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Portada de la novela La misteriosa esposa que me robó el corazón

La misteriosa esposa que me robó el corazón

Traicionada y despojada de su legado, Dayna es abandonada tras tres años de desprecio. Sin embargo, Kristopher, el hombre a quien ella hirió en el pasado, reaparece para ofrecerle un trato desde su silla de ruedas: si ella cura sus piernas, él la ayudará en su anhelada venganza. Mientras Dayna revela sus dotes como hacker y médica, el gélido corazón de Kristopher se ablanda. Pero el camino se complica cuando su exmarido intenta recuperarla a toda costa.
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Capítulo 3

La habitación del hospital quedó envuelta en un silencio espeso, como si el propio aire se hubiera congelado.

Dayna se mantuvo completamente quieta, conteniendo la respiración mientras aguardaba la reacción de Kristopher.

Sin embargo, no obtuvo una confirmación ni una negativa. Lo que encontró fue una risa cargada de sarcasmo.

La voz del hombre surgió baja, con un filo helado. Al levantar la vista, su sola mirada pareció hacer descender la temperatura de todo el cuarto. "Dayna, ¿qué te hace creer que puedes negociar con alguien como yo?".

Ella no se sobresaltó. Inclinó un poco la cabeza, y mostró una calma impasible

Sus rasgos, de por sí marcados por una belleza natural, estaban ahora suavizados por una sutil fragilidad que la hacía lucir inquietantemente hermosa.

"¿Y si te dijera que tengo una forma de ayudarte a volver a caminar?".

Eso lo tomó por sorpresa.

Durante un breve instante, su expresión se alteró. Sus dedos se aferraron con fuerza al reposabrazos de la silla.

¿Estaba ella completamente loca? O aún peor, ¿esa era su cruel artimaña para brindarle esperanza, que luego destrozaría sin piedad?

¿Qué clase de juego era ese?

La furia hervía bajo la piel de Kristopher, palpitando en sus sienes.

Antes de que pudiera decir algo, ella salió de la cama y se sentó tranquilamente frente a él.

"Comencemos hoy mismo. Si recibes mi tratamiento, te garantizo resultados positivos en tres meses", murmuró con suavidad, mientras alargaba la mano hacia su pierna.

Pero cuando sus dedos estuvieron a punto de rozarlo, el cuerpo de Kristopher actuó por instinto.

Con una velocidad impresionante, él le agarró la muñeca, apretando lo suficiente como para hacerla estremecer.

Ella lo miró con los ojos muy abiertos, pero sin miedo.

El enojo ardía en las venas del hombre, y su fuerza se volvió castigadora. "¿Qué demonios crees que estás haciendo?", le espetó entre dientes apretados, conteniendo a duras penas la tormenta interna que amenazaba con desbordarse.

¿Era compasión? ¿Un truco? ¿Otra mentira más? No iba a permitir ninguna de esas cosas.

Su agarre se volvió aún más feroz, lo suficiente como para que su piel comenzara a marcarse.

Su presencia era abrumadora, y Dayna sintió cómo comenzaba a faltarle el aire.

Sus pestañas temblaron. Su rostro, ya pálido, lucía más vulnerable que nunca, con los ojos ligeramente húmedos, como si estuviera al borde del colapso, aunque seguía resistiendo.

Algo dentro de él se tensó. Con un gruñido, la soltó.

Ella perdió el equilibrio por un momento, pero logró recomponerse sin dudar. Esta vez no vaciló en continuar.

Sus movimientos eran firmes pero delicados. Sus dedos se desplazaban con precisión, aplicando presión en puntos nerviosos clave de su pierna, como alguien que dominaba profundamente la anatomía humana.

Entonces ocurrió lo inesperado.

Una oleada de sensaciones recorrió su pierna: aguda, eléctrica y viva.

Las cejas de Kristopher se arquearon con asombro.

Podía sentir su pierna. No era una ilusión. Era real.

Y todo era gracias a ella.

Dayna lo observó con calma y certeza. "¿Y bien? ¿Qué te parece eso, señor Hudson?".

Kristopher no respondió de inmediato. La miraba como si la viera por primera vez, incapaz de decidir si tenía delante a una farsante, a un milagro... o a ambas cosas a la vez.

Finalmente, su voz salió, controlada, sin emoción aparente. "¿Qué quieres a cambio?".

Los ojos de Dayna se endurecieron, y su respuesta brotó con una rabia contenida durante años. "Quiero que me ayudes a destruir a Grupo Foster. Quiero recuperar todo lo que le robaron a mi madre".

¿Le estaba pidiendo en serio que ayudara a desmantelar los cimientos del Grupo Foster?

Una risa breve, amarga y sin alegría escapó de los labios de Kristopher. "¿Planeas que me enfrente al imperio de tu amado esposo? ¿Eso es lo que tramas? ¿Otro de tus retorcidos juegos? No olvides que ya me traicionaste una vez. Ese proyecto del que te retiraste y que entregaste a Declan me costó decenas de miles de millones. ¿Esa puñalada en la espalda no fue suficiente para ti?".

Dayna bajó la mirada, y sus pestañas se agitaron levemente. No se defendió, porque ninguna excusa podría revertir lo que ya había sucedido.

La verdad era que esa pérdida no debió haber afectado en gran medida a la vasta estructura de Grupo Hudson. Sin embargo, tras la desaparición de Kristopher a raíz de ese colapso, su empresa se retiró de todas las alianzas conjuntas, y comenzó a agrietarse desde dentro.

Fue entonces cuando Grupo Foster aprovechó el caos como una oportunidad dorada. Y emergió de las sombras para convertirse, de un día para otro, en un gigante imparable.

Ella no deseaba revivir el pasado, pues solo reavivaría rencores. Por eso, con una voz serena y una mirada decidida, dijo: "Dame tres meses. Te haré caminar de nuevo. Es lo único que pido".

Kristopher no pestañeó. Su rostro se mantuvo impenetrable.

Dayna apretó los labios con fuerza, conteniendo las ganas de dar un paso atrás. Pero no lo haría. No ahora. "Si no confías en mí, redactemos un contrato. Podemos dejarlo todo por escrito. Y si no cumplo... yo...".

No alcanzó a terminar su frase, porque él la interrumpió bruscamente.

Esta vez, su tono había cambiado. Era frío, pero ahora estaba calculado.

"Podemos cerrar ese trato. Pero hay una condición más. Necesito algo más de ti. Quiero un heredero. Un hijo", dijo con absoluta claridad.

Esas palabras la golpearon como una bofetada. Sus ojos se abrieron, y su cuerpo se tensó de golpe, incapaz de asimilar lo que acababa de escuchar.

¿Un hijo?

¿Acaso estaba insinuando que debía romper con Declan, casarse con él y tener un hijo suyo?

Él captó la vacilación reflejada en sus ojos y lanzó una carcajada seca, cargada de desprecio.

Por supuesto. Todavía estaba emocionalmente atada a Declan. Tan débil, tan predecible.

"¿Ni siquiera puedes aceptar una simple condición? Entonces no tenemos nada más que discutir".

Dicho eso, giró su silla y se dirigió a la puerta.

"¡Espera!", gritó ella.

El pánico le oprimió el pecho. Quiso seguirlo, pero sus piernas flaquearon, demasiado débiles aún para sostener su peso.

Todo a su alrededor se volvió borroso.

Sintió cómo perdía el equilibrio, cayendo hacia un lado sin poder evitarlo.

Pero en el último segundo, Kristopher reaccionó. Se impulsó con fuerza y la atrapó por la cintura justo antes de que su cuerpo golpeara contra el suelo.

En ese momento, la distancia entre ellos desapareció por completo.

El aroma de él la envolvió de inmediato. Era fresco, amaderado, como la fragancia de un bosque de cedros cubierto de nieve. Le resultaba extrañamente reconfortante, casi adictivo.

Y, por alguna razón, sentía que ya lo había percibido antes, aunque no lograba recordar dónde.

Alzando la vista, se encontró con su mirada fría. Esa furia silenciosa le recorrió la espalda como una corriente helada.

"¿Ya terminaste tu teatro?", soltó con brusquedad.

El cuerpo de la joven se estremeció apenas. Pero tras unos segundos de respiración, recobró el control. Se irguió aún entre sus brazos y se apartó. "No, no he terminado. Iba a decir que acepto tu condición. Casémonos".

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