
La Receta Perfecta para la Venganza
Capítulo 2
El aire en el lujoso apartamento de Madrid se sentía pesado, cargado con el perfume caro de Luciana y una tensión que podía cortarse.
Sostenía un documento en sus manos, un acuerdo de separación, y me lo extendió sobre la mesa de mármol.
"Iván, tienes que firmarlo."
Su voz, la misma que llenaba teatros y hechizaba a miles, ahora sonaba tensa, casi suplicante.
"Un tabloide consiguió fotos. De Leon y mías. Insinúan... cosas. Lo llaman un 'rompehogares'. Su carrera apenas comienza, no puedo permitir que esto lo destruya."
Levanté la vista del papel y la miré. Luciana Salazar, mi pareja por más de una década, la mujer por la que había pausado mi propia carrera de chef para convertirme en su sombra, su manager, su todo.
Y ahora me pedía que me echara la culpa. Que aceptara una narrativa donde yo era el infiel, el que se iba, para limpiar la imagen del hermano de su mejor amiga fallecida.
Un escalofrío helado me recorrió. Esto ya había pasado.
En mi vida anterior, me negué. Grité, discutí, le recordé los diez años que le había dedicado. El resultado fue una pesadilla. Luciana, manipulada por el llanto de Leon, me acusó públicamente de ser un maltratador y un alcohólico. Mi reputación se hizo cenizas. El estrés me consumió, despertando una enfermedad latente que me llevó a una tumba prematura.
Morí solo, en un hospital, mientras ella seguía de gira, protegiendo a su "hermanito".
Pero ahora, he renacido. Justo en este momento.
El dolor, la rabia y la humillación de esa vida pasada estaban grabados en mi alma.
Esta vez, no habría gritos. No habría súplicas.
Tomé el bolígrafo que estaba junto al acuerdo. El peso se sentía extrañamente ligero en mi mano.
"¿Dónde firmo?", pregunté con una calma que la sorprendió.
Luciana parpadeó, confundida por mi falta de resistencia. "Aquí... y aquí. Iván, sé que es mucho pedir, pero es por Leon. Se lo debo a su hermana. Ella murió por mí."
"Lo sé", dije, mi voz plana. "Murió en ese accidente de coche protegiéndote de un acosador. Me lo has contado cientos de veces."
Firmé en los espacios indicados. Mi caligrafía fue firme, sin un solo temblor.
Le deslicé el acuerdo de vuelta por la mesa.
"Ya está hecho."
Luciana me miró, una mezcla de alivio y una extraña inquietud en sus ojos. "Gracias, Iván. De verdad... no sabes cuánto significa esto para mí. Habrá una compensación generosa, por supuesto."
"No quiero tu dinero", respondí, levantándome de la silla. "Solo tengo una condición."
"La que sea", dijo ella rápidamente.
Me giré para mirarla por última vez, el amor que una vez sentí reemplazado por un vacío gélido.
"Desaparece de mi vida. Para siempre."
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