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Portada de la novela La Prometida Olvidada: El Regreso

La Prometida Olvidada: El Regreso

Sofía Romero retorna a México tras un bienio para cumplir su compromiso con Javier Solís. Sin embargo, se enfrenta a una realidad aterradora: una impostora ha robado su identidad y se ha casado con él. Despojada de su lugar y repudiada por los Solís, Sofía se niega a aceptar la derrota ante semejante traición. Junto al apoyo de Arturo, ella emprende una audaz venganza, comenzando por el bloqueo de los recursos financieros de la pareja usurpadora.
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Capítulo 2

Sofía Romero regresó a la Ciudad de México en un día soleado de junio, con el corazón lleno de la promesa de su boda. Después de dos largos años en el campo, cuidando a su abuela en sus últimos días, la capital la recibía con su ruido familiar y su cielo azul y vibrante. La boda con Javier Solís, su prometido desde la infancia, era el único pensamiento que ocupaba su mente. Un pacto entre dos de las familias más influyentes de México: los Romero, con su poder político, y los Solís, con su imperio empresarial.

Mientras el taxi avanzaba por el Paseo de la Reforma, Sofía leía una revista de sociales que había comprado en el aeropuerto. Quería ponerse al día, ver las caras conocidas, sentir que volvía a casa. Fue entonces cuando la vio. Una fotografía a página completa. Era Javier, sonriendo de oreja a oreja, con el brazo rodeando la cintura de una mujer con un vestido de novia blanco y deslumbrante.

Debajo, el pie de foto decía: "La boda del año: Javier Solís y Sofía Romero unen sus vidas en una ceremonia de ensueño".

Sofía se quedó sin aire. La mujer de la foto no era ella. Era una desconocida, una impostora que le había robado su nombre, su prometido, su vida entera. El mundo de Sofía se fracturó en un instante. El sol que brillaba afuera se sintió de pronto frío y distante.

"¿Se encuentra bien, señorita?" preguntó el taxista, mirándola por el espejo retrovisor.

Sofía no respondió. Sus dedos temblaban mientras marcaba el número de su prima, Lupita.

"Lupita, tienes que venir a buscarme," logró decir, con la voz quebrada. "Algo terrible ha pasado."

Una hora después, Lupita la encontró en un café, con la revista abierta sobre la mesa y la mirada perdida.

"No puede ser," susurró Lupita, viendo la foto. "¿Quién es esa mujer? ¿Y por qué Javier...?"

"Voy a la casa de los Solís," dijo Sofía, con una calma helada que sorprendió incluso a sí misma. "Necesito una explicación."

"Voy contigo," declaró Lupita, con la indignación brillando en sus ojos. "No te dejaré sola en esto."

La mansión de los Solís en Las Lomas era tan imponente como siempre, un monolito de piedra y cristal que simbolizaba el poder de la familia. La madre de Javier, una mujer de gestos fríos y sonrisa calculada, las recibió en el vestíbulo.

"¿Sofía? ¿Qué haces aquí?" preguntó la señora Solís, con una confusión que parecía genuina.

"Vengo a ver a Javier," respondió Sofía, manteniendo la compostura. "Necesito hablar con él sobre nuestra boda."

La señora Solís frunció el ceño. "Pero, querida... la boda ya fue. Te casaste con mi hijo hace un mes. Fue una ceremonia preciosa."

Miró a Sofía de arriba abajo, como si la viera por primera vez.

"Tú no eres Sofía," dijo finalmente, con una certeza aterradora. "Mi nuera está arriba, descansando. No sé quién eres tú, ni qué pretendes, pero te pido que te marches."

"¿Que me marche?" la voz de Lupita estalló, incrédula. "¡Esta es la verdadera Sofía Romero! ¡La hija de Ricardo y Elena Romero! ¿Se han vuelto todos locos?"

"No sé de qué hablas," insistió la señora Solís, retrocediendo un paso, su rostro una máscara de desdén. "Seguridad, por favor acompañen a estas señoritas a la salida."

Mientras dos guardias de seguridad las escoltaban hacia la puerta, Sofía sintió que la rabia desplazaba al dolor. Había pasado los últimos dos años alejada de todo, dedicada en cuerpo y alma a su abuela. Había confiado en Javier, en el pacto que sus familias habían hecho, en la vida que se suponía que debían construir juntos. Y en su ausencia, ellos la habían borrado.

Esa tarde, sentada en el apartamento de Lupita, con la revista de sociedad aún frente a ella, Sofía repasó los hechos. La impostora, Valeria Castro, según descubrió Lupita con unas cuantas llamadas, había estado viviendo su vida. Asistiendo a eventos, usando su nombre, y finalmente, casándose con su prometido. Javier, el hombre que le había jurado amor eterno, la había traicionado de la forma más cruel y humillante posible.

"¿Qué vas a hacer?" preguntó Lupita, con la voz cargada de preocupación.

Sofía levantó la vista. La tristeza había desaparecido de sus ojos, reemplazada por una determinación de acero. Este no era solo un corazón roto, era un ataque a su identidad, a su honor, al nombre de su familia.

"No voy a permitir que se salgan con la suya," dijo Sofía con una voz fría y controlada.

Sacó su teléfono y no llamó a sus padres. Aún no. Primero, iba a darles una probada de su propia medicina. Marcó el número del gestor de su familia.

"Arturo, soy Sofía Romero," dijo, su voz firme. "Necesito que congeles inmediatamente la cuenta conjunta de la boda que tengo con Javier Solís. Sí, la que tiene los fondos para el desarrollo de su nueva línea de boutiques. Bloquéala por completo. Código de seguridad: 'Abuela Rosa'."

Hubo una pausa en la línea.

"Entendido, señorita Sofía. Procedo de inmediato."

"Gracias, Arturo."

Colgó el teléfono y miró a Lupita.

"Mañana, las boutiques de lujo de Javier Solís van a tener un día muy, muy complicado," dijo Sofía, con la primera sombra de una sonrisa vengativa en sus labios. "Y esto es solo el principio."

El caos estalló al día siguiente en la boutique insignia de Solís en Polanco, un templo del lujo y la exclusividad. Las terminales de pago no funcionaban. Las tarjetas de crédito eran rechazadas una tras otra. Los clientes, acostumbrados a un servicio impecable, empezaron a quejarse en voz alta. Los gerentes corrían de un lado a otro, pálidos y sudorosos, sin poder dar una explicación. La noticia del desastre financiero se extendió como la pólvora entre los círculos de la élite de la ciudad. Sofía, observando desde un café al otro lado de la calle con Lupita, sintió una pequeña y amarga satisfacción. La guerra había comenzado.

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