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Portada de la novela La Novia Comprada del Multimillonario

La Novia Comprada del Multimillonario

Lo que Francesca Dubois vivió como un romance idílico en el Caribe con Dorian Leblanc se transforma en una pesadilla al volver a Francia. Descubre que su padre, consumido por las deudas de juego, la ha vendido a Dorian. El hombre que amaba es en realidad el implacable «Tiburón de París», quien orquestó la ruina de su familia para poseerla. Ahora, prisionera en un entorno de lujo, Francesca lucha por no ceder ante la oscura obsesión de su dueño.
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Capítulo 1

El perfume del Caribe todavía se sentía impregnado en los poros de mi piel, o quizá era solo el fantasma de un recuerdo que se negaba a morir. Cerré los ojos por un segundo, tratando de recuperar el calor del sol sobre mi rostro y el sonido de las olas rompiendo contra el casco del crucero. Pero al abrirlos, la realidad me golpeó con la frialdad de un bloque de hielo. No había palmeras, ni arena blanca, ni libertad. Solo las paredes de cristal de una oficina en el piso cincuenta de un rascacielos en París y el olor rancio de la derrota de mi padre.

-Francesca, por favor, trata de entender -murmuró mi padre, Jean-Pierre Dubois. Estaba de pie junto a la ventana, dándome la espalda. Sus hombros, antes anchos y orgullosos, estaban hundidos bajo el peso de su propia cobardía.

-¿Entender qué, papá? -Mi voz salió como un hilo roto-. ¿Qué me traes a esta oficina como si fuera un activo que vas a liquidar? Dijiste que teníamos una reunión con un inversor para salvar el patrimonio familiar.

Él se giró lentamente. Tenía las ojeras profundas y las manos le temblaban. En ese momento supe que la fortuna de los Dubois, esa que se había construido durante generaciones, no solo estaba en peligro. Se había esfumado.

-He tomado malas decisiones, ma chérie. El juego, las malas inversiones en el mercado asiático... lo perdí todo. Incluso la mansión de Burdeos.

-¿Incluso mi vida? -le espeté, dando un paso hacia él. El corazón me latía tan fuerte que sentía que me iba a desgarrar el pecho-. ¿Quién es ese hombre al que le debemos tanto que ni vendiendo nuestro apellido podemos pagarle?

La puerta doble de la sala de juntas se abrió con un sonido seco, casi como un disparo. Me quedé helada. Los pasos que resonaron contra el mármol eran rítmicos, pesados, cargados de una autoridad que no necesitaba palabras para ser impuesta. Me giré con la barbilla en alto, dispuesta a escupirle mi desprecio al hombre que nos estaba destruyendo, pero el aire se me escapó de los pulmones en un gemido ahogado.

El mundo se detuvo.

Frente a mí, ajustándose los puños de una camisa negra que costaba más que la educación universitaria de cualquier persona normal, estaba él. El hombre que me había sostenido la cintura mientras bailábamos bajo la luna en la cubierta del barco. El hombre cuyos labios habían recorrido cada centímetro de mi espalda hace apenas tres noches. El hombre al que le había susurrado mis secretos más íntimos en la oscuridad de una suite de lujo, creyendo que el destino finalmente me había sonreído.

Dorian Leblanc.

Pero ya no era el Dorian del crucero. Ya no había rastro de esa sonrisa pícara ni de la ternura en su mirada. Su rostro era una máscara de piedra, tallada por el cinismo y el poder.

-Dorian... -susurré, sintiendo que las piernas me fallaban.

Él ni siquiera se inmutó al oír mi voz. Caminó hasta la cabecera de la mesa y dejó una carpeta de cuero negro sobre la superficie. Se sentó con la elegancia de un depredador que sabe que su presa no tiene adónde ir.

-Señor Dubois, puede retirarse -dijo Dorian. Su voz era un barítono profundo que vibraba en el aire, pero tan fría que me dio escalofríos-. Su parte del trato ha terminado.

-Espera, ¿qué? -Miré a mi padre, esperando que dijera algo, que me defendiera. Pero él simplemente agachó la cabeza, tomó su maletín y salió de la sala sin dedicarme una sola mirada. La puerta se cerró tras él, y el sonido del pestillo encajando fue como el cierre de una celda.

Me quedé a solas con mi verdugo.

-¿Qué significa esto, Dorian? -le pregunté, acercándome a la mesa. Mis manos temblaban tanto que tuve que apoyarlas en el respaldo de una silla-. ¿Es una broma? ¿Todo lo que pasó en el barco fue un plan?

Él levantó la vista. Sus ojos, de un gris tormentoso, recorrieron mi cuerpo de arriba abajo, pero no con amor, sino con el escrutinio de un tasador de arte.

-En el barco nos conocimos, Francesca. Aquí, hacemos negocios -respondió con una calma exasperante-. Y no, no fue un plan. Simplemente fue una coincidencia afortunada que la hija del hombre que me debe cincuenta millones de euros resultara ser tan... entretenida.

Sentí una bofetada invisible en el rostro. "Entretenida". Las noches en las que creí que nuestras almas se habían conectado no habían sido más que un pasatiempo para el "Tiburón de París".

-Eres un monstruo -le siseé, las lágrimas de rabia empezando a quemar mis párpados-. Mi padre es un idiota por confiar en ti, pero tú eres un criminal si crees que puedes cobrarte una deuda financiera conmigo. ¡Estamos en el siglo veintiuno! No puedes comprar a una persona.

Dorian se puso de pie lentamente. Es mucho más alto de lo que recordaba, una presencia imponente que parecía absorber toda la luz de la habitación. Rodeó la mesa y se detuvo a centímetros de mí. Podía oler su perfume: sándalo, tabaco caro y el aroma inconfundible del dinero sucio.

-No te compré en una subasta, Francesca. Tu padre firmó un contrato de transferencia de activos. Y tú, legalmente, eres el activo más valioso que posee -se inclinó hacia mí, su aliento rozando mi oído-. Si yo no hubiera intervenido, estarías en manos de los prestamistas rusos a los que tu padre les debe la otra mitad. Y créeme, ellos no te habrían puesto en una oficina elegante. Te habrían puesto en un burdel de los suburbios.

-¿Y tú qué me vas a hacer? -le pregunté, clavando mis uñas en las palmas de mis manos-. ¿Me vas a obligar a ser tu secretaria? ¿Tu trofeo?

Dorian soltó una carcajada seca, sin una pizca de humor. Estiró la mano y, antes de que pudiera reaccionar, tomó un mechón de mi cabello castaño y lo enredó en sus dedos. El contacto envió una descarga eléctrica a través de mi cuerpo que odié con cada fibra de mi ser.

-Quiero lo que me prometiste en el crucero, Francesca. Quiero tu devoción, tu presencia y tu cuerpo. Pero esta vez, no será un regalo. Será un pago.

-Nunca -le escupí-. Puedes obligarme a estar en tu casa, puedes encerrarme, pero jamás volveré a dejar que me toques de esa manera. Te odio con todo lo que soy.

Dorian apretó un poco más el mechón de cabello, obligándome a inclinar la cabeza hacia atrás para mirarlo a los ojos. Había una oscuridad en ellos que me hizo darme cuenta de que el hombre del crucero nunca existió. Era solo una carnada.

-El odio es una emoción muy cercana a la pasión, ma petite. Y tengo mucho tiempo para recordarte por qué gritabas mi nombre bajo las estrellas -soltó mi cabello con desprecio y regresó a su escritorio-. Tienes dos horas para ir a tu casa y empacar lo esencial. Un chofer te recogerá. A partir de esta noche, vives en mi ático.

-¿Y si me niego? -lo desafié, aunque sabía la respuesta.

-Si no subes a ese coche, tu padre dormirá en una celda de alta seguridad por fraude fiscal y malversación mañana por la mañana. Yo tengo los documentos. Yo tengo el poder. Y ahora, te tengo a ti.

Me quedé allí, de pie en medio de esa oficina de cristal, sintiendo cómo mi mundo se desmoronaba. Había sido vendida por el hombre que debía protegerme al hombre que me había enseñado lo que era el deseo solo para usarlo como un arma.

-No eres un hombre, Dorian Leblanc -dije antes de caminar hacia la salida-. Eres un animal.

-Quizás -respondió él, sin levantar la vista de sus papeles-. Pero soy el animal que ahora es dueño de tu jaula. No llegues tarde, Francesca. No me gusta que mis adquisiciones me hagan esperar.

Salí de la oficina con el alma en pedazos. El aire de París se sentía pesado, como si el cielo mismo estuviera a punto de desplomarse. Había vuelto del Caribe creyendo en el destino, pero el destino resultó ser un contrato firmado con sangre y deudas.

Dorian Leblanc me quería, y me había comprado. Pero lo que él no sabía era que, aunque pudiera poseer mi cuerpo, yo iba a convertir su ático en un infierno del que él también querría escapar. El juego de poder acababa de empezar, y yo no iba a ser una novia sumisa. Iba a ser su ruina.

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