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La mujer que conquistó al CEO

Después de un asombroso cambio de imagen, Marisol enfrenta el colapso de su matrimonio al hallar a su marido con otra en su aniversario. Decidida a reconstruir su vida, ingresa a una empresa donde conoce a Leonardo, su jefe, ignorando que él es el dueño del imperio. Leonardo ha guardado sentimientos por ella desde la juventud y ahora debe lidiar con ese amor oculto. Juntos vivirán un romance ardiente amenazado por secretos y sombras del pasado.
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Capítulo 1

-Tengo que irme -dije, levantándome de la cama y comenzando a vestirme rápidamente. Las sábanas aún guardaban el calor de nuestros cuerpos, pero yo ya estaba enfriándome, cerrándome en mi propia decisión.

-Leo, pero creí que te quedarías toda la noche. Por favor, no te vayas -suplicó la mujer a mi lado, cuyo nombre apenas recordaba. Sus ojos, húmedos y suplicantes, buscaban algo de comprensión en los míos, pero ya estaba demasiado lejos.

Admito que soy un desastre y siempre he creído que el amor es una maldita pérdida de tiempo. Todo en mi vida parece ser temporal, fugaz como las sombras al amanecer.

No logro tener un momento de paz; siempre hay una mujer detrás de mí. Pero, al fin y al cabo, quien recibe un regalo no debería llorar. Yo aprovecharé lo que la vida me ofrece. Si las mujeres deciden entregarse a alguien como yo, que así sea. No me importa.

-Leo, quédate -insistió la mujer en un último intento desesperado por convencerme de quedarme, algo que no haré. Su voz temblaba, cargada de emoción y un rastro de esperanza que se desvanecía rápidamente.

-Jamás paso una noche entera con una mujer, y menos con alguien que es solo una distracción efímera. Adiós -declaré con firmeza, mi voz era la cortante brisa de otoño que barría las últimas hojas de los árboles.

Terminé de ajustarme el pantalón mientras ella comenzaba a gritar insultos tras de mí. No las culpo; pasar una noche apasionada con ellas no significa que signifiquen algo más para mí.

Antes de que pudiera reaccionar, sentí el impacto de una almohada en mi espalda.

-¡Cobarde! -gritó ella, una acusación que se perdió entre las paredes desnudas del cuarto. Tomé las llaves de mi auto y salí de su departamento.

Me dirigí a mi lugar favorito para distraerme, un viejo bar en la esquina de siempre, con el mismo bartender de siempre que ya conocía mi pedido sin que lo mencionara. Ni siquiera las mujeres logran llenar ese vacío que, lejos de disminuir, parece crecer con cada encuentro fugaz. Me senté al final de la barra, mirando subir la espuma en mi vaso de coptel, cada una llevándose un poco más de lo que me quedaba por dentro.

Salí de ese bar, dejando atrás el bullicio y la algarabía, y me dirigí hacia mi refugio preferido en la ciudad. Necesitaba despejar mi mente, encontrar un respiro en medio del caos, porque incluso las mujeres ya no logran llenar el vacío que, en lugar de menguar, parece expandirse sin control.

Sí, en apariencia tengo todo: riqueza, mujeres, lujos y placer. Soy el dueño de mi vida, un hombre que hace y deshace a su antojo. Pero en el fondo, algo falta, algo que se escapa de mi comprensión, algo que me mantiene anclado en un mar de insatisfacción.

Me instalé en la cima de la colina donde se erige el nombre de nuestra ciudad. La vista desde aquí arriba es simplemente magnífica; todo parece diminuto y a la vez eterno. Las luces que salpican el firmamento añaden un toque de magia a la escena. Este es el único lugar donde las estrellas brillan con tal intensidad, un espectáculo que siempre me deja maravillado.

Permanecí allí durante un buen rato, dejando que las preocupaciones se desvanecieran ante la inmensidad del horizonte nocturno.

Después, emprendí el camino de regreso hacia mi departamento.

Al llegar, una sensación de vacío me invadió. Sin embargo, al menos mi fiel compañero, Bary, me aguardaba en la puerta. Es un hermoso husky, con su pelaje grisáceo y sus ojos vivaces que reflejan lealtad inquebrantable. Lo acaricié con ternura, buscando en su presencia un destello de autenticidad en un mundo lleno de superficialidad.

Este perro es mi única compañía, mi fiel amigo que nunca me ha fallado. Mis padres dicen que soy un alma solitaria, que no confío en nadie. No es que no confíe, simplemente no quiero hacerlo. No quiero perder el tiempo en estupideces. Las amistades son falsas, no existen amigos de verdad.

Cuando era joven, en mis tiempos de juventud, todos se burlaban de mí por mi apariencia. Era el chico gordo y menos agraciado del salón. Mis anteojos eran prendas de burla, y vivía humildemente mientras mis compañeros presumían de sus viajes y las compras que les hacían sus padres. Y al final, siempre estaba yo, el chico al que todos acosaban, incluso Marisol, la chica de la que me enamoré perdidamente.

Su cabello negro como la noche la hacía resplandecer entre todas las mujeres. Sus mejillas brillaban con luz propia y siempre tenía una sonrisa en el rostro, aunque no fuera dirigida hacia mí, sino hacia David, su estúpido novio que la trataba mal. Ellos eran como el yoyo, terminaban y volvían, la pareja más tóxica que existía.

Después de que mi padre falleció, tuve que vivir aún más miserablemente. Pero un día, ella se acercó a consolarme. Eso me hizo amarla aún más. Pero al final, solo fue eso, un gesto de compasión. Nunca hablamos, y cuando finalmente me animé a hacerlo, mi madre me anunció que se había casado con un hombre muy rico.

Él me sacó de la escuela, me metió en un colegio privado, y jamás volví a ver a Marisol. Me puse a dieta, adelgacé, y mi físico cambió totalmente. Pasé de ser el chico gordo, feo y sin gracia, a uno de los hombres más ricos, heredero en vida de la fortuna Ruiz y uno de los más apuestos. Pero aún así, nada de eso pudo llenar el vacío que Marisol dejó en mi corazón.

Me desabroché la camisa y me dirigí hacia la regadera. Disfruté de un baño reconfortante y luego me puse mi ropa de dormir.

-Bary, a dormir -le dije a mi perro, quien rápidamente subió a la cama y se acomodó mientras yo me recostaba.

Preparándome para el día siguiente, cuando comenzaría una nueva jornada. Mañana es día de contrataciones, y me gusta encargarme personalmente de seleccionar a mis empleados. Si ninguno cumple con mis expectativas, prefiero no contratar a nadie.

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