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Portada de la novela La reina de la mafia

La reina de la mafia

Valentina Constantini busca venganza en un Chicago dominado por seis hombres peligrosos. Para evitar una guerra abierta, las familias mafiosas proponen un pacto insólito: ella debe unirse al clan De Luca. Aunque intentan someterla bajo la promesa de protección, un secreto familiar y su linaje como hija de Emma cambian las reglas del juego. Entre el odio y la pasión, Valentina desafía su destino, demostrando que no necesita dueños para reclamar su corona.
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Capítulo 4

Me mantengo con la cabeza en alto, su estatura no me intimida, podrán medir metro ochenta, quizás metro ochenta y cinco Ángelo, pero yo mido metro setenta y cinco y tengo tacones, no, no me siento pequeña, además sé que poseo más bolas que ellos seis juntos y eso que soy mujer.

— Entonces hermosa, parece que si te intereso nuestra propuesta. — Rocco es quien habla y lo veo por el reflejo del espejo de las puertas, no creo que este molestando, parece que solo es un idiota y se lo hago saber.

— Entonces… realmente eres idiota y yo que pensé que tu forma de actuar era una estrategia, creo que espere demasiado de los De Luca. — la puerta del ascensor se abre y el empleado que está a punto de ingresar solo ve mi rostro antes de palidecer.

— Bue-buenas tardes, señorita Valenti- — aprieto el botón para que la puerta se cierre y podamos continuar descendiendo, hubiera tomado el ascensor privado, pero sería darles demasiada información a nuestros enemigos.

— Ese hombre casi se orina encima. — Ángelo ríe al comentario de Salvatore y Rocco lo acompaña, lo que me hace suspirar una vez más, inmaduros, parecen colegialas alborotadas, ¿en verdad ellos son los De Luca? Quizás es todo una treta.

— Parece que te temen niña. — Leonzio si me está provocando, lo veo en sus ojos y en la mueca que hace al decirme niña, bien, no debería, pero…

— Es así anciano, ya vez, algunas mujeres tenemos ese efecto con los perdedores. — Rocco y Ángelo ríen más estrepitosamente, lo que provoca que cierre mis ojos con molestia y lleve una de mis manos a la sien, comienza a dolerme la cabeza.

— Se el método ideal para quitar esa jaqueca.

— No sabía que te habías recibido de medico Chicco.

— Yo por ti me recibo de cualquier cosa, eres lo único que me importa, eres mi mundo Tina.

Escucho sus palabras, pero su rostro ya no es tan claro en mi memoria como antes.

— Baja tu mano o la perderás. — la voz mecánica que llena de pronto el ascensor me hace saber que Don está en el cuarto de vigilancia, siguiéndome por las cámaras del ascensor, por lo que abro los ojos y alcanzo a divisar como Ezzio baja su mano, la cual tenía extendida en mi dirección, no lo hagas Ezzio, no trates de llegar mí, no cuando quiero tu cabeza en una charola de plata.

— Tu hermano sí que te cuida. — Ezzio me ve con fijeza y achico mis ojos, viendo su reflejo, su piel es más bronceada, en él la descendencia italiana es más notoria, su cabello es color caramelo y su mirada color miel, dulce, todo él es dulce, aun con sus tatuajes grotescos que asoman por su cuello, maldición Chicco, sí que me jodiste la mente.

— Es mi mellizo, está en nosotros cuidarnos. — eso parece sorprenderlos y los entiendo, Donato y yo solo tenemos el parecido de dos hermanos comunes, mi cabello es dos tonos más claro que el de él, mis ojos son como los de mi madre, aguamarina, mientras que los de Don son avellana, como los de Prieto, además que él posee un bronceado natural, mientras mi piel es rosácea.

— Entonces ¿qué dices hermosa? ¿en verdad no te interesa ser la reina de Chicago? — Rocco se nota que es más músculos que cerebro.

— Ya se los dije, se agradece su oferta, pero no gracias, no. — repito una vez más y cuando las puertas se abren salgo primero, haciendo una seña para que permanezcan en el ascensor, algo que Leonzio no acata y sale tras de mí.

— Regresa adentro. — digo con los dientes apretados.

— Tu no me mandas niña. — veo el punto rojo en medio de su frente y muchos otros en su chaqueta, suspiro al ver el rostro preocupado de Ezzio.

— Bajen las armas y regresen a sus puestos. — ordeno al tiempo que bajo mi cabeza y tomo el puente de mi nariz con dos dedos, vamos, que me está costando controlarme, además me está matando el dolor de cabeza, y las estupideces de mis hermanos no ayudan.

— Señorita Tina, son órdenes del señor Donato. — se escucha el eco proveniente de algún lugar del amplio estacionamiento, al tiempo que los De Luca salen del ascensor, luego de detener las puertas, se me hace imposible percatarme de como los seis me rodean casi al completo, ¿no deberían usarme de escudo o algo?

— Augusto, me está dando jaqueca y no me estas ayudando. — respondo con calma, la que aparento mas no tengo, levanto mi rostro y trato de tomar una gran bocanada de aire, pero solo puedo llenar mis pulmones de sus colonias y rayos, ¿Gucci? Por lo menos en su higiene parece que si invierten el dinero que nos están haciendo perder.

— Lo siento señorita. — el silencio se expande unos segundos, donde solo es perturbado por el sonido de las botas del personal de seguridad, estoy segura de que han movilizado a casi todos.

— No sabes cómo me calientas cuando ordenas, eres como una reina.

— Y tú me follas como todo un rey, mi Chicco, mi Eliot.

— Solo tuyo Tina.

Esto se está poniendo insoportable, recordar la voz de Eliot, pero olvidar poco a poco su rostro, y los De Luca solo empeoran las cosas.

— Ahora sí, largo de mi territorio. — estoy a punto de marcharme de regreso al ascensor cuando alguien toma mi muñeca, como acto reflejo me suelto con violencia, provocando que mi brazalete se rompa y caiga, maldición, trato de tomarlo, pero Salvatore es más rápido y lo toma primero, deteniéndose a leer su inscripción. — Ustedes realmente no tienen modales. — reprocho al tiempo que le quito mi brazalete de sus manos, ahora si molesta.

— ¿Por qué la ayuda? — demanda Leonzio y solo llevo mis ojos a Ezzio.

— De Luca, no los estoy ayudando, solo trato de mantener la palabra de los Constantini, se les dijo que estarían seguros y así será, aunque… dejen de jugar con la paciencia de Donato y Lion, no querrán cocerlos enojados y mucho menos a mí.

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