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Portada de la novela La Promesa Rota, El Amor Rescatado

La Promesa Rota, El Amor Rescatado

Guiado por una profecía, Mateo Vargas vuelve a la vida de su exnovia. El antes cálido hombre es ahora un cirujano gélido cuyo rechazo a salvar al padre de ella provoca un desenlace fatal. Tras un accidente que le borra la memoria, ella despierta en un matrimonio ficticio con Mateo. Al recordar la verdad y su embarazo, descubre el trauma tras la crueldad de su esposo. Ante este secreto, deberá decidir si perdonar o sucumbir al rencor pasado.
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Capítulo 3

Los días en el hospital se convirtieron en una tortura.

Mateo y yo nos cruzábamos en los pasillos, en el quirófano, en las reuniones. Su presencia era constante, pero su distancia era un muro de hielo.

"Doctora Navarro, el informe del paciente de la 302".

"Doctor Vargas, las suturas".

Éramos dos extraños que compartían un espacio vital. La tensión era tan densa que se podía cortar con un bisturí.

Isabela aparecía a menudo. Siempre perfecta, siempre sonriente. Traía regalos, organizaba eventos, se aseguraba de que todo el mundo supiera que ella era la futura señora Vargas.

Una tarde, nos la encontramos en la cafetería. Mateo estaba revisando unas radiografías. Ella se sentó a su lado y le pasó un brazo por los hombros.

"Cariño, no trabajes tanto", le dijo, y luego me miró. "Desde que estamos juntos, Mateo sonríe más. ¿No te parece, Sofía?".

Mateo levantó la vista de las radiografías, y por un instante, vi una sombra en sus ojos. Pero desapareció tan rápido como había llegado.

"Isabela tiene razón. Me cuida bien", dijo, sin mirarme.

Me levanté, incapaz de soportarlo.

"Tengo que ver a un paciente", mentí.

El director del hospital me llamó a su despacho.

"Doctora Navarro, su rendimiento es impecable, como siempre. Pero he notado cierta... fricción con el doctor Vargas".

Me quedé en silencio.

"Ambos son los mejores. Necesito que trabajen en equipo. Que dejen a un lado sus diferencias personales. Sean profesionales".

¿Diferencias personales? Él me odiaba. Y yo... yo no sabía qué sentía.

Esa tarde, lo encontré solo en su despacho. La puerta estaba entreabierta.

"Mateo, por favor", empecé. "Solo quiero que entiendas por qué lo hice. Hace seis años..."

"No me interesa", me cortó, sin levantar la vista de sus papeles. "El pasado está muerto. Concéntrate en tu trabajo".

Su voz era tan afilada como un bisturí. Cerró la puerta a cualquier explicación.

Los chismes empezaron a correr por el hospital.

"Pobre Isabela, tener que aguantar a la ex resentida de su prometido".

"Dicen que ella lo dejó tirado por otro".

"Es una trepa. Seguro que ahora quiere volver con él porque es famoso".

Las palabras de Isabela, sembradas con malicia, habían florecido en un jardín de mentiras. Me sentía sola, juzgada.

Una tarde, al pasar por el despacho de Mateo, oí voces dentro. Era su mejor amigo, Lucas, que había venido de visita.

Me detuve, con la mano en el pomo de la puerta.

"No entiendo por qué la tratas así, tío", decía Lucas. "Sabes que no te traicionó".

Mi corazón se detuvo.

"Además", continuó Lucas. "Tú ya sabes la verdad de por qué canceló tu plaza en Berlín hace años. Te lo conté yo mismo cuando me enteré".

El suelo desapareció bajo mis pies.

Él lo sabía.

Lo sabía todo.

Sabía que yo había sacrificado mi sueño por él. Sabía que no lo había traicionado. Y aun así... aun así me había tratado con esa crueldad. Todo este tiempo.

El dolor fue tan intenso que me costó respirar.

Abrí la puerta de golpe.

Los dos me miraron, sorprendidos.

"¿Lo sabías?", le pregunté a Mateo, con la voz rota. "¿Todo este tiempo, lo sabías?".

Él no respondió. Solo me miró con esos ojos fríos e inexpresivos. Pero esta vez, vi algo más. Pánico.

No dijo nada. Se levantó y salió del despacho, dejándome allí con Lucas y la verdad, que era más dolorosa que cualquier mentira.

Justo en ese momento, sonó la alarma de emergencias. Un código rojo.

"Accidente múltiple en la A-1. Se necesita equipo de trauma en urgencias", sonó por los altavoces.

Mateo y yo nos miramos. El deber nos llamaba.

En el caos de urgencias, trabajamos codo con codo. Nuestras manos se movían con una sincronía perfecta, como si nunca nos hubiéramos separado. Salvamos a un hombre con el pecho destrozado.

Cuando terminamos, cubiertos de sangre que no era nuestra, él me miró.

"Buen trabajo, doctora", dijo, su voz puramente profesional.

Y se fue.

No había cambiado nada. Mi dolor personal no significaba nada para él.

Subí a la azotea del hospital. Necesitaba aire. Necesitaba escapar de él, de su recuerdo, de este dolor que me ahogaba.

Vi un helicóptero de la UME preparándose para despegar.

"Incendio forestal en la Sierra de Guadarrama", me dijo una enfermera. "Necesitan médicos voluntarios".

"Voy yo", dije sin pensarlo.

Cualquier cosa era mejor que quedarme aquí.

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