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Portada de la novela La piel no olvida

La piel no olvida

Nuestra piel actúa como un archivo eterno de cada contacto y herida sufrida. Ariel ha vivido siempre bajo un manto de apatía, convencida de que el amor es incapaz de alterar su fría existencia. No obstante, la irrupción de un hombre desconocido desafía su desapego de forma radical. Esta narrativa se aleja de los clichés románticos tradicionales, planteando un comienzo atípico y garantizando un cierre que romperá con todas las expectativas del lector.
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Capítulo 3

Como de costumbre el antro más frecuentado de todo el pueblo y a la vez el más odiado estaba rebosante de borrachos, algunos reían a carcajadas limpia, rozando ya la locura, en cambio otros lloraban en la falda de alguna camarera. Lo único que se podía decir de aquel bar era que quien entraba por esa puerta, aunque fuese por unos instantes, olvidaba la vida de fuera.

Entre los borrachos que lloraban en la barra estaba uno que destacaba entre todos ellos por el dolor que desprendía su mirada. Su barba estaba crecida y su sed de vodka parecía nunca saciarse. El hombre observaba con la cabeza encima de la mesa con atención el vaso y después la botella, y así sucesivamente. Tan fascinado con ellos, como un artista deleitándose con su obra, como un padre observando a su bebé.

Lloró de la amargura mientras ya sus lágrimas resbalaban por su rostro, mojando primero su rostro para terminar en su barba. La no tan joven camarera le observaba negando apenada con la cabeza. Parecía que ese hombre jamás volvería a recuperar el rumbo de su vida. Hacía tiempo que había dejado de ser el hijo mimado de los ricos del pueblo para convertirse en un borracho con el alma rota por un error del pasado.

La mujer de mediana edad, rizos negros, y piel del mismo color, negó de nuevo, ahora enfadada.

—¡Hunter!—gritó la mujer.

Hunter clavó sus ojos ámbar molesto con ella.

—Delilah…—susurró él, molesto por el trato de su compañera de penas.

—¿Por qué te haces esto? ¡Dime! ¡¿Es más fácil quedarte ahí quieto compadeciéndote de ti mismo?! —exigió ella. Para poco después y ante la mirada atenta de su jefe, servir unas cervezas con una sonrisa postiza a un par de borrachos quienes no dudaron en soltar un par de piropos pasados de tono. La mujer asqueada los ignora y vuelve junto a Hunter.

Este sonríe sin ganas.

—Delilah ¿te has enamorado de verdad, de la buena, alguna vez? —preguntó ignorando que los borrachos no habían abandonado su intento de humillar a su amiga sino que por lo contrario había ido en aumento.

—¡Negrata, ven a chupármela!—gritó uno mientras levantaba las manos al aire para llamar la atención de la mujer al ver que habían sido ignorados.

Hunter intentó calmarse mientras clavaba su mirada en su amiga.

—No te culpes por no haberlo sabido en su momento, eras joven, ella era joven…Hunter, deja que el pasado se quede en el pasado—aclaró la mujer mirándolo con melancolía, recordando a su gran amor del pasado, el problema es que ella sabía que él no se arrepentía como Hunter—¡No me obliguéis a llamar a la poli!—añade seguidamente volviendo a la realidad, cuando uno de los borrachos directamente se sube a la barra con intenciones de querer toquetearla. Hunter blanquea los ojos mientras ríe cansado. Parecía que los problemas lo buscaran a él.

—¿De q…Qué te ríes?—pregunta el amigo del otro, quien aún seguía sentado al lado de Hunter, molesto ante su actitud.

Nadie se había atrevido a humillarlos, Delilah era solo una más de la lista, ya habían abusado bajo el beneplácito del jefe del bar de todas las camareras y ella no iba a escaparse de ellos, después de todo eran los sobrinos del jefe del mismo.

—Hunter contrólate, estos hombres se van a ir, estoy bien… No necesitas más escándalos—declara la mujer mirando al joven sabiendo que Hunter era capaz de dejarlos muertos si se dejaba llevar por su carácter.

—De vosotros—habla finalmente Hunter dejando de la copa encima de la mesa para saltar detrás de la barra ignorando la advertencia de su amiga.

Los borrachos se rieron prácticamente al unísono.

—El hijo de los Lambros cree poder golpearnos…—dijo uno de ellos mirando a su compañero con reciprocidad.

—Corrección. El hijo de los Lambros va a golpearos—aclaró con sorna el joven antes de saltar encima de ellos.

(***)

Los ojos de Hunter se sorprenden ante el suave tacto femenino de una mujer, olía a lavanda y el tacto era delirante. Suspiró con fuerza al ver la herida en su pecho, pecho que estaba al descubierto y atentamente atendido por una joven monja.

—¿Ya ha despertado?—preguntó con desesperación Delilah a la joven que lo atendía.

—Se ve que si, no te preocupes Delilah, se pondrá bien—respondió la hermosa joven, Hunter por su parte ni siquiera podía divisar su rostro, lo veía todo con los ojos entrecerrados. Había mucha luz. Demasiada para su gusto.

Melanie, la joven monja, hija de la arpía más temida de la pequeña población, era quien como siempre había atendido a la llamada de socorro. Siempre estaba dispuesta a ayudar, era su deber moral con el mundo. Ella sentía que el papel que tenemos en la vida de los demás siempre debía ser pulcro e inocente. Así que ahí estaba ella, en medio de dos hombres atractivos, cualquier otra mujer ya hubiese intentado sacar tajada de la situación pero no Melanie.

—Muchas gracias, Melanie, tienes el corazón de oro. Sabía que podíamos confiar en ti—sonó la voz del hermano de Hunter, Robert, e hizo que todos los sentidos de nuestra joven monja, todos ellos se activaran.

Ese hombre encendía sentimientos que creía tener anulados, intentó recomponerse sacudiendo así la cabeza en un intento de alejar esos delirios de su cabeza, entre el hombre que había atendido y su hermano se iba a volver loca. Suficiente esfuerzo hacía por no sonrojarse ante los presentes.

—No os preocupéis, mis labios están sellados. No es nada—sonrió la joven sin siquiera mirarle los ojos al mediano de los Lambros, no era capaz—Si me permitís, ya me voy—añadió alejándose del moribundo cuerpo de Hunter.

—Eres un ángel—respondió Delilah abrazándola.

—No exagere—susurró la joven queriendo restarle importancia después de haberle correspondido el abrazo. Para después acabar marchándose de la habitación donde se encontraban.

Estaban en la vieja casa de Delilah, no era pequeña pero sino fuese por esa habitación parecería abandonada, como un escenario perfecto para una película de terror.

Suspiró con fuerza, mordiéndose el labio inferior, observando des del Hunter de la puerta a Robert Lambros y luego a Hunter. Si hubiese sido por ella, lo habría dejado morirse, por rata y traidor, pero no había podido negarse ante la petición de Delilah y menos la del doctor. Robert…¿Se acordaría de ella después de tantos años? Al parecer no, y eso a pesar de ser lo mejor, muy en el fondo le dolía.

Miró su reflejo en el espejo, recordando que los hábitos que llevaba le prohibían todo pecado incluso la rabia, el odio y sobre todo la lujuria que podría sentir por cualquier hombre. Debería mantenerse en su papel, se dijo. Ella ya no era una mujer corriente.

Así que con toda la compostura que podía mantener, salió de la casa de Delilah con paso firme hacia el convento. Aunque en verdad sabía que debería mantenerse alejada de los Lambros por el bien colectivo. Nada bueno podría salir de eso, no quería jugar con ese fuego, Melanie siempre fue lo opuesto a alguien pirómano. De hecho, era precavida y seria.

Su larga melena negra lisa, sus pequeños labios rosas, su nariz fina y esbelta, hacían de su persona, un rostro y un cuerpo agradable a la vista. Pero, común. No destacaría, a diferencia de Ariel, ella no era el oasis en el desierto para el género masculino. Y eso, hasta este punto, nunca la había importado lo suficiente como para ponerlo en relevo.

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