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Portada de la novela La Novia Que Apostó Todo

La Novia Que Apostó Todo

Tras su enlace nupcial, Isabella enfrenta una realidad devastadora: Marco, su marido, ha dilapidado su dote y el capital familiar en el póker frente al astuto Ricardo. Lejos de sucumbir ante la traición y la ruina provocadas por este estafador, ella abandona su vulnerabilidad para forjar una voluntad de hierro. Sin piedad por Marco, Isabella decide intervenir personalmente. Arriesgando sus posesiones restantes, desafía a Ricardo a una partida definitiva.
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Capítulo 2

La noche de mi boda, el aire todavía olía a flores y a fiesta, pero la música se había callado hacía horas, los invitados se habían ido y la casa estaba en un silencio pesado, un silencio que se sentía más ruidoso que cualquier canción.

Llevaba puesto mi vestido de novia, una masa de encaje blanco que ahora se sentía como un disfraz, una mentira.

Marco, mi prometido, el hombre con el que me había casado esa misma tarde, no estaba a mi lado.

Estaba en una partida de póker clandestina, una de esas que organizaba su supuesto "mejor amigo", Ricardo, y su bola de buitres.

Y ahí, en medio del humo de cigarro y el olor a alcohol barato, Marco perdió todo.

No solo su dinero, sino el mío, la dote de mi familia, el dinero que mis padres habían ahorrado toda su vida para asegurar mi futuro.

Todo se fue en una sola noche, en una sola mano de cartas.

El sol empezó a asomarse por la ventana, pintando el cielo de un gris pálido, y yo seguía sentada en el borde de la cama, con el vestido puesto, esperando.

Fue entonces cuando escuché el sonido.

Un ruido suave, casi imperceptible, en la puerta principal.

Luego, silencio.

Pasaron minutos, quizás una hora, no lo sé bien.

Me levanté, el vestido crujiendo con cada paso, y caminé hacia la puerta.

Ahí estaba él, de rodillas en el pasillo, con la cabeza gacha.

Su traje, el mismo que usó en el altar, estaba arrugado y sucio, olía a derrota.

No se atrevía a mirarme, no se atrevía a tocar el timbre, no se atrevía a entrar a la que ahora era nuestra casa.

Marco se quedó ahí arrodillado, temblando, una figura patética de vergüenza y miedo.

Yo lo miré a través de la mirilla, mi corazón era una piedra fría en mi pecho.

No sentí lástima. No sentí rabia.

Solo un vacío inmenso.

Me di la vuelta y regresé a la habitación.

No abrí la puerta.

Pasé la noche sola, en nuestra cama matrimonial, escuchando el sonido de su respiración entrecortada al otro lado de la madera.

La primera noche de nuestro matrimonio, él la pasó en el suelo del pasillo y yo la pasé velando los restos de nuestra vida.

Al día siguiente, cuando el sol ya estaba alto, finalmente abrí la puerta.

Marco seguía ahí, acurrucado en el suelo, dormido, con la cara manchada de lágrimas secas.

Lo desperté con un suave toque de mi pie.

Abrió los ojos, y al verme, el pánico se apoderó de su rostro. Se puso de pie de un salto, tropezando con sus propias piernas.

"Isabella... yo... perdóname, por favor, perdóname... lo perdí todo...".

Su voz era un susurro roto.

Yo no dije nada.

Entré a la casa y él me siguió como un perro apaleado, cerrando la puerta detrás de él.

Me senté en el sofá, el mismo donde habíamos planeado nuestro futuro, y lo miré fijamente.

Él no aguantó la mirada.

"Lo siento tanto... Isabella... soy un idiota, un estúpido... Ricardo... él me dijo que era una mano segura...".

Saqué unos papeles de mi bolso y los puse sobre la mesa de centro.

Eran los títulos de propiedad de una pequeña casa que había heredado de mi abuela, una propiedad que Marco no sabía que yo tenía.

Él miró los papeles sin entender.

"¿Qué es esto?", preguntó.

"Es mi nueva dote", dije, mi voz sonaba tranquila, demasiado tranquila.

Levanté la vista y lo miré directamente a los ojos, sintiendo cómo una fuerza nueva, dura y fría, crecía dentro de mí.

"Llama a Ricardo".

Marco parpadeó, confundido.

"¿Qué?".

"Llama a tu amigo Ricardo", repetí, articulando cada palabra con una claridad mortal. "Dile que quiero jugar".

Sus ojos se abrieron como platos, una mezcla de horror y confusión en su cara.

"Isabella... no... no puedes estar hablando en serio... perdimos todo...".

"No perdimos nada", lo interrumpí, mi voz cortante como un cuchillo. "Tú perdiste. Yo voy a recuperarlo".

Tomé los papeles de la mesa y los sostuve frente a su cara.

"Dile que apuesto esto".

Él miraba los papeles y luego a mí, como si estuviera viendo a una extraña.

Y tal vez lo era.

La Isabella que se casó con él ayer ya no existía.

En su lugar, había alguien más, alguien forjado en la traición de una noche.

"Dile", insistí, y en mi voz había una orden que no admitía réplica, "que vamos a jugar otra vez".

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