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Portada de la novela La Reina de Egipto

La Reina de Egipto

Valeria, una aristócrata de Roma, es obligada a dejar su vida de privilegios para desposar al faraón Asim en Egipto. Aunque esta unión pretende asegurar la paz, la joven se ve atrapada en un entorno de intrigas letales y choques culturales. En medio de un reino regido por deidades y traiciones, ella deberá transformar su rol de pieza política en una mujer capaz de luchar por su vida. Entre el deber y una pasión prohibida, su destino desafiará al poder.
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Capítulo 3

El salón del trono resplandecía con el brillo del mediodía. Los pilares, altos como palmas, estaban decorados con inscripciones doradas que narraban victorias pasadas. Estatuas de Horus, Isis y Osiris vigilaban el recinto con ojos de piedra inmortal. El aire olía a resina de cedro y a flores frescas, traídas especialmente desde los jardines del templo de Karnak.

Asim se sentó en su trono, una estructura imponente de ébano incrustado con marfil, al pie de una escalinata corta. Vestía un pectoral de oro que brillaba sobre su pecho bronceado, y en su frente relucía la diadema con la cobra sagrada, símbolo de su linaje divino.

Las puertas del salón se abrieron con solemnidad, y el sonido de los sistros marcó la entrada de la comitiva romana.

Valeria caminó entre las columnas como una flor extranjera en suelo sagrado. Su vestido era blanco como la leche, ceñido en la cintura con una cinta de oro trenzado. Sus cabellos, oscuros y cuidadosamente dispuestos en trenzas recogidas, caían como hilos de obsidiana sobre sus hombros. Sus ojos brillaban con el mismo misterio que el Nilo en la noche. No llevaba joyas excesivas, solo un brazalete de su madre y un anillo con el sello de su casa.

Al llegar al pie del trono, hizo una reverencia. Delicada, medida. Cuando levantó la vista, sus labios formaron una pequeña sonrisa, ensayada mil veces frente al espejo.

-Gran Faraón, protector del Nilo y amado de los dioses... -dijo con dulzura- es un honor estar ante tu presencia. Soy Valeria, hija de Roma, enviada para ser tu esposa, si los dioses así lo desean... y tú lo permites.

Su voz era suave, casi melodiosa. Y en sus ojos, brillaba una inocencia casi teatral.

Asim entrecerró los ojos.

La belleza de la joven era indiscutible. Pero había algo en su tono, en la forma en que había recitado aquellas palabras, que le resultó... irritante. Sonaban vacías. Como si fuera una actriz repitiendo un libreto. ¿Era esa la mujer que había cruzado mares para unir imperios? ¿Una doncella bien adornada, sin pensamiento propio?

-Bienvenida, Valeria de Roma -respondió con cortesía impecable-. El Nilo te recibe con los brazos del sol... aunque aún no sabe si te merece.

Un leve murmullo recorrió el salón. La frase, en apariencia elegante, tenía filo. Valeria lo notó. Lo esperaba. Y no se inmutó.

Por dentro, sin embargo, lo observaba con la misma atención con la que su padre estudiaba los mapas de campaña.

*Es más joven de lo que imaginaba,* pensó. *Pero también más hombre de lo que aparentan sus años. Está curtido por el sol. Tiene fuerza en la mirada. Y la espalda de un guerrero. No se ha criado entre almohadones.*

Había decidido mostrarse dócil, incluso un poco superficial, como táctica. Roma había enseñado a sus hijas nobles que en la guerra del poder, muchas veces el arma más efectiva era la subestimación. Que el enemigo baje la guardia... y entonces se observa mejor.

Asim, por su parte, mantenía el rostro sereno. Pero sentía que aquella mujer tenía más profundidad de la que dejaba ver. Algo en su postura, en el leve movimiento de su cabeza al observar los símbolos en las columnas... No, no era una muñeca dorada enviada como sacrificio. Era una jugadora.

-¿Conoces los dioses de esta tierra? -preguntó, inclinándose hacia ella.

-Solo lo que me han enseñado los libros -respondió con humildad calculada-. Pero deseo aprender. Y agradar a los dioses... y a ti, mi señor.

Asim se alzó levemente en su trono, dejando que la luz del mediodía iluminara su rostro.

-Los dioses no piden agrado, Valeria. Piden verdad. Y Egipto... también.

Valeria bajó la vista con una sonrisa tenue. Internamente, se anotó el primer punto.

*No será fácil,* pensó. *Pero los juegos interesantes nunca lo son.*

Ambos permanecieron así, por un momento, midiendo al otro sin tocarse, como dos piezas en un tablero que aún no había sido desplegado del todo.

Y afuera, en los jardines de loto, un halcón cruzó el cielo. Quizá un augurio. O una advertencia.

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