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Portada de la novela LA MUJER EN MI

LA MUJER EN MI

Tras escapar de una boda impuesta gracias a su abuelo, una joven comparte una noche decisiva con un desconocido. Años después, convertida en madre, comienza a trabajar para un apuesto CEO que sufre de amnesia tras un trágico accidente. Con el fin de beneficiarse mutuamente, acuerdan un matrimonio por contrato. Sin embargo, ninguno imagina que sus vidas ya estaban conectadas y que el destino los ha reunido para revelar secretos del pasado.
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Capítulo 3

Rebusco en mi ropero, hasta dar con un juego de sayas, que me regalara mi abuela, en mi cumpleaños. Es rosado pálido, me lo pruebo. ¡Me queda perfecto! Sobre todo, me siento cómoda con él, nada de qué avergonzarme, ni estar preocupada toda la cena con las miradas morbosas de los hombres en mis senos.

Así vestida, no salgo de mi cuarto, espero que ya estén montados en el auto y tocando el claxon al tiempo que me llaman, llego corriendo y me siento de prisa. Cómo están atrasados, no me hacen regresar a cambiarme de ropa. Mi madre, todo el viaje se la pasa diciéndome cosas. Yo pongo mis audífonos y me concentro en mi música favorita mirando como pasa el paisaje a gran velocidad por donde vamos.

Llegamos al lugar, es muy elegante, sigo torpemente a mis padres. Me siento donde me indica mi madre, con mis audífonos, y me pongo a jugar con la servilleta, mientras escucho la conversación de mis padres. Que se olvidan como siempre, que yo estoy presente.

Mi padre se llama Santiago Sardino. Tiene una empresa constructora de barcos, que heredó de mi abuelo. Como yo, es hijo único. Mi madre, Eva Giménez, era su secretaria. Yo nací, por un descuido un día de borrachera, no estaba en sus planes, es lo que no se han cansado de decirme la vida entera.

Por eso, me he criado con nanas, y mucho tiempo, en casa de mis abuelos paternos, hasta que me enviaron al colegio de señoritas. Soy el objeto preciado a exhibir, cuando se reúnen con sus socios, queriendo dar la visión de una familia amorosa. Ese día sé, que no tengo que participar en las conversaciones, responder corto, cuando se me pregunta algo y ya. Nada de intervenir aunque sepa de lo que hablan.

A los diez años, me mandaron a un internado de monjas. Hasta que cumplí quince años. Por lo que, no tengo amistades, soy muy tímida. Mis pasatiempos favoritos son la lectura, la música y el baile, donde nadie me ve. Actualmente, curso el segundo año de la carrera de administración de empresas, porque así lo quiso mi padre. Mi opinión, recuerden que no cuenta.

Veo, como mis padres se ponen de pie, sonrientes, los imito. Giro mi cabeza, para ver acercarse a un matrimonio, con un chico un poco mayor que yo, pero muy hermoso, me parecen conocidos. Llegan, se abrazan, yo solo los miro, esperando que llegue mi turno.

—¿Ella es tu hija Eva? ¿Pero qué hermosa? ¿Cuántos años tiene?

—Sí querida Emilia, es mi Isabela. Tiene veinte años.

Responde mi madre mostrándome con una sonrisa de inefable amor, como si en verdad lo sintiera. ¡Jamás me ha mirado así cuando estamos a solas! Me sorprende ver lo bien que finge, pues tengo la sensación de toda la vida que jamás me ha amado.

—¡Oh, parece más joven!

Noto como mi madre me fulmina con la mirada. ¡Te lo dije! Me parece leer en ella, ¡tenías que ponerte el otro vestido! Yo sonrío tímidamente al tiempo que me pongo de pie para saludar.

—Mucho gusto— digo, cuando me extiende su mano.

—Linda, pero no seas tímida, no sé si te acuerdas de Luisito —dice al tiempo que tira de mi mano y me da un beso en cada mejilla. Luego se gira y a mi con ella para enfrentar a su hijo que llega a mi memoria de golpe y me observa con una sonrisa que se me hace ladina como si fuera su presa a la que va a devorar. —¿No recuerdas que solíamos pasar las vacaciones juntos?

¡Claro que me acuerdo! ¡Era el chico odioso, que siempre me hacía llorar, obligándome a hacer cosas que no quería! Lo he odiado toda mi vida, pues me perseguía a todas partes y me golpeaba cuando nadie nos veía, se las arreglaba para que siempre pagara la culpa de lo que él hacía. ¿Cómo no me voy a acordar? Si creo que fue el culpable de que mi madre me sacara de la casa y me enviara a aquel colegio de monjas.

—Hola Bela.

Saluda acercándose, y dándome un beso en cada mejilla. Me sonrojo, ante su atrevimiento y me alejo como si tuviera la peste. ¡Lo odio! ¡Aún lo hago! Lo había olvidado por completo, pero ahora que lo tengo de frente, todo el rencor que le guardo salió de nuevo.

—Ho... Hola. —Respondo casi en un susurro, alejándome lo más que puedo de él.

Después de los saludos, nuestros padres se enfrascan en sus conversaciones de negocio. Traen la comida, mi madre ha pedido salmón, yo lo odio, por eso, jugueteo con mi tenedor, haciéndome la que como. Doy un salto, al sentir una mano en mi muslo, todos me miran.

—¿Pasó algo Isabela? —pregunta mi madre y me da la sensación de cómo mira a Luis que sabe exactamente por qué salté.

—No, no mamá, no pasa nada, discúlpame, se me cayó algo.

Veo la sonrisa ladina de Luis, cuando bajo mi mano tratando de quitar la suya, que al fin lo logro. Trato de alejarme lo más que puedo de él, pero se acerca y vuelve a colocar su mano en mi muslo, siento como sube, casi hasta mi entrepierna. Me paro de un golpe.

—¿Qué tienes Isabela?—pregunta mi mamá visiblemente molesta.

—Nada mamá, creo, que no me ha caído bien la comida, necesito ir al baño un momento. Con su permiso. —Contesto al tiempo que me levanto ante la mirada y sonrisa burlona de Luis.

Me escapo, prácticamente salgo corriendo de allí. Me siento en el inodoro, para hacer tiempo que terminen de comer, lavo mis manos. Escucho un montón de canciones, sé qué mamá se molestará, pero a ese tipo no lo soporto. De seguro hará algo para ponerme en ridículo delante de todos. Cuando veo que ha pasado el tiempo suficiente en que ya deben haber terminado de comer, me pongo de pie. Suspiro profundamente, y salgo del baño. Para mi sorpresa, Luis me está esperando a la salida. Me acorrala entre sus dos manos.

—¿Creíste que ibas a poder escapar de mi, Bela?

Toma mi cara con sus manos, y me besa casi hasta hacerme sangrar. Trato de zafarme de su agarre, pero es más fuerte que yo, un sollozo se me escapa, él me suelta, mirándome con su sonrisa burlona. Me escapo, y me siento con la cabeza baja en la mesa. ¡Esto no puede estarme pasando de nuevo!

—¡Pues todo está decidido! —Escucho decir a mi padre al sentarme a la mesa con Luis detrás. —El próximo mes, ¡celebraremos la fiesta de compromiso de nuestros hijos!

—¡¿Qué?!

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