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Portada de la novela La monja y el inquisidor

La monja y el inquisidor

En una remota abadía de Cornualles, Eira desconoce que su sangre porta un don capaz de desatar guerras mundiales. Étienne, el inquisidor enviado para ejecutarla, se enfrenta a un dilema moral al debatirse entre su fe y una pasión inesperada. Entre profecías antiguas, conspiraciones y simbología oculta, los dos protagonistas deberán elegir si obedecen a sus respectivos deberes o se rinden ante un amor prohibido que desafía todo lo establecido.
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Capítulo 2

Cornualles, Inglaterra – Año 1800

Noche cerrada, sin luna ni estrellas. Solo el silbido del viento en los árboles milenarios y el crujir de una carreta cubierta por cortinas negras rompían el silencio de la espesura.

La carreta se detuvo ante una reja devorada por hiedras. No había camino visible, solo una vereda empedrada que se perdía entre los árboles y se abría paso entre pequeños ríos ocultos, ruinas antiguas y una cascada que descendía desde lo alto de una colina. A lo lejos, entre la niebla, se alzaba un castillo perdido en el tiempo, resguardado por los altos muros de una abadía construida siglos atrás por un noble celta que soñaba con preservar el equilibrio entre el mundo humano y lo divino.

Bajo una capucha negra, el cardenal Giovanni Aureliano de Borgia caminaba con paso firme. Sus botas mojadas aplastaban el barro del sendero, mientras en sus brazos protegía con fuerza a una criatura dormida: una bebé de cabellos rojizos y piel rosada, envuelta en lino blanco.

Llegó a la gran puerta de hierro. En ella estaban tallados símbolos que fundían cruces, lunas, espirales y runas celtas. Golpeó tres veces. Una pequeña compuerta se abrió.

-¿Quién va? -preguntó una voz femenina, severa.

-El cuervo canta en la piedra. -dijo él.

La puerta crujió al abrirse.

A la luz de los faroles, apareció una mujer joven de gesto firme y mirada penetrante. De cabello oscuro y moño tirante, unos treinta y siente años de edad, de presencia imponente.

-Madre Abadesa Rowena MacKellen -dijo el cardenal-, gracias por recibirme.

-Cuando un Borgia llama, no es por cortesía -replicó la mujer, aunque sus ojos bajaron con suavidad al ver al bebé.

-He traído a esta niña. Su origen debe permanecer oculto para siempre.

-¿Quién es?

El cardenal hizo una pausa.

-Hija del actual Pontífice de Roma, Adrianus IV, nacido como Edward Thorne Ashcombe, segundo hijo del difunto Duque de Pembroke, hermano menor del actual rey de Inglaterra.

Rowena frunció el ceño.

-¿Un inglés en el trono de San Pedro?

-El primer inglés en siglos. Heredero de una línea real, pero renunció a todo por la sotana. Sin embargo, cayó en la tentación. Lady Eleonora di Fiore, noble italiana, esposa de su hermano mayor, quien luego se ha convertido en rey. Edward la ama, se enamoraron antes de tiempo y la tomó... y ella quedó encinta.

-¿Y el rey...?

-Cree que la niña murió en el parto. Fue la condición para permitir que Edward ascendiera en la Iglesia y Eleonora viviera. Pero la verdad es esta pequeña... aún sin nombre. Hija de la sangre del pontífice y de una reina. Nacida de la más peligrosa herejía: el amor.

-¿Y qué esperas de mí Borgia?

-Que la ocultes. Que la críes como una hija de Dios, dentro de estos muros. Que nunca salga, que nunca sepa quién es. Debes educarla como monja. Podéis enseñarle a escribir, enséñale lenguas, las que te sabes y lo más importante a rezar... pero jamás permitáis que lea libros de historia, o de cualquier índole del mundo exterior.

-¿Y qué si preguntan por ella?

-Dices que fue abandonada. Como muchas otras.

La abadesa acarició el rostro de la bebé dormida.

-Su cabello... rojo como el fuego. Ojos verdes... como la tierra húmeda. Lleva la marca de los Thorne y la belleza de los Fiore.

-La profecía dice:

"Cuando el cuervo blanco vuelva a cantar sobre la piedra de los antiguos, la sangre dormida despertará, y la verdad del norte reinará de nuevo."

Rowena se tensó.

-¿Crees que es ella...?

-No creo. Lo sé. Esta niña es la clave del equilibrio entre la Iglesia y la Corona. Si alguien la descubre, será perseguida, silenciada, ejecutada como símbolo de herejía.

-¿Volverás por ella?

-Si vivo, regresaré en diez años. Si muero antes, enviaré a alguien de mi confianza. Hasta entonces... Eira Maclir no debe saber nada.

Rowena tomó a la niña en sus brazos y la sostuvo contra su pecho.

-Será una más entre nuestras hijas. Pero cuando llegue el día... la verdad la encontrará.

-Entonces el cuervo volverá a cantar.

Y con esa frase, el cardenal desapareció entre la niebla. La puerta del convento se cerró tras él con un estruendo sordo.

Así comenzó la historia de Eira.

Un secreto nacido del amor.

Un pecado marcado por la sangre.

Y un destino escrito por una profecía olvidada.

Abadía de St. Caelia Cornualles – Año 1815

El viento soplaba con fuerza entre los riscos y árboles del bosque, como si la tierra susurrara antiguas plegarias a los cielos grises. Las campanas del convento repicaban suavemente, marcando la hora nona, cuando las novicias se reunían a orar.

Un carruaje negro y discreto se acercó lentamente a la abadía, abriéndose paso entre la neblina que aún rondaba los caminos de piedra. El cochero se detuvo frente a la gran reja. El sonido del hierro al abrirse se mezcló con el cantar de los cuervos que rondaban los tejados del antiguo castillo oculto entre los árboles.

Descendió del carruaje un hombre alto, cubierto con una capa de terciopelo negro y bordados dorados apenas visibles. Bajo la capucha, el rostro cansado del cardenal Giovanni Aureliano de Borgia se asomó. Habían pasado quince años desde la última vez que cruzó esos muros.

La Abadesa Rowena MacKellen, con más canas que antaño y el rostro marcado por la experiencia, aguardaba en la entrada del claustro. Al verlo, sus labios se curvaron apenas.

-Sigues igual de puntual, Giovanni.

-Y tú sigues llevando la eternidad en los ojos, Rowena -dijo el cardenal, con voz profunda y suave, al tiempo que se retiraba la capucha.

Caminaron juntos por una puerta secreta hasta la oficina de la abadesa, sin que nadie los viera, es una sala con paredes revestidas de madera oscura, una gran chimenea encendida, y una ventana que daba al patio central donde algunas novicias caminaban en silencio por la mañana y otras reían cuando nadie las veía.

El cardenal se acercó al cristal. Entre los hábitos blancos, una figura destacaba. Una joven de largos cabellos pelirrojos recogidos con cuidado, su andar elegante, los ojos verdes alzados hacia la capilla, mientras leía la Biblia con devoción.

-¿Es ella?

-Sí -respondió la abadesa, con orgullo evidente-. Eira. En un año tomará sus hábitos. Será la monja más joven que haya sido aceptada formalmente en nuestra comunidad.

El cardenal sonrió levemente, sin despegar la vista de la joven.

-Tiene la sonrisa de su madre...

-Y el fuego de su padre en la sangre -dijo Rowena, sentándose con lentitud en su sillón-. Es noble, es pura. Inteligente como pocas, ya sabe todos los idiomas que yo aprendí hasta los treinta. Jamás hemos recibido una sola queja sobre ella. Protege a las niñas huérfanas, consuela a las mujeres rotas, ayuda a sus compañeras novicias con pasión verdadera. Todos aquí la aman.

El cardenal cruzó los brazos, pensativo.

-Es mejor así... Las cosas en Inglaterra no andan bien. La reina ha tenido varios abortos en los últimos años. Solo logró darle una hija al rey, que ha sido enviada lejos del reino. El rey quiere un heredero varón, fuerte, de sangre real. Si una amante logra darle ese hijo, no dudará en desterrar a la reina.

Rowena apretó los labios.

-Esperemos que este nuevo embarazo sea distinto...

-Esperemos que así sea, Rowena. No me gustaría ver sufrir a mi pequeña Eira.

La abadesa alzó una ceja con gesto suspicaz.

-¿Pequeña, dijiste?

El cardenal volvió la mirada hacia ella, sin responder de inmediato. Rowena sostuvo su mirada, y luego, con una sonrisa segura, susurró:

-Sabes bien a qué me refiero, Borgia. Ella es más que una novicia. Lleva sangre real y divina. Pero aquí, en este lugar, ha sido protegida como una hija. He cuidado de ella como si fuese mía. Y lo sabes.

El cardenal asintió, caminando hacia la puerta.

-Entonces nos veremos en unos años más... amiga mía.

Pero cuando su mano tocó el pomo de la puerta, la voz de la abadesa lo detuvo.

-Giovanni... ¿Han entrado más seguidores a nuestra causa?

Él bajó la mirada, sus dedos apretaron el borde de la capa.

-Lamentablemente no. Muchos han muerto por la causa. Y sabes tan bien como yo que no cualquiera puede entrar.

-Esperemos que lleguen pronto -murmuró Rowena con un dejo de esperanza.

Y el cardenal, sin decir más, se retiró.

Cornualles - Año 1817

La pequeña capilla de St. Caelia se llenó con un tenue perfume a incienso y flores blancas. La ceremonia de los hábitos era solemne, silenciosa. Las campanas tocaron doce veces. Las novicias se alinearon, pero solo una vestía una túnica blanca inmaculada: Eira.

Ninguna supo que el hombre que observaba desde el fondo, oculto entre las sombras de los vitrales, era su padre: el Pontífice Adrianus IV. Él no podía revelarse. No podía abrazarla. Solo podía mirar... y llorar en silencio.

Eira tomó los hábitos sin saber que con ello sellaba un pacto antiguo, que su sangre clamaba desde las piedras del pasado.

Y el cuervo, en lo alto del campanario, volvió a cantar.

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