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Portada de la novela La mirada de mi bailarina

La mirada de mi bailarina

Santiago, un estudiante dedicado que siempre ha evitado las distracciones sentimentales, ve cómo su mundo cambia al seguir una música que lo lleva hasta una enigmática bailarina. Pese a la conexión instantánea que surge entre ambos, ella carga con el peso de traumas del pasado y la opresión de un progenitor autoritario. En medio de esta realidad sombría, la pareja deberá luchar unida para sanar sus heridas y conquistar la libertad que tanto desean.
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Capítulo 2

"Buenos regalos se encuentran en lugares oscuros"

***

Ese día fue para Santiago en extremo caluroso. La ventilación no estaba refrescando su cuerpo. De hecho, el termostato estaba averiado por lo que tuvieron que desconectarlo. El muchacho estaba solo en el apartamento, reprochándole mentalmente a su madre el hecho de no haberlo escuchado cuando propuso comprar un par de ventiladores portátiles antes de mudarse de piso. Por supuesto, Karen no le prestó atención, y por eso el chico estaba pasando el día sintiendo cómo las gotas de sudor se evaporaban al salir de sus poros.

Cuando vivían en el primer piso de ese edificio era más sencillo todo; salir sin esperar el ascensor, buscar cualquier ayuda en el recibidor que por ende quedaba mucho más cerca. En fin, todo parecía mejor desde la menor altura posible, y en ese momento nadie podía hacer cambiar de parecer al pobre muchacho sofocado que trataba de estudiar para una prueba.

Lloriqueó para sus adentros nuevamente. Karen se había dado a la fuga luego de almorzar y después de llamar al condominio para solucionar el problema. Estaba metida en quién sabía dónde y su hijo solo quería ahorcar al de mantenimiento por tardarse todo el día en llegar. Estaba realmente frustrado porque debía estudiar, sin saber que, esa tarde estaría en la víspera de conocer a una persona particular.

Con la temperatura nublando sus sentidos llamó a su prima en busca de socorro. Después de agradecerle que se ofreciera a prestarle un ventilador le colgó con las manos sudorosas. ¿Cómo podía haber tanto calor si tenía las ventanas abiertas? Sabía que Lottie tardaría casi media hora en cumplir aun cuando vivía cruzando el pasillo, de seguro primero se cambiaría los monos por un pantalón y se empolvaría la nariz llena de pecas. Hubiera ido él mismo a buscar lo que tanto necesitaba de no ser porque Melissa era una mujer necia y maliciosa, y no podía evitar cruzar unas palabras que se convertirían en una discusión. Lo mejor era esperar a su prima quien entendía perfectamente la situación, pues conocía a la perfección a su madre.

La media hora que transcurrió esperando a la chica se la pasó caminando de una ventana a la otra y luego al sofá, tumbado y abanicándose con el manojo de papeles que traía en manos. Impacientado tomó una silla y la colocó en la ventana ubicada cerca de la cocina para sentarse e intentar leer allí. Pensó en llamar a su ansiada visitante, decirle a gritos que no había más de veinte metros de distancia entre sus lugares, pero decidió no ser grosero con la parienta que más apreciaba, después de su madre. Observó con detenimiento las ventanas pequeñas y obscurecidas que yacían en la pared del edificio contiguo. Estaban tan cerca que con dos escobas unidas podía tocar los cristales.

Los toques rústicos de la puerta se escucharon a la par de una brisa entrando por la ventana que acarició el rostro del muchacho como si Dios respondiera las plegarias de un niño. Con algo de prisa dejó las hojas en la mesa y abrió la puerta encontrándose con una chica que no parecía encajar, en aspecto, con el resto de su familia. Era pelirroja y nerviosa, pecosa, estatura baja y de caderas prominentes. La abrazó.

—Ay, se me olvidaba que se habían mudado y bajé al primer piso para llevártelo —explicó su contemporánea entregándole en manos el ventilador.

—Inteligente —le reprochó en burla.

—Ahora dime ¿Por qué no te fuiste a estudiar con el baboso de Eliot? —no supo porqué notó un tono pícaro en esa pregunta.

—Dos cosas: estoy esperando al tipo que debe reparar el termostato, y... ¿Te parece bien estudiar en una casa con muchas personas hablando a gritos cada cinco minutos? —sopesó una idea—. O, si quieres lo llamo —esbozo una sonrisa—, vendrá corriendo.

—Ni se te ocurra, Santiago. Te mato —arrugó la nariz y se recogió el cabello en una coleta alta.

—Del amor al odio... —se permitió reír sin chiste.

—Del amor al odio, nada. No me gustó a los trece y no me gusta a los diecinueve —giró sobre sus talones y se encaminó hacia la puerta.— De nada —musitó antes de cerrar la puerta.

«Gracias» respondió Santiago sin ser escuchado. Se encogió de hombros, colocó el ventilador junto a la silla y volvió a sentarse frente a la ventana. Había olvidado tomar las hojas de la mesa, así que fue por ellas y volvió a su lugar. Con los ojos pegados a las palabras impresas del papel se dejó escuchar un ruido que provenía de afuera y no eran bocinas ni el típico alboroto de la calle. Reclinó la silla y dejo los pies en el marco de la ventana. El ruido de antes se intensificó y dejó de parecer un sonido ordinario, sino música. ¿Instrumental? Sabría Dios, él no. El muchacho sabía sobre la vida de las células, pero de música, nada. La música continuó y pareció repetirse toda la tarde a medida que la temperatura bajaba.

Unas horas, después de que haber cesado la música, Karen hizo su aparición en casa. Habló sobre una nueva amiga haciendo perder a su hijo entre tazas de té y el hermano de la nueva amiga que parecía ser agradable, no tanto como la mujer que hacía unas galletas riquísimas que no le gustaban mucho a su sobrina, la cual no estaba en casa, pero se mantenía presente gracias a su tía que la recordaba en cada objeto, comida o situación.

Tres días después el técnico ya había arreglado el termostato, lo que condujo a Karen a visitar a su nueva amiga con concurrencia. Santiago no tenía muchas opciones, esos tres días de calor los digirió con las ventanas abiertas y el ventilador en máxima potencia mientras estudiaba y escuchaba esa musiquilla, que se hacía presente todas las tardes con tonadas variadas. Se había acostumbrado a la música así que todas las tardes terminaba por abrir la ventana para escucharla, a pesar de las quejas de su mamá sobre que se descontrolaba la temperatura sin prestar atención a la razón por la que su hijo había adquirido la manía de sentarse en la ventana a leer por las tardes.

Una semana había pasado. Ese día Eliot estaba de visita y se encontraba junto a su amigo del alma hablando sobre todo y nada. Para la hora en que Santiago se acercaba a escuchar la música su madre ya se estaba alistando para visitar a su amiga.

_Bueno, —llamó la atención de ambos después de ver la pantalla de su móvil— voy a salir.

—¿A dónde vas, Karen?

—Iré a visitar a la vecina Claudia. Su sobrina está enferma y le llevaré una aspirina —aspiró con muermo—. No hagan nada estúpido.

San le habló a su mejor amigo sobre la música que escuchaba en las tardes sentado en la ventana, y aunque no se había hecho presente Eliot ya estaba haciendo hipótesis sobre su procedencia. En algún momento quedó absorto en sus pensamientos. Se recogió con una liga su cabello casi afro y se dispuso a salir.

—¿A dónde vas tú?

Estaba tan ensimismado que no había dicho nada, siquiera despedirse.

—Tengo una entrevista de trabajo, Mero —Mero, el apodo que le decía a veces. Antes de irse le dijo otra de sus ridículas hipótesis sobre la procedencia de la música.

Karen llegó justo a la hora de la cena, de por sí ya preparada por su hijo. Olía a té de manzanilla y tenía el rostro resplandeciente. Se sentó en la isla de la cocina a esperar que Santiago le sirviera su plato.

—¿Y... cómo sigue la niña? —inquirió ya sentado frente a ella, metiéndose un trozo de comida a la boca.

—Pues, aparte de una gran jaqueca también estaba ardiendo en fiebre —troceó el pollo con el cubierto—. Ah, no es una niña. Tal vez tenga tu edad —aclaró en un tono que no supo como interpretar ¿Era una sugerencia?

No tenía importancia. No necesitaba una novia. No tenía una, pero ¿la necesitaba? No. La mayoría de las veces solían ser obsesivas, tóxicas... Como Samantha, la última. Sacudió la cabeza para evitar el recuerdo de una loca.

—¿Tú qué?

—Nada...

***

Al día siguiente había tenido una jornada universitaria tranquila. Salió más temprano de lo habitual gracias a que dos profesores no asistieron y una tuvo un accidente menstrual. Gracias a eso se sentía con mucha energía aún. Como de costumbre, ya estaba en la ventana escuchando la música, que ese día no había faltado, y más aun se sentía frenética. La curiosidad comenzó a picarle y entre más permanecía observando las ventanas, más se preguntaba lo que habría tras ella. Una frase de Eliot rondó por su cabeza «¿Y si son los Reyes de Tampa que están practicando sus pasos de baile en ese edificio?» Su amigo podía ser tan infantil que se le ocurrían las ideas más estúpidas.

Sin debatirlo con su conciencia, había salido anhelando encontrar la procedencia de la música. No supuso lo que encontraría, cosa que era muy rara en él, puesto que pensaba y calculaba mucho antes de actuar. Empero, las melodías tardeñas lo tenían en una especie de trance.

Frente a la entrada frontal del edificio vecino al suyo se encontró con las puertas clausuradas. Se sintió decepcionado y un poco estupefacto, no esperaba eso. A decir verdad, después de meditar unos segundos más, se comenzó a sentir tarado porque siempre pasaba frente a aquel edificio de ida y regreso de la universidad, y en algún momento debió verlo. Se rascó la nuca, manía que había copiado en los años que tuvo una imagen paterna... Y de eso hacía bastante tiempo. Un hombre canoso que paseaba a su perro, o viceversa, a una distancia corta lo observó con los ojos cansados. Santiago, que no se quería quedar con las dudas, decidió hacer algo sensato y preguntar por si el abuelo sabía algo. Calum, que era el nombre del señor, le explicó lo poco que sabía de la construcción. Simplemente no estaba finalizada, ya que los dueños habían abandonado años atrás cuando solo faltaba el treinta por ciento de esta.

—Mi esposa se apellida Cámara de seguridad —rió por lo bajo. Y San se hubiera reído con más entusiasmo de no ser por la curiosidad que terminó por embargarlo más aún.

Sin despedirse, el muchacho comenzó a caminar hacia el callejón que separaba su edificio de este, buscando alguna puerta más. Al ver una entrada su mente gritó un «¡Bingo!» No estaba cerrada, al menos no con seguro. Empujó la puerta y escuchó cómo rechinó junto con el sonido de un ladrillo arrastrándose, de hecho, el ladrillo atrancaba la puerta desde adentro, lo que confirmaba que alguien estaba allí.

¿Que si era entrometido? Sí. La música se escuchó más clara que su campo de visión. No había luces y los pequeños vitrales verticales tenían tanto polvo que no transmitieron más que una débil luz. Comenzó a subir las escaleras, y a medida que más subía iba aumentando la velocidad. La melodía ascendía y las escaleras se hacían infinitas... En todos los pisos daba un rápido vistazo buscando el... Ni siquiera sabía qué buscaba, pero allí estaba.

Quinto piso ya. Lo primero que notó fue la intensidad de la música y una puerta abierta. Se acercó con cautela a pesar de su anterior prisa. Al llegar al umbral de la puerta no hizo nada, se quedó estático, protegido por la obscuridad que ofrecía la construcción. Su mente se quedó en blanco y esperó estar alucinando. No, no eran los Tampa. No era ninguna de las hipótesis de su loco amigo. Era algo mucho más alucinado que parecía sacado de un libro escrito por Lewis Carroll.

Un escenario abandonado, luz tenue, alguna iridiscencia y una hermosa criatura. Una chica en medio de aquel salón, la imagen más lúgubre y preciosa que sus ojos hubieran visto antes.

***

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