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Portada de la novela La obsesión del mafioso.

La obsesión del mafioso.

La existencia de Aisa se desmorona tras descubrir que su padre, a quien tanto admiraba, lidera una red criminal. Este secreto la arrastra a un escenario sangriento donde se convierte en la presa de Hierro, un despiadado narcotraficante con gran poder. Lo que inicia como una persecución por venganza pronto deriva en una fijación oscura, pues el criminal desarrolla una obsesión perturbadora por ella que pone en riesgo su vida y libertad.
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Capítulo 3

Estaba recostado en la cama, las sábanas revueltas, mientras Marcela jugueteaba con los bordes de mi camisa, sus dedos deslizándose de manera lenta y calculada. Podía sentir su mirada sobre mí, buscando algo que yo no le daría, pero era útil por ahora. **Muy útil**. Su cercanía a los Cienfuegos, su habilidad para infiltrarse en su círculo, había sido clave para mis planes. Pero todo tenía un límite, y mi paciencia también.

-Alisa, la niña angelical -dije con desprecio, observando el techo-. La hija del miserable que me arrebató a mis padres. Lo único que deseo es verla muerta, pero debo ser paciente.

Marcela soltó una risa suave, cargada de veneno.

-Tanto esfuerzo para convertirte en el narcotraficante más poderoso de México y, sin embargo, sigues pensando en ella -susurró, mientras se inclinaba hacia mí-. Pobre niña... ¿Sabías que es virgen? Qué patético.

Giré el rostro, mirándola sin emoción.

-No me llames "mi amor" -respondí fríamente-. Lo nuestro es solo sexo, Marcela. No confundas las cosas.

Ella frunció el ceño, ofendida, pero recuperó su compostura rápidamente. Me conocía lo suficiente para saber que no le serviría de nada insistir en sus ilusiones.

-Pero yo te amo, Cris... -susurró, intentando sonar sincera, aunque su tono de voz era más suplicante.

-Yo no -le respondí sin rodeos, encendiendo un cigarrillo-. Así que, Alisa es virgen, ¿eh? Debe ser una existencia aburrida, frágil... patética.

Marcela me miró con una sonrisa, aunque podía ver el dolor escondido detrás de sus ojos.

-Es insufrible esa niña. Siempre ha sido tan... perfecta. Me da asco.

La miré, exhalando el humo lentamente, sintiendo cómo la rabia volvía a apoderarse de mí al pensar en Alisa. Mi venganza estaba cerca, pero necesitaba que todo fuera perfecto. No podía fallar ahora.

-Tendrá lo que se merece -dije con una sonrisa fría.

Sabía que la quería muerta, pero aún no era el momento adecuado. Cada fibra de mi ser ardía por venganza, pero si algo había aprendido en estos años es que la paciencia siempre era recompensada. Me alejé de la cama sin mirar atrás, dejando a Marcela entre las sábanas. Ella no era más que una herramienta en mi plan, una que terminaría desechando cuando ya no me fuera útil. Me vestí rápidamente, ajustando la camisa y el reloj de manera casi automática, mientras mi mente seguía dando vueltas a lo que venía.

Bajé las escaleras hasta la sala, donde mi hermano Oscar me esperaba. Su figura recia y esa cicatriz que le atravesaba el rostro eran un recordatorio constante de lo que nos habían arrebatado. Él me había salvado de aquel incendio que mató a nuestros padres, y aunque no lo decía en voz alta, sabía que su odio era tan profundo como el mío.

—Oscar —dije con firmeza, cruzándome de brazos al verlo—. No quiero que hagas ninguna tontería en mi ausencia.

Su mirada se endureció. Sabía que no le gustaba que lo tratara con cautela, pero no tenía opción. Era demasiado impulsivo, demasiado peligroso.

—¿Tontería? —replicó, alzando una ceja—. Sé que nuestro objetivo ya llegó a la ciudad, Cristián. Esa maldita Alisa está aquí, a nuestro alcance, y tú sigues esperando.

Pude notar la frustración en su voz, ese deseo insaciable de venganza que también me quemaba por dentro. Pero a diferencia de él, yo no me dejaba llevar por la ira.

—No es el momento aún —respondí con calma, aunque por dentro, también sentía la impaciencia golpeando.

—¿Cuándo será el maldito momento, Cristián? —gruñó, dando un paso hacia mí—. ¡La quiero muerta! ¡Ahora!

Lo miré fijamente, dejando que el silencio se instalara entre nosotros por un instante.

—La vamos a matar —dije finalmente, despacio, midiendo cada palabra—. Pero no ahora. Si lo hacemos sin planearlo bien, podríamos perderlo todo. Y lo sabes.

Oscar apretó los puños, su respiración se aceleraba, pero no dijo nada. Sabía que tenía razón, aunque el deseo de venganza lo cegaba a veces.

—Hay que planearlo bien, hermano. —Me acerqué a él y puse una mano sobre su hombro—. Cuando llegue el momento, Alisa pagará por lo que nos hizo. Y será mucho más que solo su muerte. La vamos a destruir, poco a poco.

Él asintió, aunque su rabia no se apagaba del todo. Sabía que sería difícil contenerlo, pero también sabía que cuando llegara el momento, nuestra venganza sería devastadora.

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