahora obsérvalo convertirse en cenizas".

Capítulo 1

Laura Vitiello POV

Tres minutos. Ese fue el tiempo exacto que me tomó transferir cinco millones de dólares de la cuenta secreta de mi esposo a un paraíso fiscal, mientras él acariciaba la mano de su amante en nuestro jardín.

Si Óliver se entera en este preciso instante, me alojaría una bala en la cabeza antes de que yo pudiera siquiera parpadear.

Pero no lo hará. Porque su arrogancia es más grande que su imperio.

Estoy de pie en la terraza de nuestra mansión. El mármol bajo mis pies descalzos está helado, pero no tanto como el vacío en mi pecho. Tengo en la mano el último informe financiero.

Los números son perfectos. Limpios. Tal como le gustan al Don. Tal como Óliver me exigió que los mantuviera durante tres años.

Miro hacia abajo. Ahí están.

Óliver Moretti. El Capo más temido de la ciudad. El hombre que mató a tres rivales con sus propias manos para conseguir la mía. El hombre que juró ante Dios y ante mi padre que me protegería con su vida.

Ahora está inclinado sobre Nadia Rossi.

Ella suelta una carcajada. Es un sonido agudo, vulgar, que atraviesa el cristal de la puerta del balcón y se clava en mis oídos como una astilla. Ella lleva un vestido que deja poco a la imaginación.

Él le toca el brazo. No es un toque casual. Es posesivo. Es el toque de un hombre que cree que es dueño de todo lo que ve.

Siento una náusea repentina. Mi estómago se retuerce violentamente. No es solo asco. Es una reacción física a la mentira que he estado viviendo.

Recuerdo cuando me trajo aquí por primera vez. Me dijo que construiríamos un reino. Yo era la hija de un soldado retirado, educada en las mejores escuelas de finanzas. Él era la fuerza bruta. Yo era el cerebro. Éramos imparables. O eso creía yo.

-Eres mi reina, Laura -me susurró la noche de bodas, con las manos manchadas de sangre ajena pero tocándome como si fuera de cristal.

Mentira.

Todo era una maldita mentira.

La semana pasada intercepté el correo. Estaba encriptado, pero Óliver olvida que yo diseñé sus protocolos de seguridad. Nueve años. Llevan nueve años juntos. Desde antes de conocerme. Desde antes de nuestra boda.

El correo detallaba un plan. Un plan para irse. Para dejarme aquí, como una imbécil, manejando los libros mientras él se llevaba el dinero que yo lavé para él.

Y mencionaban un hijo. Un bastardo. Un insulto directo a la santidad de La Famiglia.

Óliver levanta la vista hacia la terraza. Me ve.

Su expresión no cambia. Hay una impaciencia en sus ojos oscuros, como si mi presencia fuera una molestia menor, como una mosca en su copa de vino Barolo. Vuelve a mirar a Nadia. Le acaricia el dorso de la mano con el pulgar.

Ese gesto. Ese maldito gesto era mío.

Siento que la sangre se me congela en las venas. Yo no soy su esposa. No soy más que su contadora glorificada. Soy la herramienta que usó para legitimar su dinero sucio ante la Comisión.

He manchado mi alma por él. He convertido dinero de drogas y extorsión en inversiones inmobiliarias respetables.

Soy cómplice de sus crímenes. Y él me trata como a un mueble decorativo.

Respiro hondo. El aire de la mañana huele a jazmín y a traición.

Miro el papel en mi mano. Tiene su firma al final. Una autorización general que me dio hace años, cuando confiaba en mí ciegamente porque creía que yo era demasiado estúpida o demasiado enamorada para usarla en su contra.

Doy media vuelta y entro en el despacho.

La Laura que lloraba por las noches ha muerto. La Laura que esperaba un beso de buenas noches ha sido incinerada.

Extiendo el informe sobre el escritorio de caoba. Al lado, abro el libro negro. El verdadero libro. El que tiene las rutas de lavado que solo yo conozco.

Óliver cree que el dinero es poder. Se equivoca. El control del dinero es poder.

Empuño mi pluma. Mi mano no tiembla. Trazo una línea sobre una cifra en la cuenta de las Islas Caimán. Es el primer dominó.

Cuando caiga, arrastrará todo su imperio con él. Lo dejaré expuesto ante la Comisión. Sin dinero, no puede pagar a sus soldados. Sin soldados, es un hombre muerto caminando.

-Crees que soy tu canario, Óliver -susurro a la habitación vacía-. Crees que cantaré para ti hasta que decidas retorcerme el cuello.

Firmo la orden de transferencia.

-Pero no soy un canario. Soy la hoja de la guillotina. Y acabo de soltar la cuerda.

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